La amenaza Azaña

(18 de octubre de 1935, viernes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

-¿Es seguro que lo piensa anunciar?

En una situación normal, José María Gil-Robles habría estado gobernando, como jefe del partido más votado. Pero se daba la circunstancia de que la mayoría de sus votantes eran monárquicos antirrepublicanos y habrían tomado como una traición su participación en el régimen. Eso lo había llevado a conformarse de entrada con los gobiernos radicales de Lerroux, solución que durante un tiempo funcionó, hasta que, por las inevitables divergencias cada vez que surgía un tema peliagudo, la oposición de la CEDA bloqueaba el funcionamiento parlamentario y provocaba una crisis gubernamental, y ello pese a la heroica tenacidad del viejo Lerroux. 

Pero, a medida que se amoldaba a las instituciones, Gil-Robles había terminado por reclamar su participación en el Gobierno. Su primera presencia en el banco azul, en octubre del 34, tuvo consecuencias nefastas debido a la oposición de los socialistas. Desde sus escaños, los diputados del PSOE no se cansaban de anunciar que tolerarían gobiernos centristas pero no la presencia de Gil-Robles en el Gobierno. Para ellos equivalía a un golpe de Estado y no estaban dispuestos a permitir que ocurriera como en Italia o Alemania.

Y así, tras la entrada en el Gobierno de tres ministros de la CEDA se organizó la huelga general que preludió la revuelta de Asturias a raíz de la cual desaparecieron de la Cortes los principales dirigentes socialistas y cuyos efectos aún coleaban. Pese a ser reprimida por los regulares, bajo el mando de Franco; y pese a que Companys y quienes habían proclamado desde la Generalitat el Estado independiente de Cataluña hubiesen sido encarcelados, los problemas derivados del enjuiciamiento de los cabecillas de la insurrección y los indultos presidenciales a ciertos condenados a muerte –indultos sentidos como debilidad por los medios conservadores- perduraban y perturbaban con terribles tensiones el funcionamiento de la Cámara, donde seguían cayendo gobiernos.

El último el de Chapaprieta, un invento de don Niceto que no satisfacía a nadie y menos a Gil-Robles. Don José María, pese a la oposición de sus votantes, estaba dispuesto a integrarse en un régimen que creía poder controlar desde dentro y empezaba a reclamar lo que don Niceto no quería darle: la presidencia del Consejo y una participación de la CEDA correspondiente a su proporción dentro de la coalición mayoritaria. “Es el último experimento que le permito, señor presidente, antes de reclamar lo que es justo en buena lógica parlamentaria”, le había prevenido.

Y en esas estábamos cuando, después de la sesión de Cortes, Chapaprieta lo llamó a un aparte, en un pequeño despacho lateral, para hablar del estraperlo. Los dos estaban preocupados porque recientemente habían visitado juntos a Lerroux en su ministerio de Estado, en la plaza de Santa Cruz, para explicarle que desde presidencia del Gobierno se enviaba oficialmente la denuncia a los tribunales, y aunque procuró parecer sereno, esta vez se vio a don Alejandro afectado. No obstante, el Viejo León aclaró que no estaba dispuesto a dimitir. Eso se relacionaría con el asunto de Strauss, que era justamente lo que pretendía don Niceto, remarcó. No sirvió de nada que le explicasen que resultaba más airoso salir del Gobierno antes de que se tramitara la denuncia, porque Lerroux creía que su dignidad exigía aguantar hasta que el asunto estuviera ventilado.

- Según nuestros informadores, es seguro que Azaña destapará la liebre en el mitin del domingo en Comillas –dijo Chapaprieta-. Al parecer, tiene preparada una tirada monstruosa de octavillas para distribuir entre los asistentes. Eso puede ser tremendamente perjudicial para el Gobierno. Lo he hablado con otros ministros y todos coinciden en que hay que desgraciarle el argumento. Hay que adelantarse y enviar un comunicado a la prensa. La gente sigue llegando y este fin de semana Madrid será un hervidero republicano… Yo no le veo otra salida a la situación, don José María.

Gil-Robles escuchaba con total seriedad. Al dirigente de la CEDA era raro verle sonreír: su expresión habitual era de perpetua contrariedad. Hoy tenía los ojos cansados de quien duerme poco y no dejaba de manosearse la corbata, con pequeñas sacudidas de cabeza, como si tratara de librar su cuello de la sujeción de la camisa.

-De acuerdo –dijo por fin-. Sacaremos una nota aclarando que el Gobierno ha pasado el asunto al fiscal del Supremo para que se depuren responsabilidades. La escribiré yo mismo. Diremos que no hemos querido obstruir el proceso de la justicia. –Y asumiendo su rol de jefe, cogió un papel de encima de la mesa y redactó la breve comunicación que al día siguiente aparecería en todos los medios.

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