Vísperas del 36

La denuncia de Nombela

(29 de noviembre de 1935, viernes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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  3. Alejandro Lerroux

Resumen de lo publicado.-Pepe y Lenin han decidido idear su propio plan contra la República tras haber abandonado la CNT. Lerroux se ve envuelto en un nuevo escándalo.

Cuando se escudriñaba el salón de sesiones desde la tribuna de prensa o la diplomática se veía todo desde lo alto, en picado. Desde allí no llamaban la atención ni los medallones con nombres famosos, ni las lápidas dedicadas a los comuneros, ni la luz amarillenta de la mesa presidencial, ni las lámparas de pantallas verdes de la mesa de los taquígrafos; sino las cabezas. Cabezas alargadas o redondas como sandías, las cabelleras de las izquierdas alborotadas con descuido, las de derechas engominadas, peinadas, con raya bien trazada. Mucho cabello negro, aunque los más, por la edad, canos y con calvas achatadas o en forma de pera o pepino -¿por qué tantos políticos españoles eran calvos?, se preguntó Claude Bowers-, o con protuberancias y manchas de piel. Si uno, desde allí arriba, se olvidaba de la seriedad de los discursos, resultaba difícil no tomárselo a guasa.

Entre la fauna parlamentaria, los radicales, ofendidos por el asunto del estraperlo, habían abandonado en bloque el Congreso. Eso convertía las últimas votaciones en una farsa que anunciaba el agotamiento de la legislatura y el deterioro irreparable del bloque gubernamental. Este no había sabido restañar las heridas abiertas por el escándalo y tanto los radicales como la CEDA obstaculizaban la labor de Chapaprieta. Hoy, sin embargo, se había vuelto a llenar el hemiciclo, y era porque hablaba desde la tribuna el señor Nombela, un funcionario de colonias recién llegado a Madrid para presentar ante las Cortes su denuncia por irregularidades en la concesión de una indemnización en la que había intervenido personalmente Lerroux.

-Para que se aclaren los miembros de la Cámara que no hayan seguido los pasos del proceso, les recordaré que el señor Tayá, como contratista de servicios marítimos, fue encargado de conectar por barco nuestras colonias de Guinea y Fernando Poo, en el África occidental, contrato que fue suspendido tras la pérdida de dos embarcaciones en el trayecto, razón por la cual el señor Tayá solicitó que se le indemnizara por los daños y perjuicios sufridos. Después de una larga y compleja tramitación, la sala tercera del Tribunal Supremo dictó en los últimos días de abril de 1935 una sentencia que contenía pronunciamientos favorables al recurrente. Esa sentencia normalmente pasa por unos trámites ministeriales, con los lógicos controles, que a veces pueden tardar meses y que en este caso se sucedieron con una premura sospechosa, y más tratándose de una indemnización de tres millones de pesetas. El hecho es que la presidencia del Consejo de ministros, ocupada entonces por el señor Alejandro Lerroux, acordó que se le entregara una cantidad con cargo a los fondos que el Tesoro colonial tenía en su cuenta corriente. Cuando me llegó la orden, yo me negué a pagar, visto que iba acompañada de graves defectos procesales. Y cuando protesté a presidencia del Gobierno, la respuesta fue cesarme fulminantemente. No obstante, al trascender mi gesto se produjo el lógico revuelo y ello desembocó en una rectificación ministerial que exigía que se determinaran y justificaran plenamente los daños y perjuicios sufridos por el señor Tayá, quien ha resultado, además, ser un viejo conocido barcelonés del señor Lerroux…

El caso Nombela-Tayá venía a sumarse al escándalo del estraperlo para darle la puntilla política al Partido Radical. Aquello era el clavo definitivo en el ataúd de este colectivo caído en desgracia, y eso pese a los esfuerzos desesperados que hacía Lerroux para mantenerse en el escenario político.

-El resumen de esta historia es que, abortado el dicho pago, se adoptaron medidas desde presidencia de Gobierno, por el señor Lerroux, contra mi persona, sometiéndome, además de a la suspensión de mis funciones, a un expediente injusto y por el cual reclamé a presidencia de la República que se me permitiese hablar en esta Cámara para pedir la creación de una comisión de investigación parlamentaria sobre todos estos turbios manejos… Y eso, señorías, es lo que les pido hoy: que al igual que antes hicieron con el estraperlo, vuelvan a nombrar una comisión de investigación similar que se ocupe de lo sucedido.

Nada más terminar el funcionario, todos los ojos se volvieron hacia Lerroux, que escuchaba poniendo su mano tras la oreja para oír mejor. El Viejo León era una vez más el centro de atención y Bowers, desde la tribuna diplomática, sintió pena por el histórico republicano. Casi se creía su actitud resignada, triste, cuando en medio de la indiferencia general sonaron unos aplausos. Por fin el señor Alba, como presidente de la Cámara, pronunció unas palabras rituales, empujó hacia atrás el sillón ayudado por un ujier y se puso en pie.

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