Una historia africana

Viaje a la isla olvidada de Kunta Kinteh

Tres millones de africanos partieron a América contra su voluntad desde este lugar en el centro del río Gambia. Hoy es un museo que evoca los peores años de la esclavitud.

Un niño juega en la isla de Janjabureh.

Un niño juega en la isla de Janjabureh.

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En la isla de Janjabureh, un selvático islote que bifurca el curso del río Gambia, todavía hay grilletes y cadenas por el suelo. Están tiradas, abandonadas desde hace siglos, cuando servían para inmovilizar a los esclavos más rebeldes.

Ocurre en lugares así, países que no reciben atención ni cuidado: preservar los restos de su historia es un lujo inaccesible para quienes sufren para alimentar a su población o para evitar que la malaria se extienda. Por eso las cadenas y grilletes yacen al azar, en lugar de descansar en la vitrina de un museo. Por eso también el visitante puede recogerlo, tocarlo y hasta ponerse unas esposas que no hace tanto rompían las muñecas de cualquier joven gambiano que se resistiera a ser enviado al Nuevo Mundo.

Es una de las particularidades de recorrer la historia de Gambia: está descuidada, casi abandonada, y por eso es cercana y accesible. Gambia es, por momentos, un viaje en el tiempo. Uno de los tiempos más complicados de recordar.

Restos de grilletes en la isla de los esclavos.

Restos de grilletes en la isla de los esclavos.

“Gambia no pasa nada”

Gambia es la mejor opción para conocer el África occidental: una zona apasionante, colorida y descuidada del continente que alberga países como Senegal, Guinea, Sierra Leona o Costa de Marfil y que se caracterizó, entre otras cosas, por el envío de millones de esclavos a América. Es la mejor opción porque es un país pequeño donde se habla inglés y donde no hay problemas de seguridad. Un valor al alza entre los viajeros del siglo XXI en un continente lleno de focos violentos.

Uno de los eslóganes del país es 'Gambia, no problem'. Los gambianos lo han adaptado al castellano en una traducción libre: “Gambia no pasa nada”. Se repite la frase como un mantra: cada vez que el visitante hispano se cruza con un local, resuena el 'Gambia no pasa nada', que resulta una revelador llamada a la tranquilidad. El país es seguro y la tasa de incidentes relacionados con turistas es casi nula. Una realidad que permite recorrer el país y disfrutarlo con dedicación.

Gambia es una estrecha lengua de tierra que penetra en Senegal siguiendo el curso del río del mismo nombre. Cuenta la leyenda que las fronteras del país se decidieron lanzando balas de cañón desde el caudal: donde caían, ahí terminaba Gambia. La forma final es un estrecho pasillo en torno al río Gambia con 50 kilómetros de ancho y unos 400 de largo. La superficie total es similar a la de la Región de Murcia.

Desplazarse en horizontal es fácil porque existen dos carreteras bien asfaltadas que unen el este con el oeste. El problema y la aventura llegan cuando debemos cruzar el río de norte a sur o de sur a norte. No hay un solo puente y es necesario acudir a ferries con mecánica y horarios imprevisibles.

Todo lo que hay alrededor de Gambia es Senegal. Hubo en los años 80 hasta un proyecto de fusión federal entre los dos países. Fue una aventura denominada Senegambia que quedó aparcada en 1989. Los lazos culturales y sociales, en cambio, son muy estrechos y siguen vigentes. “Somos hermanos, un solo pueblo”, cuenta Ebraima, un vecino de Banjul, la capital del país.

En el país conviven 14 grupos étnicos. Cada uno posee su lengua y sus tradiciones aunque son indistinguibles a simple vista. Los más numerosos son los Mandinka, seguidos por los Fula, los Wolof, los Jola y los Serahuli. No hay problemas (al menos graves) entre ellos y son el islam y la bandera gambiana quienes vertebran la convivencia en el país.

Más allá de la población autóctona, existen una colonia de británicos y otra de libaneses. Esta última se encarga de dotar al país de sabrosas alternativas gastronómicas como el restaurante Alibaba en el centro de Banjul.

Cartel de venta de esclavos.

Cartel de venta de esclavos.

Así era el mercado de esclavos

En Janjabureh hay un árbol que los vecinos conocen como el árbol de la libertad y que simboliza el fin de la esclavitud en Gambia.

Alrededor del árbol se mantienen en pie como pueden casas coloniales británicas que conviven con nuevas infraviviendas de piedra gastada y techo de latón. Sus inquilinos son los nuevos habitantes de un lugar que en el siglo XVI pasó a denominarse Georgetown y que se convirtió en uno de los mercados de esclavos más grandes de África.

“Hasta aquí traían a los esclavos y los almacenaban", explica Nick, un guía turístico local. "Luego los vendían y los llevaban a América, tanto al norte como al sur”. No lejos del árbol están los restos del mercado. Un escenario de piedra que recuerda vagamente a una lonja pero en el que no se vendía pescado sino hombres y mujeres.

“Los hombres que estaban en buena forma, los musculados, se vendían enseguida”, explica Nick. “Las mujeres que tenían los pechos grandes y los dientes blancos y sanos también se vendían bien”.

La esclavitud no fue un mal que llegó a esta parte del mundo como un maleficio del hombre blanco. Quienes vencían en las luchas tribales tomaban como esclavos a los soldados derrotados en cada batalla.

Cuando en el siglo X comenzaron a llegar los comerciantes árabes, el mercadeo se convirtió en un fenómeno internacional. Junto a los jóvenes prisioneros, cruzaban también el Sáhara rumbo al norte caravanas de oro y marfil.

Entonces Gambia ni siquiera era Gambia sino parte del imperio Songhai, un territorio que abarcaba hasta lo que hoy son Níger y Burkina Faso. Fue en el siglo XV cuando irrumpieron en escena los portugueses, que se sirvieron del comercio de esclavos para alimentar su mano de obra.

Los portugueses vendieron el curso del río Gambia a Inglaterra en 1588 y con ello empezaron a trazar las fronteras del país, que no alcanzaría su independencia hasta 1965.

Hasta 1807 los británicos sacaron de la región a unos tres millones de esclavos. Gambia se convirtió en la puerta de salida de los esclavos africanos. De las tribus rurales de este lugar los llevaban a las ciudades y a los pueblos de Brasil, Haití o Estados Unidos. Millones de afroamericanos descienden de esta ruta. Se podría decir que Gambia es el origen y la zona cero de la esclavitud.

Mural en la isla de Kunta Kinteh.

Mural en la isla de Kunta Kinteh.

Rumbo al Nuevo Mundo

El primer umbral de la ruta era esta isla de Janjabureh: un mercado que servía también como almacén de esclavos. Es aquí donde permanecen los grilletes esparcidos por el suelo y donde el turista puede trasladarse a la época en la que los gambianos eran exhibidos como ganado y vendidos al mejor postor.

Cuando los esclavos eran adjudicados, los británicos los trasladaban a una segunda isla antes de partir a América. Se trata de la isla de Saint Andrews, ahora denominada James Island y más conocida como la isla de Kunta Kinteh, tal vez el lugar más curioso y particular de Gambia. Era aquí donde los esclavos aguardaban para ser embarcados (apilados) en buques rumbo al otro lado del Atlántico.

El embarcadero que da acceso a la isla es el de Juffureh, una localidad en la ribera del río situada a 50 kilómetros de la capital. Aquí se yergue una enorme escultura con forma humana. De sus muñecas cuelgan grilletes rotos, su cabeza es el planeta Tierra y a sus pies se lee 'Never Again'.

Es el tributo gambiano a la libertad y el punto de partida en barca hacia la isla. Según cuentan los gambianos, aquí nació y creció un joven esclavo que siglos después inspiró el personaje de Kunta Kinteh, protagonista de la novela Raíces, que publicó el escritor Alex Halley y que se llevó en los años 70 a la televisión.

Al Kunta Kinteh real, según cuenta la historia oral gambiana, lo vendieron como esclavo y lo llevaron al estado americano de Maryland. Pero antes estuvo preso en la isla que hoy lleva su nombre.

El visitante se encontrará aquí los restos del fuerte que un día estuvo en pie y desde donde partían los esclavos. La atmósfera del lugar es relevante: una pequeña isla rodeada de neblina que flota sobre el agua donde el silencio es absoluto y donde las piedras rojizas parecen contener el sufrimiento que contemplaron hace siglos.

Los esclavos que no obedecían eran atados a la pared en pequeños calabozos sin ventilar y se les alimentaba una vez al día para mantenerlos con vida durante largos periodos de tiempo.

El museo de Juffureh completa la visita, con carteles originales en los que se ofrecen esclavos a buen precio, mapas antiguos y cifras que hablan de millones de jóvenes víctimas del comercio esclavista entre los siglos XVI y XIX.

El país que resistió al ébola

Tania y Ramón son dos jóvenes canarios que están recorriendo Gambia en bicicleta. Llegaron hace unos días y estarán aquí dos semanas más. Han contratado un guía local que pedalea con ellos y que les está mostrando los escenarios del país, sobre todo aquellos relacionados con la historia de la esclavitud.

La bicicleta es una opción recomendable para conocer Gambia. Aunque se requiere un mínimo de preparación física: la humedad es por momentos sofocante. “Este sitio es increíble”, dice Ramón. “La gente nos va dando la bienvenida riendo a donde llegamos”.

Es una de las ventajas del país: en el trato al visitante siempre media una sonrisa. Cuentan aquí que cuando hay un grupo de africanos en un barco de noche, se puede distinguir a los que son de Gambia. “Donde veas líneas horizontales blancas, esos son los gambianos. A los demás no se les ve”, cuenta riendo Moron, un joven vecino de Serakunda, la ciudad más poblada del país.

El país se ríe para afrontar una realidad por momentos extrema: Gambia ocupa la posición 172 en la lista de países según su Índice de Desarrollo Humano (IDH). El impacto del sida o la malaria es muy elevado, la ablación alcanza al 85% de la población femenina, la esperanza de vida no pasa de los 54 años y el salario medio del país ronda los 60 euros al mes.

El Gobierno es una dictadura encubierta dirigida por Yahya Jammeh, un presidente que asegura tener la receta para curar la homosexualidad.

Junto a la pesca y la agricultura, la respuesta del país ante las carencias es el sector turístico: Gambia ofrece la historia de la esclavitud como principal reclamo, pero también mercados, aldeas, restos prehistóricos y playas.

Los visitantes se desplomaron los dos últimos años debido a la epidemia de ébola. La paradoja es que el país no ha registrado un solo caso de la enfermedad. El ébola nunca llegó a entrar en Gambia gracias a los severos controles fronterizos que se implementaron desde el principio. La cercanía de la pandemia, sin embargo, hizo que muchos turistas tuvieran miedo y virasen el rumbo. Hoy el país lucha por recuperarlos. 

Un pescador en Tanji.

Un pescador en Tanji.

Los reclamos gambianos

Los círculos de piedra son elementos funerarios de la época megalítica. Están formados por piedras grandes, rojizas, puramente africanas. Su simbolismo los ha llevado al billete de 50 dalasis, la moneda nacional.

Los círculos de piedra más espectaculares están a orillas del río en Wassu, en el interior del país. Allí un guía improvisado explica una historia peregrina sobre el origen de estos monumentos en la que se mezclan la numerología, el Islam, el Pentágono, la astrología, el sol, la bandera americana y los cocodrilos. No hay duda de que se está trabajando la propina.

El mercado de la playa de Tanji, a pocos kilómetros al sur de la capital, es otro de los grandes atractivos del país. Miles de personas se agolpan en la arena a la espera de la descarga del pescado, que llega en los mismos cayucos que los gambianos usan a veces para alcanzar las islas Canarias.

La escena es un espectáculo, con decenas de jóvenes moviendo los peces desde la orilla hasta las carretillas. Se dividen en grupos y usan camisetas de equipos de fútbol. Hoy quienes más mercancía descargan son los del Barcelona y los del Milan.

Descarga de pescado en la playa de Tanji.

Descarga de pescado en la playa de Tanji.

No demasiado lejos de allí está el lugar sagrado de Kachically, un pequeño parque lleno de cocodrilos donde, a cambio de una propina, uno puede acariciar a los reptiles y hacerse fotos con ellos.

Los gambianos vienen este rincón a hacer plegarias a los cocodrilos, animales que se veneran en el país. En lugares así el islam se mezcla con las creencias tribales que incluyen animales sagrados, brujas y espíritus. África en estado puro.

Para ver hipopótamos uno debe acudir a Farafenni, en el centro del país, donde se pueden contemplar en libertad. Para observar pájaros en los espesos manglares del río, uno debe ir a Tendaba, una aldea en la que es posible alojarse junto al Parque Nacional de Kiang West.

Gambia lucha por dar a conocer sus tesoros en medio de la pobreza y la necesidad. También en medio del estigma injusto del ébola. Una lucha que es un desafío y que afronta con brillante sonrisa. La hospitalidad es su mayor patrimonio: “No pasa nada”, repiten los gambianos riendo sin descanso. En medio de la noche, uno los puede distinguir.