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(21 de octubre de 1935, lunes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

Por la mañana no se hablaba en todo Madrid de otra cosa que del mitin de Comillas. El acto se había celebrado con total normalidad, y al término del mismo los asistentes se volvieron a la ciudad pacíficamente, sin alteraciones del orden público. Los periódicos de izquierdas resaltaban el buen ambiente y los de derechas mostraban toda su hiel. CONCENTRACIÓN REVOLUCIONARIA. Así titulaba ABC un artículo donde se hablaba de las banderas bermejas de la destrucción y de los emblemas soviéticos, amén de los retratos de Lenin y Stalin que se vendían junto a los de Azaña.

La prensa más moderada, como El Sol, resaltaba que la concentración había batido todas las marcas y que era prueba de que el pueblo español tenía buen pulso. Además de la dignidad mostrada por Azaña, subrayaba que lo mejor de su discurso, donde había estado más ponderado y acertado, era al mirar hacia el futuro y conminar a sus seguidores a no pensar en desquites o venganzas, para no hacer como las derechas en el 33.

El Socialista, como estaba prohibido, evidentemente, no decía nada. La conversación callejera versaba sobre lo mismo. Unos retomaban las críticas a los tijeretazos de Chapaprieta, y repetían que no se puede recortar a base de destrozar el Estado (“Yo quito esto y aquello, y hala. Nos quedamos como Etiopía, y que venga Italia a conquistarnos”). Otros repasaban los errores de Lerroux y cada cual enganchaba lo que más le había llamado la atención del discurso del domingo y lo utilizaba como arma arrojadiza contra los radicales, porque a fin de cuentas eso era lo que pretendía Azaña: sembrar en las mentes mil razones por las cuales se estaban haciendo mal las cosas y convenía cambiar de gobernantes.

Pero aunque todo ello estaba muy bien, los observadores más agudos se daban cuenta de que faltaba algo: ¿dónde estaba el estraperlo? Y, efectivamente, Azaña no había hablado del estraperlo. Ni siquiera había mencionado la noticia difundida por el Gobierno el sábado, ni por supuesto había habido octavillas. ¿Por qué?

- ¿Me podéis decir alguno qué es exactamente el famoso estraperlo?

- Es una ruleta –le explicó Pepe Mañas a una compañera en la Escuela de Arquitectura, mientras se fumaban juntos un pitillo en el rellano -. Al parecer, se les retiró la licencia e insistieron para que se les concediese a base de hacerles regalos a personalidades políticas, entre ellas el sobrino y ahijado de Lerroux.

Todos se interesaban por un escándalo de cuya existencia nadie dudaba. La fama de inmoralidad de Lerroux y del Partido Radical se había extendido. Lo último que se decía era que el ministro de Obras Públicas, acababa de enviar una carta a Chapaprieta anunciando que no podía consentir tener ni un día más en su ministerio a Aurelio Lerroux, delegado del Estado en la Compañía Telefónica; si no se le apartaba, presentaría su dimisión. El que el dicho ministro mantuviera íntima relación de amistad con su jefe de partido, Gil-Robles, quería decir que la CEDA tampoco se quedaba atrás a la hora de pedir sanciones.

Entregas Anteriores

Mitin en el campo de Comillas (20 de octubre de 1935, domingo)

Azaña en el Regina (19 de octubre de 1935, sábado)

La amenaza Azaña (18 de octubre de 1935, viernes)