Atentado en París

Atrincherado en un teatro: la noche más larga en París

Con el hashtag #PortesOuvertes cientos de ciudadanos abrían sus puertas para dar cobijo a los que merodeaban.

Los bomberos atienden a uno de los heridos. / Reuters

Los bomberos atienden a uno de los heridos. / Reuters

Théo tiene 26 años. Es actor. Seis noches por semana representa la misma obra en el teatro de la Porte Saint Martin, a escasos quinientos metros de République, la plaza de la que emana el Boulevard Voltaire. Nada hacía presagiar que el viernes 13 de noviembre no podría atrapar su bicicleta y volver a casa.

A las 22:30 horas sale a fumar, como cada noche después de la función. Mira el móvil. “Menos mal que tuve ese reflejo. Mi novia me había escrito media hora antes: Tiroteo cerca del Canal Saint Martin. Hay muertos. Llámame al salir”. Théo intenta informarse, pero nadie sabe nada. Algunos de sus compañeros deciden correr a coger el metro, otros se van en moto. Él espera. “No sabía dónde ir, porque vivo en una calle perpendicular a Charonne, así que empecé a avanzar hacia la plaza République. Cuando levanté la vista del móvil, la calle estaba invadida de gente que venía de allí. Corrían. Las caras eran de terror. Me doy la vuelta, les pregunto. ¿Pero qué pasa? ¿Qué pasa?” Empieza a correr, recula, esta vez hacia el teatro. “Una chica me dijo: están disparando. Un chico gritaba: C'est Bagdad!”.

Vuelve al teatro. Con él, varios de sus compañeros. Actores, maquilladoras, técnicos de sonido, pero también gente que pasaba por la calle sin rumbo concreto. Cierran la primera puerta. Después, la blindada. El ruido de las sirenas cesa pero la confusión aumenta. “Mientras corría con esa masa de gente había colgado a mi novia, así que la vuelvo a llamar para decirle que estoy allí, que no hay peligro, que estoy bien”. Por su cabeza, varias hipótesis. Coger un taxi y volver a casa, pero su calle está cortada. Dormir en el piso de algún amigo “Ni siquiera sabíamos cuántos terroristas había, si estaban por la zona o no, qué barrios eran seguros, o qué calles estaban cortadas al tráfico. Cada vez que refrescaba la página de BFMTV, las cifras de muertos aumentaban, pero a nivel informativo era un caos total”.

Théo recuerda que eran una veintena de atrincherados en su lugar de trabajo, incapaces de relativizar o tranquilizarse mutuamente. Solo se oían sus móviles, una y otra vez. Cuando no reciben llamadas, son ellos las que las hacen. “El primo de uno de los actores que estaban conmigo seguía en el Bataclán. Imposible dar con él. Cuatro amigos de Maika, una compañera de clase, también estaban allí”. El ambiente era muy tenso, me dice. Impotencia, luego rabia. Pero sobre todo, tristeza. “Ninguno lloraba pero por dentro, todos lo hacíamos”.

Pasada la una y media de la madrugada, uno de los guardias del teatro saca un par de botellas de vino, y unas galletas. No habían cenado.

Sin noticias del Bataclán. “En esos momentos quieres salir de ahí, tranquilizar a todos los que te llaman y ayudar en lo que sea. Pero era completamente inviable. Recuerdo que pensé en la última vez que fui al Petit Cambodge. Caigo en la cuenta de que mis dos amigos italo españoles viven en el portal de al lado. Ese fue el momento de más angustia. Poco después, vi en Facebook que estaban en Italia”. Théo describe la noche como una verdadera pesadilla, una montaña rusa de emociones.

Eran casi las tres y media cuando reciben una buena noticia, la única. El primo del actor estaba vivo.

Empiezan entonces a charlar sobre las causas, pero sobre todo, sobre las consecuencias de estos atentados. “No podía quitarme de la cabeza las amalgamas que saldrían de esto. Esta noche es un infierno, pensaba, pero el clima de paranoia y agresiones racistas de las próximas semanas también va a ser terrorífico”.

Todos tienen sueño, pero dormir sin saber cuándo podrían salir de allí era imposible. Se reúnen todos en la sala donde las costureras arreglan los trajes de la obra. Sobre las cuatro de la madrugada, la primera broma para relajar el ambiente. Su amigo Brian lanza: “Menos mal que no estamos encerrados en el Teatro de l'Opprimé. Con el presupuesto que tienen no hubiéramos podido beber un vino tan bueno”. Théo sonríe. Ya queda menos, se dice.

Mira el reloj pero las agujas no avanzan. “Me pasé la noche escribiendo mensajes de texto y mirando Facebook. Pero se me cerraban los párpados, así que subí a uno de los camerinos del tercer piso, allí había un colchón, y allí intenté dormir”.

A esa hora, el balance es ya espeluznante: más de ciento veinte fallecidos, fronteras cerradas, un silencio improprio de París. “He dormido a intervalos, mini siestas. No más de dos horas, tenía frío y no terminaba de creerme lo que estaba pasando ahí fuera”. A las 8:00 horas, un compañero de escena lleva a Théo a casa. El boulevard Voltaire sigue cortado, así que toman una ruta secundaria.

Por fin en casa. A mediodía recuerda a Maika y su grupo de amigos del Bataclán. “¿Tienes noticias?” pregunta. “Mi amiga está viva. La segunda en coma. Otra tiene la pierna amputada. El cuarto ha muerto. Esto es una pesadilla”.