PARÍS 13-N

La brutal irrupción del Estado Islámico en Europa

La organización terrorista golpea, por primera vez, y a gran escala en Francia con un comando bien sincronizado.

Las fuerzas de seguridad piden a los periodistas que retrocedan.

Las fuerzas de seguridad piden a los periodistas que retrocedan. Reuters

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“Es la única cosa que nos impide dormir”. “Pueden producirse atentados en cualquier momento, de muy diversas maneras”. Manuel Valls (Barcelona, 1962) el primer ministro francés, hizo el viernes por la mañana algunas confidencias del periodista de L’Opinion que le acompañó en su visita a la ciudad de Dijon (este de Francia).

“Estamos viendo que el Estado Islámico está en aprietos sobre el terreno, especialmente en Irak”, continuó Valls sus reflexiones. De ahí que “tenga objetivos en el exterior”. Puso dos ejemplos de su empeño en asestar golpes fuera del territorio que controla en Siria e Irak. El primero la voladura, el 31 de octubre, de un avión Airbus A321 ruso con 224 pasajeros que sobrevolaba la península del Sinaí. La reivindicó la rama egipcia del Estado Islámico. Después, el 12 de noviembre, un doble atentado suicida perpetrado en un barrio musulmán chií de Beirut causó 42 muertos. “¿Llegarán a Europa?”, se preguntó el primer ministro ante el periodista.

Unas horas después, obtuvo la respuesta. En tres horas de infierno nocturno, la retahíla de atentados causó en París más del doble de muertos que todos los fallecidos en la última mitad de siglo. El Estado Islámico irrumpió en París, en Europa, a gran escala, con una violencia gigantesca. La capital francesa se convirtió así de sopetón en la ciudad europea, después de Madrid, en la que el terrorismo yihadista ha sesgado más vidas de una tacada. El número de víctimas mortales habría sido probablemente mucho más elevado si los tres kamikazes que se inmolaron en las inmediaciones del Stade de France, donde se jugaba el amistoso entre Francia y Alemania, hubiesen provocado las explosiones antes de que todos los espectadores estuvieran en el campo de fútbol.

El terrorista Amedy Coulibaly, que a principios de enero secuestró a los clientes de un supermercado judío en París y disparó sobre varios rehenes, también aseguró en un vídeo que actuaba por cuenta del EI, pero el nexo no quedó tan claro. El sábado sí quedó establecido, con el comunicado reivindicando la matanza de París leído en francés por, a juzgar por la voz, un joven con acento magrebí. “Francia y aquellos que siguen su ejemplo deben saber que son los principales objetivos del Estado Islámico y que continuarán olfateando el olor a muerte porque encabezan las cruzadas (…)”. Alude así a los bombardeos que la Fuerza Aérea francesa, integrada en la coalición internacional dirigida por EE.UU, efectúa desde agosto de 2014 sobre las posiciones del Estado Islámico en Irak y, desde octubre pasado, sobre Siria.

Para su estreno en Europa, el Estado Islámico ha desplegado todo el repertorio del terrorista urbano desde la inmolación con cinturón de explosivos –por primera vez un terrorista se suicida en Francia-, al secuestro por poco tiempo del público de la sala de espectáculos Bataclan y su posterior asesinato, pasando por el ametrallamiento de los clientes de varios restaurantes que cenaban plácidamente. A los expertos en la lucha antiterrorista, lo sucedido en París les recuerda a la serie de atentados simultáneos que ensangrentaron Bombay, la capital económica de India, en noviembre de 2008 y que acabaron con la vida de 173 personas.

El Estado Islámico se ha estrenado en el Viejo Continente pulverizando la teoría tan reiterada por muchos ministros del Interior, incluido el español Jorge Fernández Díaz, de que la presión policial había logrado que en Europa ya no surgieran células terroristas como las que en España perpetraron el 11-M en 2004 (192 muertos) o, al año siguiente, las explosiones en el transporte público de Londres (56 muertos). A partir de ahora, decían, los atentados solo podían ser obra de “lobos solitarios”, es decir de jóvenes musulmanes que se autoradicalizan navegando por Internet.

“Las células han reaparecido”, constató apesadumbrado Serafín Giraldo, inspector de policía y profesor del Centro de Promoción. Los lobos solitarios en el fondo no existen; siempre han contado con cómplices”, comentó François-Bernard Huygue, del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. “Estamos ante una operación de comandos muy coordinada (…) capaz de golpear simultáneamente en siete lugares de la capital”, recalcó.

A juzgar por su frialdad y su hábil manejo de los fusiles de asalto kalashnikov, los asaltantes tenían experiencia militar acaso adquirida en Siria o en Irak. En su conversación de Dijon, Valls reveló que ascendían ya a 1.800 los franceses o residentes en Francia que se habían incorporado a grupos terroristas en Oriente Próximo. Nunca un miembro del Gobierno francés había dado una cifra tan alta, muy superior a la de cualquier otro país europeo. En España apenas rebasan los 130.

Se tardarán días, acaso semanas, en averiguar la identidad y los itinerarios de los “ocho hermanos”, como los describe el comunicado de reivindicación del Estado Islámico, que sembraron la muerte en París. Es posible que haya algún extranjero entre ellos –un pasaporte sirio fue descubierto junto al cadáver de un kamikaze- pero es más que probable que la mayoría sean musulmanes franceses o, por lo menos, se hayan criado en Francia, como ya sucedió con los que asesinaron, en enero pasado, a la redacción de Charlie-Hebdo y a los clientes del supermercado judío. Cuando París resultó, en los años ochenta y noventa, ensangrentado por terroristas, estos eran argelinos, palestinos, libaneses... Ahora son franceses. Es una dificultad añadida de la lucha antiterrorista.