Hungría

Viktor Orban, el dirigente de la democracia del miedo

El primer ministro húngaro no solo es polémico, sino que ha provocado tal cultura del miedo que hasta entre los intelectuales existe temor a criticarlo a cara descubierta.

Orban durante su llegada a una cumbre de la UE, donde levanta ampollas.

Orban durante su llegada a una cumbre de la UE, donde levanta ampollas. Reuters

Le habría gustado ser futbolista. De hecho, jugó en un equipo de tercera división durante su juventud, pero finalmente acabó dedicándose a la política. Quizá de aquellos años y de su afición a jugar a las cartas le quede el gusto por retar a sus adversarios, lo que le ha hecho protagonizar enfrentamientos con sus socios europeos -de nuevo- en 2015 y seguramente le deparará nuevas polémicas en 2016.

“Es un jugador, un luchador que siempre está buscando antagonismos y debates”, describe Edit Inotai, analista del Centro para la Integración y Democracia Euro-Atlántica (CEID) de Hungría. La embajadora magiar en Madrid, Enikő Györi, que trabajó como asesora de Orban en los años anteriores a que llegara al poder por primera vez, defiende que “es una persona que habla muy claramente, que sabe liderar y no le da miedo afrontar situaciones difíciles, un hombre que dice lo que piensa, algo no habitual en el mundo de ahora”.

Desde luego, no tiene pelos en la lengua y lidera las voces contrarias a los mandatos de Bruselas tanto en la crisis actual de los refugiados como cuando siguió en sus trece -y ganó- con su ley de medios y nueva Constitución, ambas altamente criticadas por considerarlas censuradoras desde la Unión Europea.

La mosca cojonera para Europa occidental “lucha contra las normas europeas y por la soberanía húngara”, resume Inotai. Cuando estalló la crisis de los refugiados, la BBC tituló una noticia sobre él asegurando que lleva “enfadando a Europa desde 2010”.

Persona non grata en el oeste de Europa, ha provocado varios enfados entre los 28. Cuando acudió a Baviera como invitado de la CSU, que es a la CDU de Angela Merkel lo que el PSC al PSOE en España, causó un gran revuelo en los medios y entre los políticos alemanes: el líder del partido hermano de la CDU (Seehofer), con una historia de tira y afloja con la canciller, se aliaba con un Orban que criticaba públicamente el “imperialismo alemán”.

Poco importaba que Orban pertenezca al Partido Popular Europeo (PPE), al igual que Merkel. Tampoco sentó nada bien en Bruselas su comentario sobre que "cada país que tenga interés en ello podría enviar sus fuerzas de forma voluntaria" a las fronteras de Grecia para solucionar la crisis de refugiados.

“Nadie es capaz de pisar su propia sombra. Si un político no permanece fiel a sus pensamientos pronunciados en el pasado y sólo piensa en la popularidad del momento, entonces se aleja de sí mismo y así antes o después se va destruyendo moralmente, se vacía y empieza a sonar como el capullo seco de amapola en otoño”, dijo en 1993, una de las citas preferidas de Györi del primer ministro húngaro.

“La polémica no está solamente con Orban , también con el primer ministro socialista de Eslovenia (autorizó el acceso sólo a cristianos), Croacia (por trasladar a los refugiados a la frontera con Hungría) y Dinamarca (cerró su puente de acceso)”, señala el secretario general del PPE, Antonio López-Istúriz.

El portavoz del Ejecutivo húngaro, Zoltan Kovacs, que ha trabajado “muy estrechamente” con él en los últimos cinco años, afirma que su jefe es “uno de esos raros políticos que toman decisiones, algo no muy común en la Unión Europea”. Asegura que a Orban le caracteriza un “pensamiento estratégico y táctico, pensando en el futuro”.

Veleta ideológica

Con 52 años, Orban es “probablemente el político más veterano de Hungría”, según el experto húngaro András Rácz, del Instituto Finlandés de Relaciones Internacionales. Y ha pasado por diversas etapas ideológicas. Lleva en política desde 1989 y ya era una figura de la oposición bien conocida incluso antes. Acumula ya tres legislaturas en el poder como líder de Fidesz: ahora dos consecutivas desde 2010 y ya antes en 1998-2002, pero lo realmente llamativo es ver su evolución ideológica.

La embajadora Györi recuerda que Orban recibió palos de la policía comunista en su época activista durante las manifestaciones de marzo del 88 contra el régimen y rememora una ocasión que le hizo célebre: antes de la caída del Telón de Acero, el entonces disidente Orban dijo públicamente que el Ejército ruso tenía que dejar el país. Lo hizo durante una ceremonia en honor a Imre Nagy, primer ministro húngaro ejecutado tras liderar la revolución magiar de 1956 contra el régimen soviético. “En aquel momento fue realmente una acción valiente, pero ahora está a favor de estrechar lazos con Putin”, critica Rácz, para quien la URSS y la Rusia de Putin no parecen ser tan distintas en algunos aspectos.

Los palos recibidos en la época comunista no han sido óbice para que en plena crisis de refugiados decretara el estado de emergencia con el apoyo del Parlamento para enviar a las Fuerzas Armadas y policía antidisturbios a la frontera vallada, permitiendo el uso de gases lacrimógenos y cañones de agua contra personas que llevan miles de kilómetros recorridos huyendo de la guerra y la miseria. “Utiliza la actual crisis migratoria principalmente con objetivos internos. Su principal motivación fue desviar la atención pública de escándalos de corrupción muy inconvenientes para su partido en la primavera de 2015”, opina Rácz.

Rácz recuerda que Orban comenzó su carrera como un “liberal extremo”, con una agenda pro occidental, antirrusa y anticlerical. “No está muy motivado por una ideología. Muchos expertos y biógrafos suyos afirman que lo único que le interesa es el poder. Por lo tanto, es un populista pragmático 100%, uno con mucho talento”, asegura Rácz. “Fidesz es un partido heterogéneo: liberal, autocrático, nacionalista”, resume Inotai.

“Cuando el primer partido en el gobierno durante la transición húngara, el conservador Foro Democrático por Hungría perdió apoyo, Orban se dio cuenta de que existía un vacío político en el centro derecha. Así que en 1993-94 movió a todo su partido de una ideología de extrema izquierda al centro derecha. En la actualidad se posiciona a sí mismo como conservador cristiano, muy religioso”, indica Rácz. “Un día fue en vaqueros y camisa y al día siguiente en traje y corbata”, ilustra Inotai.

'El jefe indiscutible'

Györi sabe que “su primer ministro”, como ella lo llama, es un hombre polémico y con pocos amigos en Europa. Reconoce que este licenciado en derecho que siempre se ha dedicado a la política “es una persona fuerte, sin duda” y asegura que ha dado un vuelco positivo a la situación social y económica del país desde que volviera al gobierno en 2010. Enumera varios datos, como la bajada del paro del 12% al 7%, y el cambio más importante: “una nueva constitución muy en línea con carta de derechos fundamentales y valores cristianos y conservadores, que no está de moda en Europa”.

Subraya que a pesar de todas las críticas recibidas por ser antidemocrática, “es el sistema legal más escrutado de los últimos años y todos los procedimientos de infracción acabaron”. “Esto sin un gran compromiso y sin muchos conflictos, no se puede”, concede.Y enfatiza que ha tomado todas estas medidas habiendo ganado dos veces las elecciones obteniendo dos tercios de la Cámara.

Lo que no menciona la embajadora es que los observadores internacionales de la OSCE criticaron duramente el proceso electoral de 2014 en su informe posterior. Basta un extracto para conocer la evaluación de este prestigioso órgano:

“El principal partido en el poder [Orban gobernaba en coalición con un partido menor] disfrutaba de una ventaja indebida por las regulaciones de campaña restrictivas, cobertura mediática sesgada y actividades de campaña que difuminaban la separación entre el partido político y el Estado. El marco legal para estas elecciones se había modificado sustancialmente en años recientes. Mientras unos cambios fueron positivos, un número de modificaciones claves afectaron negativamente al proceso, incluida la eliminación de controles y equidad”.

“Es el jefe indiscutible, [aunque] no es un gobierno personalista, porque tiene ministros con perfil bastante distinto”, opina Inotai. “No hay culto a la personalidad, pero nadie puede criticar a Víktor Orbán, solo un círculo estrecho de gente”.

Si es así, la embajadora Györi debe de pertenecer a ese círculo de confianza o desde luego perteneció una vez, porque cuenta que cuando él y ella viajaban en coche -”un pequeño Golf”- por Hungría o al extranjero en la época en la que fue su consejera (1994-98) hablaban mucho. “Conducía él y siempre íbamos hablando. Tenía sus ideas firmes, [pero] se podía hablar con él de todo, [está] abierto al diálogo”.

Inotai, sin embargo, recuerda que “ya no existe una oposición democrática socialista”. “Hoy en día en Hungría, Orban no tiene a ningún contrincante de la corriente dominante. La oposición de izquierda está muy fragmentada, a menudo luchando más entre ellos que contra el Gobierno”, coincide Rácz. “Sin embargo, la extrema derecha antisemita, contraria a la etnia romaní y fuertemente pro-rusa se está haciendo cada vez más y más fuerte, capitalizando de forma astuta los escándalos de corrupción del Gobierno Orban. Ahora mismo son ellos, el Jobbik, su principal rival. De ahí en parte también el radicalismo en el asunto migratorio”, añade.

Györi asegura que Víktor Orban “juega según las reglas de la democracia” y para demostrarlo recuerda que su Gobierno ya no goza de una mayoría de dos tercios, tras unas elecciones parciales en unas circusncripciones por las que Fidesz perdió escaños.

Por lo que respecta a la prensa, Edit Inotai asegura que es “exagerado decir que no existe libertad de prensa; los medios pueden publicar lo que quieran, la pregunta es si sobreviven o no”, por la posibilidad de perder anuncios y subvenciones estatales.

Temor a criticarlo

No han salido a la luz casos de corrupción sobre Víktor Orban, aunque sí sobre alguno de sus ministros, como indicaba Rácz. Pero las sospechas sobrevuelan al que algunos estiman como uno de los hombres más ricos de Hungría.

Tres intelectuales húngaros del mundo académico y mediático prefieren permanecer en el anonimato para hablar sobre el tema y eso que admiten que “es vox pópuli” y “ha salido en los medios”. Y sin embargo, ninguna de las dos se siente con la tranquilidad de poder hacer esta crítica dando su nombre. A pesar de ello temen represalias: problemas en el puesto de trabajo, para el futuro de sus hijos o persecución política/judicial.

Según esas informaciones publicadas, Orban no tiene propiedades a su nombre, su familia posee varios terrenos, su mujer tiene importantes negocios vinícolas, su hija mayor (tiene cinco vástagos) estudia en una cara escuela suiza… Hay sospechas de que lo han conseguido a través de favores políticos.

¿Es normal que las personas tengan miedo a criticar abiertamente a Orban en Hungría? “Sí, depende de con quién hables. Hay mucha dependencia del Estado, puede haber consecuencias para personas que trabajan para las instituciones públicas y académicas. Hay un clima del miedo”, asegura Attila Mong, uno de los redactores jefe de Atlaszó, una de las publicaciones que ha revelado informaciones sobre presunta corrupción del primer ministro.

Preguntado por este temor constatado a realizar críticas públicamente a Orban, el portavoz del Gobierno húngaro responde que “dice más sobre esas personas que sobre el sistema que están tratando de criticar. Está muy extendido dar información off the record sobre el Gobierno. Es demasiado fácil”.

Mong sí se atreve… Por cierto, Mong en la actualidad trabaja desde Berlín para Atlaszó, un medio de comunicación sin ánimo de lucro que se financia gracias a 4.000 suscriptores que realizan donaciones de 3 euros mensuales.

Confirma la posesión de terrenos, el negocio vinícola y la escuela cara de la hija mayor, pero reconoce que no hay documentos que prueben las sospechas de corrupción que pesan sobre Orban. Apunta que “hay ciertos empresarios cercanos a él, el alcalde de su ciudad natal, que podrían jugar el papel de intermediarios” a la vez que admite que son sólo rumores.

Este periodista de investigación asegura que “la libertad es limitada en Hungría”. Lamenta los ataques verbales a su publicación, a la que sus críticos tachan de “traidora”, unos ataques que también han llegado a la denuncia judicial en algún caso. Inotaí afirma que Orban quiere poner un tercio de los medios y de los bancos en manos del Estado, y en este sentido lo compara con algunos gobiernos latinoamericanos.

“Viktor Orban definitivamente no es un liberal demócrata. En 2014 dio un discurso en el que ponía como ejemplos para él a Turquía, China o Rusia. Es como Putin y Erdogan, un democrator [a medio camino entre demócrata y dictador]”, opina Mong. Kovacs admite que “no hay nada nuevo” en las acusaciones que hablan de Orban como dictador.

“Orban es un luchador contra el comunismo, contra un régimen dictatorial, lo último que haría sería convertirse en uno”, le defiende López-Isturiz Istúriz. Asegura que si algo caracteriza a su compañero de partido además de su carácter y energía, es su transparencia: “Es una persona muy directa. No miente. Lo que hay es lo que ves”.

Admite “algunos encontronazos” con él en el Partido Popular Europeo en los últimos dos años: “[Con la] pena de muerte, una línea absolutamente roja para todos nosotros [por el PPE]. Pero una vez discutido, se retiró y ya está. [Sobre la] ley de comunicación, fueron unas medidas revisadas concienzudamente por la Comisión [Europea] y los tribunales y al final no ha habido nada”. Tales han sido los roces, que Jean-Claude Juncker -igualmente del PPE- se permitió saludar en público a Orban como “el dictador” en un bromista y cariñoso saludo a inicios de 2015.

Broma o no, lo que está claro es que el primer ministro húngaro no busca los aplausos ni palmadas en la espalda de nadie. Hace lo que le parece.