Hans Kundnani

"La crisis de refugiados refuerza el sentimiento de superioridad moral de los alemanes"

El autor de un ensayo sobre el poder alemán, plantea posibles efectos positivos del partido xenófobo Alternativa para Alemania entre críticas de germánofobo.

Hans Kundnani ha sido criticado por germanófobo en los medios alemanes.

Hans Kundnani ha sido criticado por germanófobo en los medios alemanes. German Marshall Fund

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“Europa no se puede gobernar desde Berlín”. Ésta es, según el investigador británico Hans Kundnani (Londres, 1972), una de las importantes lecciones que aprender de la turbulenta historia europea del siglo pasado. Kundnani es el autor de uno de los ensayos recientes sobre Alemania y su papel en Europa más alabados internacionalmente. Publicado primero en inglés bajo el título The Paradox of German Power (Ed. Hurst, 2014) – “La Paradoja del poder alemán” – ese texto ya se ha traducido al italiano, al alemán y al coreano. Su versión en español la prepara para este año la editorial Galaxia Gutenberg.

Kundnani, que antes de incorporarse en Berlín al think tank estadounidense Fondo Alemán Marshall trabajó como corresponsal para el semanario británico The Observer, analiza en ese ensayo en qué medida la oscura historia germana sigue pesando en Europa. En la crisis del euro, “al verse que el poder alemán podía ser problemático, en países como Grecia o Italia se tiró del pasado para retratar al país con gente disfrazada con trajes de oficiales de las SS o con las comparaciones de Merkel con Hitler”, recuerda Kundnani.

A su entender, la canciller Angela Merkel, por mucho poder que se le atribuya a su país, nunca podrá resolver en solitario los problemas de la Unión Europea. Menos aún si se tiene en cuenta la creciente presión que ejercen sobre ella elementos como la opinión pública, sus socios más conservadores en el Gobierno y el partido euroescéptico y xenófobo Alternativa para Alemania (AfD). Kundnani espera que esa formación sirva de catalizador del desencanto respecto a Europa que siente un sector creciente de la población germana.

En el actual contexto europeo, marcado por las crisis del euro y de los refugiados, el gran temor de este investigador es que “la UE, en lugar de desaparecer, se convierta en una Europa brutal y coercitiva que siga una línea alemana”.

Usted escribió su libro en 2014. ¿Ha tenido que cambiar algo en el contenido desde entonces?

Cada vez que escribo un epílogo para una traducción hay una nueva crisis en Europa. Con la edición italiana fue la crisis en Ucrania. El pasado verano fue el último capítulo de la crisis griega, en el que se amenazó a Grecia con dejar la zona euro. El pasado otoño, claro está, el epílogo tuvo que ver con la crisis de los refugiados. Precisamente la crisis de los refugiados ilustra y refuerza uno de los argumentos del libro, a saber: que no se puede gobernar Europa desde Berlín.

¿Por qué?

Algunos dicen que Alemania es un poder hegemónico en Europa, aunque sea un poder hegemónico reticente. Lo de reticente vendría porque es un país con un bloqueo mental que le impide ser el líder de Europa, y sólo superando ese bloqueo podría ser el líder hegemónico de Europa. Pero yo pienso que no sólo es cuestión de que Alemania no pueda ser líder porque no quiere o por un bloqueo. Alemania no puede ser el líder de Europa porque no es un país lo suficientemente grande ni poderoso.

Ahí reside lo que usted llama “la paradoja del poder alemán”.

Así es. Alemania es demasiado poderosa y débil a la vez. Esto se ha visto en los últimos cinco años. La crisis de los refugiados ilustra bien que Alemania, de algún modo, también es muy débil. Porque cuando Alemania trata de ser un líder en Europa, resulta que no puede debido a las resistencias que encuentra en otros miembros de la UE.

La crisis de los refugiados ilustra que Alemania es débil

¿Esto se ha observado antes en la historia de Alemania?

Si uno mira la historia, entre 1871 y 1945, queda claro que Alemania no puede ser un poder hegemónico. Es un poder “semi-hegemónico”. Si trata de ser un líder en Europa, esto lleva al desastre. Porque entonces se forman coaliciones anti-alemanas. Esta dinámica está en la naturaleza de Europa, y se está viendo claramente en la crisis de los refugiados. Se oponen a Berlín incluso países que están alineados con Alemania en temas económicos.

Por ejemplo, Eslovaquia, un país muy integrado en la cadena alemana de fabricación de manufacturas porque produce buena parte de las piezas que utiliza la industria del automóvil germana. Si en el último capítulo de la crisis del euro, Eslovaquia se alineó con Alemania, apoyando la idea de echar a Grecia del euro, luego ha sido de los países que más se ha opuesto a la voluntad alemana en la crisis de los refugiaos. Hungría es un caso muy parecido. Alemania no está en una posición que le permita formar el tipo de coaliciones que harían falta para hacer funcionar la llamada “Europa alemana”.

¿Le sorprendió la reacción del Grupo de Visegrado (República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia) en la crisis de los refugiados alineándose para cerrar fronteras?

De algún modo sí. Pero confirma la tesis de mi libro.

La crisis de los refugiados está reforzando el sentimiento de superioridad moral de los alemanes

El acuerdo UE-Turquía sobre los refugiados parece ser una solución europea promovida por Alemania. ¿No es ese un tipo de solución que prueba el poder de Alemania para gestionar problemas europeos?

En cierto modo sí. Sin embargo, los alemanes están pensando ahora sobre los refugiados algo así: 'fuimos solidarios con la periferia durante la crisis del euro, y ahora no están siendo solidarios con nosotros en la crisis de los refugiados'. Esto permite crecer al euroescepticismo en Alemania, porque muchos alemanes consideran ahora que la UE funciona sólo en una dirección.

Piensan que se ofrece solidaridad pero que no se recibe. Muchos alemanes están muy enfadados por cómo los otros países están negándose a apoyar a Alemania en la crisis de los refugiados. Esto refuerza esa percepción de los alemanes sobre la superioridad moral de su país.

¿A qué se refiere?

Durante la crisis del euro, el entonces presidente del Consiglio [Consejo de ministros de Italia],Mario Monti, apuntó que existía esa superioridad moral de los países que estaban ayudando a los países con problemas financieros. En la crisis de los refugiados, se también percibe ese sentimiento en Alemania. De hecho, se está reforzando.

Entonces, ¿no es el acuerdo UE-Turquía promovido por Alemania una prueba de que desde Berlín se puede gobernar Europa?

Es cierto que el acuerdo es una solución. Aún así, no estoy seguro de que sea una solución alemana. Hasta cierto punto sí lo es, porque fue una iniciativa bilateral entre Alemania y Turquía. Pero ese acuerdo depende mucho de países como Austria o los países de los Balcanes. Por eso no estoy seguro de que ese acuerdo sea el resultado de un plan alemán que el resto de países de la UE aceptó o si fue una extraña mezcla de lo que más convenía a Austria y a Alemania. Gerald Knaus, el experto que inspiró la ideal del acuerdo con Turquía, es austriaco. En este sentido es una idea austriaca.

Para los alemanes, Francia, Italia y España controlan el Banco Central Europeo

Usted define a Alemania como un poder 'semi-hegemónico'. Para los alemanes, ¿cuál es el problema con esa idea? ¿Consideran a su país más fuerte o acaso creen que es más débil?

Es una buena pregunta. Es difícil saber cuál es la visión alemana en esto. Creo que la visión típica de Alemania es que estas viejas categorías intelectuales no tienen aplicación posible hoy. Piensan que ninguno de estos conceptos tiene sentido en el contexto de la Unión Europea. Por eso dicen que Alemania no es ni un poder hegemónico ni un poder semi-hegemónico. Para ellos esos calificativos son exageraciones, porque Alemania no es un país muy poderoso, especialmente porque la estructura de la UE hace que los países pequeños tengan un poder desproporcionado.

Precisamente éste es el argumento por el que la Unión Social Cristiana (CSU) – partido hermanado a la Unión Cristiano Demócrata de Angela Merkel – y otros han pedido recientemente reformar el Banco Central Europeo (BCE). Dicen que es absurdo que un país tan pequeño como Luxemburgo tenga el mismo derecho de voto que Alemania en el BCE. Los alemanes piensan que, en realidad, Italia, Francia y España controlan el BCE.

Esto también es algo paradójico.

Así es, a Alemania se le percibe como un país poderoso. Pero los alemanes piensan que no son un país poderoso. Al contrario, lo ven como un país bastante débil.

¿Cuál ha sido la respuesta del público alemán a su ensayo?

Hoy (por el domingo) el periódico Süddeutsche Zeitung publicó una reseña negativa sobre mi libro. En Alemania, no hay mucha gente que esté de acuerdo con mis ideas. Pero hay historiadores alemanes a los que le ha gustado mi libro. A Heinrich August Winkler, uno de los principales historiadores alemanes, le gustó. Pero, en general, mucha gente me critica aquí por ser muy anglosajón, casi germanófobo.

¿Cómo ha influido la emergencia de un partido euroescéptico y xenófobo como Alternativa para Alemania (AfD) en la forma en que los alemanes miran a Europa?

Estoy pensando todavía si AfD puede ser algo bueno para Alemania. Porque el problema en los últimos seis años aquí en Alemania era el consenso sobre las políticas de la canciller Angela Merkel y sobre cómo ha llevado la política europea. Desde el Gobierno de Merkel se ha lanzado esa idea de que no hay alternativa. Y precisamente la democracia es eso, alternativas.

Herfierd Münkler, profesor y teórico de la Universidad Humboldt de Berlín, sostiene que Alemania se había hecho fuerte en Europa por la falta, durante años, de un partido euroescéptico. ¿Es Alemania más débil ahora que existe AfD?

No necesariamente. Es un factor limitante más. Angela Merkel ya estaba limitada durante la crisis del euro por la opinión pública, el Tribunal Constitucional o por la CSU, entre otros. No sé si AfD representa un factor limitante decisivo. Lo que ocurre con AfD es que se ha reconfigurado a raíz de la crisis de los refugiados, y criticando por esta vía sí que ha presionado de otra forma a Merkel, quien estaba – y está – siendo presionada en este tema por la CSU. Y aún así Merkel ha seguido fiel a su plan.

AfD podría canalizar mucha de la frustración de los alemanes con Europa

¿Le preocupa a usted AfD?

Hay un cierto sentimiento en Alemania de que no se pueden cambiar las cosas a través de la política. Hay quien quiere cambiar las cosas en la calle, en movimientos como Pegida (siglas del movimiento xenófobo de los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, ndlr.). En el mejor de los casos, mucho de este sentir podría canalizarse a través de la AfD. En caso de entrar en el Parlamento, la gente que vota por ese partido podría sentir de nuevo que sus preocupaciones son tenidas en cuenta en la política y en los procesos políticos.

El verdadero peligro está en pensar que no se pueden cambiar las cosas a través de la democracia. La primera gran coalición alemana, entre 1966 y 1969, tuvo como resultado la génesis de la oposición extraparlamentaria, porque no había realmente una oposición parlamentaria que cambiara las cosas. Y esa oposición extraparlamentaria llevó a la creación de la Fracción del Ejército Rojo. Esto constituye un precedente.

Volviendo a su libro, la clave para entenderlo está en esa idea de poder 'semi-hegemónico'. ¿De dónde viene esa idea?

La he tomado prestada del historiador alemán Ludwig Dehio, quién escribió a mediados del siglo pasado sobre Alemania y esta idea de poder 'semi-hegemónico'. Él dice que, después de 1871, año de la unificación alemana, Alemania era demasiado grande para que se pudiera encontrar un equilibrio en Europa.

El primer ministro británico Benjamin Disraeli dijo en el siglo XIX aquello de que la revolución alemana había destruido el equilibrio en Europa. Sin embargo, Alemania, ya entonces, no era lo suficientemente poderosa como para imponer su voluntad y dominar Europa. Entonces Alemania era el país más poderoso de Europa, incluido Francia, pero no era más poderoso que una coalición de dos o más países europeos.

Pero usted aplica ese concepto a la situación actual.

El problema del poder alemán ya no es geopolítico. Aquel problema quedó resuelto dos veces con las guerras del siglo XX. Ahora el problema es equivalente pero se plantea en términos geoeconómicos. La situación actual es que Alemania es el país económicamente más poderoso, pero no es lo suficientemente poderoso como para ser un país que pueda ocupar una posición hegemónica en Europa.

Esto se observa en términos de PIB en la zona euro. Alemania constituye un 20% del PIB de la zona euro. Si se suman Francia, Italia y España, Alemania ya no puede imponerse. Esa unión ocurrió, precisamente, en el verano de 2012, cuando se dice que se salvó el euro. En la cumbre del Consejo Europeo de ese verano se tomaron medidas para salvar la moneda única gracias a una coalición anti-alemana, encarnada por François Hollande, Mario Monti y Mariano Rajoy. Luego Mario Draghi en el BCE aseguró que iba a hacer lo que fuera necesario para salvar el euro.

Tenemos una Europa caótica, una Europa incapaz de lidiar con sus problemas, una Europa que acusa conflictos y tensiones internas

En pocas palabras, ¿qué significa ser un poder semi-hegemónico?

Significa ser el país más poderoso, o ser visto como el país más poderoso. Pero no ser capaz de resolver los problemas por uno mismo. Existe respecto de Alemania, esa expectativa de que tendría que resolver los problemas de Europa. Pero no puede. Además, cuando trata de hacerlo, se percibe como un país que busca dominar al resto.

Esa es una posición muy incómoda.

Sí, porque cualquier cosa que hagas será insuficiente, y además te echarán la culpa. Por eso muchos alemanes creen que es injusto que se les culpe por la crisis del euro, por ejemplo.

¿Cómo puede resolverse esa problemática situación que viene ocupando Alemania en Europa? El siglo pasado se resolvió con dos guerras mundiales.

Esa es la pregunta del millón de euros. Al ser una cuestión geoeconómica, yo especulo con lo siguiente, si tengo razón – puedo no tenerla –, entonces podríamos encontrarnos en un escenario en el que se repitan los conflictos del siglo pasado pero en términos geoeconómicos. Esto no quiere decir guerra, porque ya no hablamos de geopolítica como en el siglo pasado.

En esos enfrentamientos se podrían formar coaliciones antialemanas para conseguir sus objetivos. La crisis de los refugiados confirma esto. Hay países europeos que se han unido contra la voluntad de Alemania, del mismo modo que la periferia de la eurozona se unió contra Alemania en el verano de 2012.

La situación que tenemos en Europa es mala, y mi temor es que empeore

¿Dónde llevan estas tensiones?

Ésta es una dinámica peligrosa que lleva a una Europa caótica. Esto es lo que tenemos ahora. Una Europa incapaz de lidiar con sus problemas, una Europa que acusa conflictos y tensiones internas, entre los países y sus poblaciones. La situación actual es mala, y mi temor es que empeore.

El euro y el espacio Schengen eran dos éxitos comunitarios que ahora están amenazados. ¿Está en peligro el proyecto europeo?

Espero que los países que están en el euro y en Schengen actúen con responsabilidad. Pero tal vez sirvan estas dos crisis para resolver muchos de los males de Europa. Ahora parece que hay interés en hacer que Grecia sea un estado que funcione de verdad, sobre todo para lidiar con la crisis de los refugiados. Esto podría traer también una solución a la crisis del euro. Sin embargo, soy pesimista al respecto.

Lo cierto es que, con las crisis, ha habido dos dinámicas en Europa, una hacia una mayor integración y otra hacia una mayor desintegración. Como británico, debo decir que cuanto más se integre la UE, más gente querrá dejar la UE en el Reino Unido. Mi miedo, en realidad, es que la UE, en lugar de desaparecer, se convierta en una Europa brutal y coercitiva que siga una línea alemana.