Libro primero. Camino del 36

Portela y Cambó

(14 de diciembre de 1935, sábado)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

  1. Vísperas del 36
  2. Opinión

Resumen de lo publicado.- Pepe Mañas quiere saber por qué ha fracasado la República: la reforma agraria, la confiscación de bienes de la Iglesia, la represión del anarquismo y la Sanjurjada conformaron la tormenta perfecta. 

-Bona tarda. Siéntese, por favor, señor Portela. Muchas gracias por venir. 

-Buenas tardes, señor Cambó.

Los dos se conocían bien desde la época de gobernador civil de Manuel Portela en Cataluña y ya se habían reunido en alguna otra ocasión. Tras el fracaso previsible de Martínez Velasco, de Miguel Maura, y por último de Chapaprieta, para formar gobierno, ante la desesperación evidente de Alcalá-Zamora por la duración inhabitual de la crisis, el poder llegaba a las manos de quien todos esperaban.

Dos horas y media había permanecido en palacio Portela, haciendo llamadas telefónicas, antes de salir en secreto por la puerta del Campo del Moro, para presentarse al poco en el Ritz. No era la primera vez que visitaba al jefe de la Lliga en su amplia suite habilitada como despacho con escritorio de mármol y lujosas sillas. Los dos eran hombres de un pragmatismo parecido y Portela le tenía un respeto natural al catalán. Teniendo en cuenta que Madrid era la ciudad de los favores por excelencia, donde la simpatía tenía un poder muy concreto, para que un hombre antipático -Cambó era lo contrario de ese carácter campechano que gustaba a los madrileños- hubiera triunfado, era necesario que fuera habilísimo. Pero además Portela respetaba y envidiaba su fortuna.

-¿Qué tal con Gil-Robles?

-Mal. Ya sabe que en un principio mi idea era formar un Gobierno al margen de la CEDA. Pero su sugerencia me hizo reconsiderarlo, y ayer mismo me acerqué a su domicilio en la calle Velásquez, donde además de darle explicaciones sobre determinadas medidas de orden público adoptadas los últimos días, le ofrecí la cartera que hablamos para su partido. No hubo manera. Insiste en que solo estaría dispuesto a negociar sobre la base de un Gobierno que se presente a las Cortes, lo que por supuesto ahora mismo no es posible.

El propio Cambó también había hecho lo posible por calmar a Gil-Robles. El jefe de la Lliga había culebreado, entre unos y otros, en un ejercicio de gimnasia diplomática en la que era un maestro. Al final su partido se había decidido a participar en la plataforma de centro que empezaba a liderar Portela, tras conocer que colaborarían un número suficiente de políticos importantes. Una de sus condiciones era que se mantuviese a Chapaprieta como ministro de Hacienda, lo que estaba a punto de concretarse. En el fondo, era lo que deseaba Chapaprieta.

-La reacción de los radicales, por su parte, no es buena. He llamado a varios miembros de su junta directiva y todos rechazan la propuesta. Los demás están de acuerdo, pero me falta una cartera para la Lliga…-siguió Portela, tanteando el terreno. Cambó ya tenía salida.

-Nombre a Róala, sin cartera.

-¿Y a quién nombro, me sugiere usted, como ministro de la Guerra?

-Al general Molero.

Resultaba curioso que aquel Gobierno extraparlamentario que Gil-Robles consideraba un desatino, una camarilla de secretarios de despacho que iba a llevar al país a un callejón sin salida, estuviese teniendo una acogida tan favorable en las izquierdas. Sobre todo si se tiene en cuenta que estaba constituido por ministros tránsfugas que en las elecciones municipales del 31 pronunciaban mítines manifestando que la monarquía era consustancial con España, como el propio Portela, antiguo consejero de Alfonso XIII y más conocido en la época de las Cortes constituyentes por su título de vizconde consorte de Brías. Su esposa, por cierto, era catalana.

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El cabreo monumental de Gil-Robles (11 de diciembre de 1935, miércoles)

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