CRISIS MIGRATORIA

Cesme, la Marbella turca convertida en punto de partida para refugiados

Los habitantes de la costa occidental turca temen una nueva oleada de migrantes tras el acuerdo Turquía-UE.

Una de las playas turcas repleta de restos de los refugiados que por allí pasaron.

Una de las playas turcas repleta de restos de los refugiados que por allí pasaron.

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Zodiaks chamuscadas, neumáticos reventados, chalecos salvavidas en mal estado, flotadores pinchados, ropa, calzado, objetos personales. En las playas de la punta más occidental de Turquía aún se puede encontrar, entre sus calas y su bosque típicamente mediterráneo, el lastre dejado por los miles de refugiados que desde estas aguas se han embarcado rumbo a Europa (casi un millón en el útimo año).

Desde la pequeña playa de Ayasaranda es posible vislumbrar el sueño europeo. La cercana isla griega de Kíos se encuentra a unos 6 kilómetros de distancia, mientras que desde otras calas, como la de Pirlanta, famosa entre los aficionados al kitesurf, la distancia entre el suelo turco y el griego se reduce a unos 3 kms. “La verdad es que ahora vemos muchos menos refugiados en esta zona”, comenta Suleimán Ulusan, dueño del hotel Dantela, en el Paseo Maritimo de Çesme. “Sin embargo hace unos meses los veías andar por aquí, paseando con sus niños, incluso durmiendo en la calle”, añade este empresario que se jacta de tener entre sus huèspedes al futbolista Arda Turán durante las vacaciones estivales. “Çesme vendría a ser como Marbella, un enclave turístico al que viene la gente guapa de Turquía y mucho turista extranjero”, asegura.

Sin embargo, el éxodo de los refugiados convirtió este pequeño enclave costero (antes de la firma del acuerdo entre Turquía y la Unión Europea), en un punto de tránsito fundamental para aquellos sirios, iraquíes, afganos y migrantes de otras nacionalidades que han llegado hasta esta parte del país. “Mire, los que están por aquí están esperando para embarcarse en el momento en que la meteorología lo permita”, apunta Mehmet, responsable del restaurante Penguin, ubicado frente al paseo. “Es cuestión de días, de que la mar esté tranquila y que las mafias decidan que es el momento propicio para intentarlo”, agrega.

Según las autoridades turcas, la Guardia Costera volvió a interceptar este sábado a 63 migrantes, sobre todo sirios, que intentaban llegar desde estas costas a la isla griega de Lesbos, informan medios turcos. "Ya no salen cientos cada día, pero a pesar del acuerdo esto no ha parado", añade Mehmet.

Para llegar a la cercana isla de Kíos quienes se aventuren desde las playas de Çesme tendrán que superar varios obstáculos. Primero, no ser detectados por la Policía Nacional que patrulla las calles. Luego, no ser descubiertos por la Gendarmería que vigila las costas. Y finalmente, no ser interceptados en el mar por la Guardia Costera, cuyas patrulleras peinan sistemáticamente el trayecto con la intención de obligar a regresar a las embarcaciones. En ocasiones incluso disparan contra ellas, tal como relatan algunos de aquellos que ya se han embarcado pero que han fracasado en el intento.

“Cuando lo intenté a mí no me pasó, pero sí sé de gente a la que los guardacostas turcos pegaron con palos o incluso dispararon para que se dieran la vuelta", relata Fátima, una siria de mediana edad desde el hall de una modesta pensión sita en un amasijo de calles al otro lado del puerto marítimo de la ciudad (lejos de la estampa de yates y restaurantes). Allí vive junto a su hija y dos de sus nietos desde hace semanas. "En el hotel nos tratan bien. Estamos esperando a ver qué nos dicen porque parece que los griegos ahora te devuelven a Turquía", explica esta mujer que quiere llegar junto a su familia a Suecia, donde ya se encuentra uno de sus hijos.

Como otros, Fátima confiaba en que la solicitud de asilo que ella y su familia pudieran efectuar al llegar a Grecia les blindase -tal y como exigen las organizaciones internacionales de DD.HH.- a la hora de ser candidatos para una nueva deportación a Turquía. No obstante, no parece que eso vaya a tener lugar, lo que es "ilegal", según ha denunciado en las últimas horas el enviado especial de la ONU para Inmigración y Desarrollo, Peter Sutherland.

El paseo marítimo de Chiflik.

El paseo marítimo de Chiflik.

En otro extremo de la bahía y frente a la Playa de Ayasaranda, se encuentra la pequeña población de Chiflik, un puerto local que alberga barcas de pesca, restaurantes y pequeños hoteles, hoy prácticamente vacíos porque aún estamos en temporada baja. Varios de los paisanos del pueblo juegan al O'qe –tradicional juego de mesa– en el exterior de uno de los pocos bares que permanecen abiertos. “Nosotros no tenemos ningún problema con los sirios que andan por aquí, pero cuanto antes marchen a Europa, mejor para todos”, explica uno de los jugadores, un local que asegura ser policía, por lo que prefiere mantener su nombre en el anonimato. "No puedo hablar con periodistas", explica. "Pero si no me citas y quieres saber lo que piensa la gente, yo te digo que aquí no queremos ni a sirios ni a afganos", añade.

En la misma mesa Sayan disidente de lo expresado por su vecino de mesa y apostilla. “Yo creo que tienen todo el derecho a intentarlo, de la misma forma que turcos como yo hemos podido asentarnos en Alemania”, apunta este sexagenario que emigró cuando era joven y hoy regresa a su pueblo natal de vacaciones. “Aunque el Gobierno de Ankara haga como que les apoya en realidad no son más que moneda de cambio para Erdogan”, añade Sayan, quien confiesa en voz baja su simpatía por la minoría kurda y asegura ser activo políticamente -afiliado a los ecologistas de Die Grünen- en Alemania.

Esperando en Esmirna

El incremento de la presencia policial en la zona de Çesme ha hecho que muchos de los candidatos para subirse en las embarcaciones que de noche cruzan el Egeo se queden en la ciudad también costera de Esmirna, situada a poco más de una hora por carretera y el segundo puerto más importante de Turquía. Según han informado las autoridades turcas, a la provincia de Esmirna llegarán a partir de este lunes los primeros cientos de refugiados y migrantes que sean deportados a Turquía, de acuerdo a lo establecido en el acuerdo firmado entre Turquía y la UE.

"No sabemos si quedarnos aquí o intentar otras vías", afirma Mahmud, un refugiado sirio de la ciudad de Idlib al poco de almorzar junto a otros cuatro amigos sirios en uno de los restaurantes -con un letrero electrónico que anuncia en turco y en árabe sus platos del día- de la histórica calle de Anartafalar, en frente de la estación de tren de Basmane.

En el barrio contiguo del mismo nombre residen miles de refugiados sirios y migrantes, por lo que ya se le conoce popularmente como la 'Pequeña Siria de Esmirna'. Quienes pueden permitírselo pernoctan por unos 7 euros al día en alguno de los muchos hostales y pensiones que se suceden en la arteria principal que vertebra el barrio. Otros, menos afortunados, duermen en la calle y almuerzan en el comedor público asociado a la mezquita de Basmane, donde tomarán la que será para muchos la única comida caliente que ingieran en todo el día.

Frente a la mezquita principal de Basmane se erige el café en el que tienen lugar gran parte de las transacciones de este tráfico de seres humanos. Toda una cadena con varios eslabones que van desde el intermediario inicial –normalmente sirio–, que está en contacto con los demandantes, hasta el que opera las embarcaciones –normalmente kurdo, según algunos locales– y de éste al traficante final –turco– que estudia las diferentes variables según sus contactos con la autoridades turcas para dar la orden de salida (y que normalmente se lleva la mayor parte del beneficio de un pasaje que oscila entre los 500 de las últimas semanas hasta los más de 1.000 euros por cabeza de hace unos meses).

Uno de los intermediarios, abrigado con un forro polar rojo, disfruta de un vaso de té dentro del café. Junto a él se encuentran varios jóvenes árabes interesados en emprender el cruce del Egeo. En cuanto se sienten observados por extranjeros recogen las varias tarjetas SIM que se encuentran sobre la mesa, se levantan, y se alejan. Otros migrantes –de origen marroquí– confirman que se trata del principal capo que opera en la zona de la mezquita de Basmane.

“Por aquí vienen muchos porque la mezquita ofrece una comida gratuita al día, y porque saben que éste es el centro neurálgico de la emigración hacia Grecia”, asegura Adel en relación a los contactos que tienen lugar en la plaza de forma clandestina. Una vez cerrado el trato 'los clientes' se darán de baja en el hostal de turno y se enfundarán sus mochilas con todas sus pertenencias personales para subirse a una furgoneta que les llevará a una de las playas cercanas de la costa turca para embarcarse. Que sea desde la provincia de Esmirna o desde alguna otra playa más al sur (tal y como han empezado a anunciar las mafias que empiezan a buscar rutas alternativas para llegar a Italia y ya no a Grecia) será cuestión de oportunidad.