Operación Lava Jato

Lula da Silva, el 'analfabeto' padre de los pobres

Fue emigrante, obrero, sindicalista, y en 2002 presidente de Brasil. Un mito que ahora se tambalea.

El sueño roto de Lula

El sueño roto de Lula

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“Si alguien piensa que va a callarme con persecuciones y denuncias no saben que yo sobreviví al hambre (...) Si quieren derrotarme, van a tener que enfrentarme en las calles (...) Me convertí el mejor presidente de la historia de este país y en el mejor del mundo en el inicio del siglo XXI”.

La retahíla de frases lapidarias puede parecer una exageración petulante sacada de contexto, pero resume bastante bien la vida de quien las pronunció: Luis Inácio Lula da Silva pasó hambre en su vida, se curtió en las calles como ningún otro líder político brasileño y fue el que más ha trascendido como presidente, enamorando al mundo casi más que a su país. Pero ahora el sueño de sus seguidores, y de él mismo, amenaza con romperse en mil pedazos.

Esas sentencias grandilocuentes vertebran la última gran aparición del expresidente, en la que sudó, lloró y con voz de lija desgranó su vida. Él mismo hizo su propio perfil, en una puesta en escena que también resume su carrera, en la sede de un sindicato en Sao Paulo y con una multitud entregada. Con una salvedad: ocurrió la noche del viernes 4 de marzo, el mismo día en que su casa fue registrada y luego fue interrogado durante tres horas en una comisaría por sospechas de corrupción.

A la operación le llamaron Aletheia, un concepto filosófico griego que flota alrededor de la verdad y la búsqueda de ella, de sacar la evidencia de su escondite, y que ahora puede acabar con un símbolo de millones de brasileños y de la izquierda mundial, un hombre de 70 años que el viernes se definió irónicamente como “un nordestino analfabeto”, que fue pobre, emigrante, obrero, sindicalista, presidente y referente global. De “padre de los pobres” e “hijo de Brasil” ahora ha pasado a ser una efigie tambaleante en el pedestal.

Lula da Silva llegando a su casa tras ser detenido e interrogado.

Lula da Silva llegando a su casa tras ser detenido e interrogado.

Guarujá como símbolo

Contaba uno de los prolíficos columnistas de la prensa brasileña que en Guarujá, localidad costera donde se ubica el piso que presuntamente una empresa involucrada en la trama ‘Lava Jato’ le regaló a Lula, es donde el expresidente se dio su primer baño de mar, a los 9 años, mucho antes de que el lugar se convirtiera en refugio para ricos y luego destino del turismo masivo. A esa edad, el niño Luis Inácio –aún no le llamaban Lula-, hacía dos años que había atravesado el país junto a su familia en un pau-de-arara, un camión con bancos de madera en una caja en la que se agolpaban decenas de emigrantes que buscaban un futuro para apagar los temores al amanecer del día siguiente.

Era el sexto hijo de un matrimonio de agricultores analfabetos del estado de Pernambuco. Cuando Lula nació, en 1945, faltaba hasta la comida, y su padre ya se había ido a probar suerte por su cuenta a Santos, en Sao Paulo. Cuando Lula cumplió siete años, su madre, Dona Lindu, de gran ascendiente sobre su hijo, decidió seguir el mismo camino que el marido y llegó con la prole a Guarujá. Allí Lula conoció a su padre, se dio su primer baño y después pegó el salto a Sao Paulo capital.

Lula habla con los medios tras su detención.

Lula habla con los medios tras su detención.

Obrero, sindicalista y preso

Lula estudió hasta los catorce años, pero trabajó desde antes. A esa edad consiguió su primer empleo formal en una siderúrgica. Con 17 años, un accidente le rebanó el dedo meñique de la mano izquierda, y con 20 recaló en Sao Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de Sao Paulo.

Pronto entró en el sindicato de metalúrgicos y con menos de 30 años dejó las máquinas por el sindicalismo profesional, en plena dictadura militar. Cuando en 1979 se relajó un poco el régimen, Lula lideró las famosas huelgas que pusieron patas arriba los polos metalúrgicos de la periferia industrial de Sao Paulo. Con fuerte influjo sobre los compañeros, se convirtió en ídolo de masas, con mítines asamblearios de viva voz, en los que se labró un liderazgo sin comparación.

Su fama también llegó a las autoridades: en 1980 fue detenido y encarcelado durante un mes. Lo detuvieron en la misma ciudad donde el viernes se lo llevó la policía, Sao Bernardo. Como entonces, el viernes lo despertaron en su casa a las seis de la mañana. Pero esta vez el motivo era muy diferente: fue trasladado a declarar por presunto enriquecimiento ilícito y lavado de dinero.

Jugar, perder, volver a jugar, ganar

Al contrario que otros dirigentes de su generación –incluida Dilma Rousseff- Lula no tiene pasado guerrillero. El sindicato fue su base para entrar en política. En 1980 fundó el PT, con el que se presentó, y perdió, sucesivas elecciones, a gobernador de Sao Paulo en 1982 y a presidente en 1989, 1994 y 1998. Lula no ganaba pero crecía en cada oportunidad como referente de la izquierda.

Curiosamente, cuando el país empezaba a enderezar el rumbo económico después de una historia económica dibujada en pronunciados dientes de sierra, Lula consiguió su objetivo final: convertirse en presidente de Brasil. En 2002, con un estilo bautizado como ‘Lulinha paz  y amor’, el candidato de la izquierda consiguió convencer a los escépticos –empresarios, sobre todo- que veían en él a un radical que convertiría el país en poco menos que en Cuba.

Cartel electoral de Lula en 2002, en las elecciones en las que alcanzó el poder.

Cartel electoral de Lula en 2002, en las elecciones en las que alcanzó el poder.

Se recortó la barba, moderó el discurso y dirigió la célebre Carta al pueblo brasileño, en la que explicaba su programa de gobierno para calmar a los mercados financieros. Y ganó, al fin, con un 61% de apoyo en segunda vuelta. Su toma de posesión se recordará por la siguiente frase: “Si al final de mi mandato todos los brasileños tienen la posibilidad de desayunar, comer y cenar, habré cumplido mi misión en la vida”.

Y la cumplió. Entre 2003 y 2013, 15,6 millones de brasileños dejaron la condición de subalimentados, una reducción del 82 por ciento, lo que provocó que Brasil fuese nombrado por la FAO como el país con mayores progresos en el combate contra la desnutrición.

En 2014 Brasil consiguió salir por primera vez del mapa del hambre. Enumera la ONU varios motivos para tal logro: el aumento de la oferta de alimentos, el aumento de la renta de los más pobres, gracias, entre otras cosas, al impacto del programa Bolsa Familia, y la generación de veinte millones de empleos. Retomó el tema el viernes, presumiendo y victimizándose a la vez, receta infalible ante los problemas a lo largo de su carrera: “Nunca me preocupó el prejuicio contra mí. Decían que no sabía hablar. Pero aprendí a hablar las cosas que el pueblo comprendía, y llevé a Planalto lo que aprendí en las calles de este país.”

En la cresta de la ola

Entre los logros que el propio Lula repite está el de los 30 millones de brasileños que tuvieron acceso por primera vez al crédito, el consumo con estándares de clase media y otras cosas que en Europa parecen evidentes pero no lo son tanto en uno de los países más desiguales del mundo. Así lo recordaba el viernes: “Por primera vez en este país las personas subieron del escalón cero, los más pobres empezaron a comer más que un yogur al día. Sé que a algunos les molestaba que los pobres empezaran a ir al cine y al teatro, a viajar en avión. El pobre al final no era un problema, en nuestro gobierno el pobre pasó a ser la solución de este país”.

Con el consumo disparado en un mercado interno robusto el PIB crecía sostenidamente y el país surfeaba incluso sobre la crisis mundial de 2008. Lula, una vez más arriesgado, así lo decía por entonces: “El tsunami de la crisis llegará a Brasil hecho una olita”. Y mientras, repartía abrazos y estrechaba la mano de los grandes líderes del mundo con aires de rockstar. Brasil estaba de moda y Lula era el responsable a los ojos del mundo –“This is the man”, le espetó Barack Obama en una cumbre del G-20 en Londres en 2009.

Lula da Silva junto a Barack Obama en 2009.

Lula da Silva junto a Barack Obama en 2009.

“Es el político más popular de la Tierra”, les dijo a los que los miraban-. Ese año Lula coronó el mundo con otro acto simbólico. Fue en Copenhague, cuando el presidente del Comité Olímpico Internacional abrió el sobre con la sede de los Juegos Olímpicos de 2016: Río de Janeiro. Más euforia, más risas, la mano de Lula sin el meñique en alto, más alto aún que cuando en 2007 la estampó, manchada de petróleo, en el mono naranja de trabajo de Dilma Rousseff, entonces ministra más importante de su gabinete. Ambos celebraban el descubrimiento del pre-sal, petróleo depositado siete mil metros debajo de la superficie marina, y que le daría suficiencia energética a Brasil gracias a su mayor patrimonio, la empresa semipública Petrobras. Quién le iba a decir que su bendición se iba a convertir en condena.

Pele abraza a Lula y saluda al rey Juan Carlos I en Copenhague en 2009.

Pele abraza a Lula y saluda al rey Juan Carlos I en Copenhague en 2009.

Mensalao y otras hierbas

Brasil vivía una fiesta sin fin y nadie parecía reparar en los crecientes escándalos que se iban sucediendo en el entorno del Palacio de Planalto. En 2005 se destapó el más importante y prolongado en el tiempo, una trama de compra de votos de parlamentarios en el Congreso. El juicio se celebró siete años después y acabó condenando a la plana mayor del PT. Lula quedó al margen y siempre negó saber del escándalo. Llegó a decir que había sido “traicionado”.

Su popularidad no se resintió y en 2006 salió reelegido, cierto es que con crecientes resquemores por los sectores más favorecidos de la sociedad, la elite que Lula llama despectivamente “coxinhas” y que ha terminado por librarle batalla incluso en la calle, a cacerolazos y actos de repudio. Pero eso sucedería mucho después, cuando Lula ya no estaba en el gobierno.

En su segundo mandato (fue reelegido en 2006 con un 60% de los votos en segunda vuelta) el presidente siguió a lo suyo y, mientras seguía a la conquista del mundo, fue preparando el terreno para entregar el mando a una persona radicalmente diferente en origen y formas, pero que podría continuar su obra. Se llamaba Dilma Rousseff.

El expresidente presidente

Con un inédito 85% de popularidad, Lula entregó la presidencia a su ahijada política, pero sus críticos dicen que continuó gobernando en la sombra. Los primeros tiempos de Dilma Rousseff parecieron desmentirlo cuando, por ejemplo, provocó la dimisión de hasta siete ministros, ex altos cargos con Lula y señalados por sospechas de corrupción.

Aquella “herencia maldita” hizo que Rousseff pusiese su propia firma, pero según los hombres más próximos a ambos en nada perjudicó la relación con Lula: “Quien espera que ellos tengan desavenencias puede esperar sentado. Se respetan mucho, pero nunca hubo injerencias. Es una relación de respeto mutuo”, dice el ministro de comunicación, Edinho Silva y hombre de confianza de ambos.

A Rousseff, dicen algunos analistas, le explotó la bomba en las manos, los años de economía recalentada se convirtieron en recesión y en 2015 aquel tsunami llegó a Brasil, al bajar el PIB un 3,8 por ciento. El poder de Rousseff empezó a estar amenazado y todavía más cuando la trama del Lava Jato o Petrolao se extendió hasta tocar, de nuevo, a altos cargos del PT y a hundir al buque insignia del país, Petrobras.

Dilma Rousseff celebra en 2014 junto a Lula da Silva su reelección como presidenta.

Dilma Rousseff celebra en 2014 junto a Lula da Silva su reelección como presidenta.

Mientras Rousseff gobernaba como podía, Lula daba conferencias a ejecutivos, empresarios y dirigentes de medio mundo, y hacía lobby para grandes compañías brasileñas. Como con otras prácticas, eso suscitaba suspicacias adobadas por los medios más antipetistas, pero Lula continuaba apareciendo como un símbolo intocable. Creó una empresa para gestionar esos trabajos, que ahora es objetivo de la investigación de la fiscalía, porque dice tener evidencias de que las grandes empresas involucradas en la trama de Lava Jato le hicieron donaciones millonarias con dinero de origen dudoso.

También fundó el Instituto Lula, ahora también bajo la lupa por el mismo motivo: según la investigación recibió casi cinco millones de euros de varias constructoras implicadas. El asunto no es el dinero, sino de dónde sale y sobre todo en concepto de qué. Los fiscales creen que pueden ser el pago de favores políticos durante su mandato. Si eso se confirma, será el golpe definitivo a una figura hecha añicos a la que sería complicado recomponer.

Él de momento se defiende por la inconveniencia de lo que denominó “show mediático” y pone su curriculum por delante y su afán de superación: si le ganó incluso al cáncer (de laringe, en 2011), si superó los prejuicios contra esa “mierda de metalúrgico”, como él mismo se autodenominó en el discurso del viernes, aún puede redoblar la apuesta presentándose como candidato a las elecciones de 2018: “Este joven de 70 años tiene el empuje de un hombre de 30 y un cuerpo de atleta de 20. Yo me ofrezco, no tengo pereza de levantarme pronto”. Solo ocurrirá si lo despiertan de la pesadilla en la que se ha convertido su sueño.