Trump ha batido la marca de delegados para ser el candidato republicano, dice AP.

Trump ha batido la marca de delegados para ser el candidato republicano, dice AP. Reuters

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Trump: cómo el candidato imposible se convirtió en el líder republicano

Con un discurso xénofobo, racista y populista, Trump ha alcanzado los apoyos para convertirse en candidato del partido.

27 mayo, 2016 02:24
Nueva York

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Donald Trump ha destruido el manual de la política presidencial de Estados Unidos y en menos de un año ha deshecho a todos sus rivales y ha logrado trazar un ascenso tan veloz como inaudito que lo ha convertido en el candidato presidencial del Partido Republicano.

Este jueves Associated Press informaba de que el magnate ha superado la marca de los 1.237 delegados necesarios para ganar la nominación del Partido Republicano.

Nadie lo vio venir. Al anunciar su candidatura para ocupar la Casa Blanca, en la Torre Trump de Manhattan, el magnate inmobiliario devenido en estrella televisiva devenido en político estaba último en las encuestas. Nadie lo tomó en serio. El periódico The Huffington Post anunció, incluso, que cubriría su campaña dentro de la sección de entretenimiento.

UN DISCURSO DISTINTO

 

Pero Trump pronto ha logrado despegarse de sus 16 rivales republicanos en las encuestas. Una de las claves ha sido su discurso, atípico y contrario a todas las convenciones políticas de Estados Unidos.

 

Una de sus primeras y más notorias promesas de campaña fue el famoso muro en la frontera con México que ha prometido construir con el dinero de los mexicanos. Esa propuesta ha marcado el tono xenónofo y racista de su mensaje, que ha calado muy bien en el electorado republicano. Siete de cada diez republicanos ven con malos ojos la inmigración, según un sondeo del Centro Pew.

 

Su promesa de “Hacer Grande a Estados Unidos De Nuevo”, plasmada con letras mayúsculas blancas en su gorra roja, ha encontrado un buen caldo de cultivo gracias al miedo que han sembrado los atentados de Estado Islámico en París y Bruselas. “Voy a bombardearlos a la mierda”, ha prometido Trump en uno de sus actos de campaña.

 

HASTÍO CON WASHINGTON

 

El ascenso se debe también al hastío de los norteamericanos con el establishment de Washington. Este año ha sido el año de los “outsiders”: Trump y Sanders, ambos con un discurso cargado de críticas a Washington y a los políticos tradicionales, han tenido dos las dos campañas, por lejos, más populares. (Hillary Clinton, sin embargo, ha sido la que más cantidad de votos ha recibido en las primarias.)

 

Dos datos de los sondeos marcan ese hastío: seis de cada 10 estadounidenses creen que el país marcha en la dirección equivocada, según un promedio de sondeos del sitio RealClearPolitics, y sólo dos de cada 10 confía en el trabajo de Washington, según el Centro Pew, un nivel históricamente bajo.

 

La gestión del presidente, Barack Obama, para muchos analistas, uno de los mandatarios más influyentes y trascendentales en la historia moderna de Estados Unidos, goza de una aprobación del 51% de la población. El país está dividido.

Precisamente Obama dijo el jueves que Trump inquietaba al mundo por su ignorancia. A ello respondió Trump asegurando que "muchos de los países del mundo han estado abusando de nosotros absolutamente, aprovechándose de nosotros. Si están inquietos de una manera amigable, eso es una buena cosa, no mala".

 

CRECIENTE DESIGUALDAD

 

Estados Unidos se ha recuperado de la Gran Recesión y la crisis financiera global, la peor crisis económica desde la Gran Depresión de principios del siglo XX. Pero los salarios están estancados y la rampante desigualdad y la “nueva economía” han dejado a la gran mayoría de los estadounidenses con la sensación de que han sido olvidados.

 

Valen un par de datos al respecto. Alrededor del 62% de los norteamericanos tienen menos de 1.000 dólares en su cuenta de ahorros y dos de cada diez ni siquiera tienen ahorros, según una encuesta de Google Consumer Survey.  Un dato: entre 1979 y 2014, el ingreso del famoso “1% más rico” del país aumentó un 324,4%, mientras que el del 90% de las personas que están en la base de la pirámide creció sólo un 16,7%, según cifras del Instituto de Política Económica. La recuperación de la crisis financiera prolongó esa desigualdad.

 

Asimismo, los 20 norteamericanos más ricos tienen tanta riqueza como los 150 millones de estadounidenses más pobres; el 0,1% más rico, es decir, el techo del 1%, tiene tanta riqueza como el 90% de la población en la base de la pirámide de ingresos.

 

Paradójicamente, Trump, integrante de la élite más rica del país, ha sabido capitalizar esta frustración con un discurso populista.

 

AUTORITARISMO, MEDIOS Y UN NUEVO LENGUAJE

 

El lenguaje agresivo de Trump en sus discursos y en las redes sociales –ha agredido a sus rivales con sobrenombres denigrantes, como “Mentiroso Ted”; “Pequeño Marco”; “Flojo Jeb”; “Loco Bernie”, y, en su última creación “Corrupta Hillary”– también ha prendido bien en el electorado.

 

Trump ha sabido usar mejor que nadie las redes sociales y se ha beneficiado como ningún otro candidato de una cobertura mediática sin precedentes, superior a la de cualquier otro candidato, el equivalente a 2.000 millones en publicidad, que ha conseguido sin poner un sólo peso de su bolsillo.

 

Pero, además, el discurso de Trump ha creado una falsa imagen de fortaleza que ha resonado bien entre las personas autoritarias, una tendencia fuerte entre los votantes republicanos. El ascenso del autoritarismo en Estados Unidos fue revelado por un estudiante de doctorado, Matthew MacWilliams.

 

VOLVER A GANAR

 

Pocas promesas ha repetido tanto Trump como la de “volver a ganar”. Aunque no ha dicho qué significa eso, ha prometido detener la sangría de trabajos a otros países, como México, y “traer trabajos de vuelta” al revisar los acuerdos de libre comercio que ha firmado Estados Unidos.

 

La ilusión de recuperar una era industrial perdida ha resonado muy bien en el “cinturón oxidado”, una región en el noreste y el centro del país que vivió su época de gloria antes de la globalización. Un ejemplo: el condado de Cambria, en Pensilvania.

Johnstown es la ciudad más grande de Cambria. Años atrás, los hornos de acero de la ciudad ardían día y noche. Hoy, el óxido domina el paisaje, uno de cada tres habitantes es pobre, una persona gana por año poco más de 16.000 dólares –la mitad del promedio del país– y la heroína fomenta el crimen. Los jóvenes huyen.

 

En Cambria, Trump ganó la primaria con el 65,5% de los votos.