Brasil

El último combate de la dama de hierro brasileña

Tras sobrevivir a las torturas de la dictadura militar y al cáncer, Dilma Rousseff ha sido apartada de su cargo por 180 días mientras Brasil decide si debe abandonar el poder definitivamente.

Dilma sufrió la represión de la dictadura antes de hacerse política.

Dilma sufrió la represión de la dictadura antes de hacerse política. Paulo Whitaker

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Cuando le dijeron que su salida del Palacio de Planalto debía hacerla por la rampa por la que tradicionalmente los presidentes entregan el poder y lo traspasan al siguiente, ella dijo que no. Sería muestra de debilidad, una capitulación pública. Prefirió, en cambio, salir por la puerta principal, entre militantes, dando a entender que no se rinde en una batalla que se ha transformado en la última batalla, el último combate de una “guerrera” política, como la llaman sus seguidores, que no está acostumbrada a perder.

Y que, si pierde, intenta volver por todos los medios. Lo que no pudieron hacer la dictadura militar ni el cáncer lo ha hecho el Congreso y el Senado. Ahora, en la derrota, dice que ella tiene el respaldo de 54 millones de votos, los logrados en octubre de 2014, y que lo ocurrido no debe atender al nombre de impeachmentsino de "golpe", palabra que le resulta conocida y que condicionó su vida, pero mucho antes de su salida de Planalto.

Dilma Vana Rousseff (Belo Horizonte, 1947) llevaba camino de ser una hija clásica de la clase media alta cultivada de la capital de Minas Gerais. Pero a los 21 años cerró el colegio de monjas en el que cursó los primeros años de primaria y se matriculó en el Colégio Estadual Central, por entonces un hervidero de jóvenes herederos de la burguesía intelectual de la ciudad de corte contestatario. Para la Dilma adolescente fue un cambio vital revelador. Con un detalle: empezó su primer curso y dos semanas después estalló el golpe de Estado que dio lugar a la dictadura. Era 1964 y el Estadual Central se convirtió en vivero de los movimientos estudiantiles que devendrían guerrilla.

Al matricularse en la universidad, poco le costó a la hija del inmigrate búlgaro Petar Rousseff empezar a militar en la izquierda, primero de forma legal y luego clandestina. Integró varios grupos y terminó escapándose con su primer marido a Río de Janeiro. Las bandas se fundían y se escindían y así eran las parejas también. De hecho, en una de esas fusiones de grupos guerrrilleros la hoy presidenta apartada conoció a su segundo marido, Carlos Franklin Paixao Araújo, con quien aún guarda una relación familiar –comparten hija y nietos. Además de pareja sentimental, integraron un grupo de acción conjunta hasta que las cosas se complicaron con el recrudecimiento de la dictadura, en 1968.

Saltando entre varias ciudades brasileñas, finalmente Dilma –que en aquella época usaba alias como Estela, Vanda, Luiza o Marina- recaló en São Paulo, en secreto porque ya estaba en listas negras, aunque no fichada. En los informes la Policía secreta la llegó a llamar “papisa de la subversión”. Ella recuerda aquellos años de forma diferente. Como dijo en una entrevista, “en la clandestinidad teníamos una gran alegría de vivir. Podías dormir sobre doscientos mil dólares, pero comías queso y guayaba y te llegaba”.

El romanticismo dio paso a las penurias: en una emboscada en enero de 1970 fue detenida y pasó los peores momentos de su vida, casi tres años en los sótanos de la dictadura, junto a otros jóvenes guerrilleros. En 2003 Rousseff relató las torturas a las que fue sometida: ”Te sacaban la ropa y te daban con la palmatoria (una especie de raqueta de madera), luego ibas a pau de arara (instrumento de tortura consistente en una barra de hierro atravesada entre las muñecas) y luego podías ir a la silla del dragón, donde te daban descargas en todos lados: en las manos, orejas, en los pezones. Te orinabas, te cagabas encima, un horror. Te dejaban y entonces empezabas a tiritar de frío, porque estabas desnuda. Y entonces volvían”.

El relato del horror cobró protagonismo muchos años después, ya en democracia, cuando Rousseff empezó a destacar como política. Los primeros retratos de ella, cuando fue secretaria de Minas y Energía en Porto Alegre, al sur de Brasil, a finales de los años 90, hablan de una mujer enérgica, sin miramientos a la hora de exigir, dura, una dama de hierro. Y esa imagen fue la que trasladó a un personaje clave en su vida: Lula da Silva.

Cuenta la leyenda que el exsindicalista se enamoró de ella cuando buscaba equipo para un futuro gobierno, al que llegaría en 2002. Ella ni siquiera estaba afiliada al Partido de los Trabajadores (PT), pero el flamante presidente le dio la cartera de Minas y Energía.

Allí destacó en el florecimiento de una empresa que terminaría siendo parte de su caída, Petrobras. Tanto que en 2005 pasó a ser ministra de la Casa Civil, el cargo de gestión más importante tras la Presidencia. Lula era dilmista tanto como Dilma era lulista. Por eso sólo sorprendió a medias cuando se supo que sería ella la candidata a suplir al carismático líder del PT después de su doble mandato de ocho años. No la ungió públicamente hasta casi el final, a unos meses de las elecciones de 2010 pero justo en ese momento Rousseff descubrió que tenía un linfoma. También lo superó. “El cáncer asusta porque está asociado a la muerte. Mi experiencia fue la contraria. Para mí está unido a la capacidad de superación”, dijo en la época. Más puntos para la superviviente que todo lo puede.

Y fue así, recién salida de un trance grave, que llegó a la Presidencia de un país que estaba en la cresta de la ola. Decían, decía Lula, que ella era la “madre del desarrollo”, la mejor campaña que le podía hacer ante el tradicional vivero de votos populares del PT.

En aquellas elecciones de 2010 ganó en segunda vuelta a José Serra –curiosamente, el que este jueves ha sido nombrado ministro de exteriores por Michel Temer- y vivió un apacible, en apariencia, primer Gobierno. Sólo el último año de ese mandato, 2014, se le atragantó: multitudinarias marchas –de izquierda, de derecha, todos juntos finalmente- tomaron las calles mientras el país celebraba –que no festejaba- un mundial de fútbol. Se quejaban los ciudadanos de la falta de inversión en salud y educación, pero también de otras muchas cosas que ni siquiera eran competencia federal, pero Rousseff aceptó el aviso y dio las gracias a los “demócratas verdaderos” que salían a las calles. No fue un buen augurio, aún así.

Tras un respiro de unos meses, la crisis económica empezó a mostrar su cara más cruda en un país que cinco años antes era la envidia del mundo. Y a eso se le sumaron los crecientes escándalos de corrupción que fueron minando al PT, que cada semana iba perdiendo dirigentes implicados en la trama de Lava Jato, la gigantesca red de corrupción en Petrobras.

Rousseff, en su línea dura, prometía que acabaría con la corrupción, pero lejos de lograrlo, se le multiplicó en el último año. Acababa de ganar la reelección en octubre de 2014. Ella misma ha dicho en reiteradas ocasiones, estos días también, que “nunca dejaron gobernar. Gané una primera vuelta, una segunda y ésta es la tercera, en relación a los problemas que encontraba para gobernar.

Con la economía a la deriva y la corrupción atosigando políticos, la plana mayor de partidos aliados, que le permitían legislar con holgura más o menos estable en el Congreso, empezaron a dejarla. Eso y la guerra abierta con el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, hicieron posible el estallido de una bomba impensable hace un año: era el impeachment, o juicio político, el que se abre ahora de forma definitiva para decidir si tiene que salir de su cargo de presidenta de forma permanente. Dicen que ni en estas circunstancias tan adversas se rendirá. Así lo atestigua su exmarido Carlos Araúxo, uno de sus grandes valedores: “Siempre sabe lo que quiere y no se deja dominar por los acontecimientos. Cualquier persona estaría vencida con la mitad de los problemas que tiene ella, pero eso no ocurre con Dilma. Ni ocurrirá”.