Operación Lava Jato

Lula hace tambalearse a la superviviente Rousseff

La presidente brasileña defiende a capa y espada a su mentor mientras el enfado social aumenta.

Lula y Rousseff saludaron desde la casa de él al día siguiente de su detención.

Lula y Rousseff saludaron desde la casa de él al día siguiente de su detención. REUTERS

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“Por favor, digan que no tengo cara de quien va a dimitir”. Así despachó Dilma Rousseff la rueda de prensa que convocó este viernes en el palacio de Planalto, en Brasilia, en medio de una tempestad política que arrecia cada día, sin tregua para la presidenta brasileña desde hace una semana, cuando Luis Inácio Lula da Silva fue interrogado por sospechas de corrupción, hasta la petición de prisión contra él por parte de la Fiscalía de Sao Paulo. El de Rousseff es un caso curioso: enfrenta a la prensa para defender su figura, más en la picota que nunca, pese a que los últimos acontecimientos no afectan al Ejecutivo que preside ni a ella, sino al expresidente. Pero la alargadísima sombra de Lula da Silva convierte a Dilma -su discípula- en su víctima colateral, con el detalle de que ella es la presidenta del país.

El futuro de Rousseff vuelve a estar en manos de Lula, como lo ha estado en cada etapa del último tercio de su carrera política. En 2002 la llamó para ser ministra, luego la ungió como candidata a la presidencia y bendijo su llegada a Planalto. Y una vez en palacio, la guió en determinados quehaceres del poder. Ahora, al fin, la ha empujado al precipicio.

Cierto es que Dilma lleva meses al borde del abismo, pero lo ocurrido con su padrino político aumenta el pesimismo para enfrentar lo que tiene ante sí: una oposición hostil como nunca, un aliado a punto de abandonar el barco e incluso la contestación en su partido, donde nunca ha tenido excesivo predicamento. Y, además, la calle, que se prepara para arder contra todo lo que huele a PT (su formación, el Partido de los Trabajadores). Según la consultora Eurasia, las opciones de que Rousseff sea apartada del cargo han subido a un 55%, un escenario traumático pero recurrente en los últimos tiempos. Ante esto la presidenta siempre tira de su odisea vital. Este viernes lo ha vuelto a hacer: “He sido presa y torturada por mis convicciones. Debo al pueblo brasileño el respeto por el voto que me dio, así que no estoy resignada frente a nada”, dijo.

Una factura que no para de crecer

“Resignar” es un verbo que le va como anillo al dedo a quien se resiste al bucle de problemas sin fin. Algunos son atribuibles a su gestión, pero otros tienen génesis ajena, y hacen crecer la factura que debe pagar Rousseff frente a los brasileños: a una crisis económica sin precedentes en las últimas tres décadas (el PIB ha encogido un 3,8% en 2015) se le ha unido una interminable crisis política, que ha llevado al Legislativo a la parálisis.

Y por último, y quizás más importante de cara al descontento social, la crisis de corrupción que se ha visto recrudecida por otros dos elementos: 

- la detención este mesdel publicista Joao Santana, responsable de las campañas del PT, por haber recibido dinero negro en el extranjero;

- la confesión de Delcídio do Amaral, ex líder del PT en el Senado, quien aseguró a la policía que tanto Dilma como Lula habían obstruido a la justicia en el caso Lava Jato.

A ese pastel le faltaba la guinda y la ha venido a poner de la forma más estrepitosa el mito político viviente de Brasil, con el registro de su casa, el interrogatorio y la petición de cárcel, por más que una mayoría de juristas aseguren que esta última era innecesaria o exagerada. Ante eso a Dilma le ha salido ofrecerle un ministerio al expresidente, a quien ella sigue llamando “presidente” para protegerlo de la justicia, pues adquiriría la condición de aforado: “Tendría el mayor de los orgullos de tener al presidente Lula en mi Gobierno, porque es una persona con experiencia y gran capacidad en la formulación de políticas (...) Pero no voy a discutir si va a ser (ministro) o no”, afirmó Rousseff. Lula se resiste a la propuesta.

El final de una alianza clave

Había terminado 2015 con un respiro después del frenazo al proceso de impeachment, o juicio político para la impugnación de su mandato, abierto el 2 de diciembre por la férrea voluntad del presidente del Congreso, Eduardo Cunha, enfrentado en una guerra personal con la presidenta a pesar de haber sido su aliado durante años. Terminado el año, 2016 parecía un poco más halagüeño para Rousseff, a la vez que el nombre de Cunha fue desapareciendo como un peligro para su mandato y el impeachment salía de la agenda inmediata del Legislativo.

Pero de nuevo se ha reavivado, no es casualidad, en cuanto la oposición olió la sangre de Lula el pasado viernes. El plan es fácil: bloquear votaciones para que la comisión del impeachment vuelva a primer plano y se apruebe el procedimiento que de momento está en la nevera.  Ya lo tendrían muy complicado teniendo en cuenta las ecuaciones que hace el Gobierno cada vez que tiene que sacar adelante una propuesta. Pero ahora le allanará el camino un actor fundamental en la política brasileña: el PMDB, el mayor aliado de Dilma Rousseff (y del PT desde hace once años).

El sábado celebra una convención y se da por descontado que habrá una declaración en la que anunciarán el fin del apoyo al ejecutivo. El PMDB es un cajón desastre en el que varias familias políticas se reparten el poder de las cámaras dependiendo de a quién le brinda apoyo (por ejemplo, el presidente del Senado es, de momento, pro-Rousseff; el presidente del Congreso está contra ella y el mismísimo vicepresidente del Gobierno nada entre dos aguas dentro de ese partido). Después de la convención del sábado el camino quedará expedito para un banquete anti-Dilma.

“El clima que tiene alrededor afecta a su capacidad de gobernar. Ahora que tenía una agenda más propositiva de repente va a volver el momento en que se le hará imposible intentar ningún tipo de propuesta. Hay una incapacidad del Gobierno y de la oposición para buscar una salida al país y los brasileños”, asegura a EL ESPAÑOL Sonia Fleury, politóloga de la Fundación Getúlio Vargas.

Quedan, como colofón, las protestas de este domingo, el termómetro que dictaminará qué nivel de alerta se activa en Brasilia para medir la animadversión al Ejecutivo brasileño. De hecho, servirá para evidenciar la polarización creciente en el país, para varios analistas, tanto por las acusaciones gravísimas contra Lula como por la propia intervención judicial contra el expresidente:  

“Habrá un enquistamiento en las posiciones y eso no es bueno para la democracia”, abunda Fleury. En Planalto se respira sin apenas oxígeno, como si todos los factores se hubieran puesto de acuerdo para acabar con Rousseff, la azarosa política que sobrevivió a la cárcel, a la tortura, incluso a un cáncer. Ahora queda por ver si resiste a los embates contra el hombre al que ha unido su destino, el que más le dio en la política y que ahora puede quitárselo de golpe: Luis Inácio Lula da Silva.