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Desconexión verde en la patria chica de Bale

Si eres muy de asfalto y de playas alicatadas, el verde te da urticaria y el olor a campo aún más, entonces no se te ha perdido nada en Gales.

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En la Eurocopa demostraron que eran peleones, pero la barbaridad de 641 castillos que se levantan por la patria chica de Bale hace sospechar que los galeses han debido serlo desde siempre. Se las vieron con las legiones romanas, con los sajones, los normandos y hasta con los vikingos, y aun así lograron conservar el misticismo y la lengua de los primeros invasores celtas. El galés, de hecho, es un auténtico superviviente: uno de los idiomas más antiguos del mundo, heredero del que se hablaba por estos pagos allá por el siglo VI y responsable de que uno de sus pueblos más famosos responda por el nombre diabólico de Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, abreviado por suerte como Llanfair PG en los carteles que conducen hasta él.

Personalidad desde luego no le falta a este territorio eclipsado, sin embargo, por las otras naciones de ese Reino Unido cada vez menos unido tras el fiasco del Brexit. Porque, reconozcámoslo, si bien todo hijo de vecino distingue a la primera la música irlandesa, la flema inglesa o el mejor whisky escocés, habría que darle un premio a quien, sin buscarlo en Google, supiera dar con algún icono galés que no fuera el centrocampista del Madrid. Este discreto país a un par de horas de Londres encierra un inesperado tesoro; un secreto a voces para los forofos de la naturaleza en su estado más noble.

Es a esta verdísima esquina al oeste de su isla donde, en verano, tantos británicos poco amigos de las farras en Magaluf se escapan a caminar sus senderos y aldeas de regusto marinero, a pescar en sus ríos y auparse a sus montañas, a bañarse en un Atlántico gélido pero orlado de playas vírgenes que se pierden en el horizonte o, faltaría más, a rememorar batallas medievales por castillos de la talla de Beaumaris, Caernarfon, Conwy y Harlech, declarados los cuatro Patrimonio de la Humanidad por su majestad la Unesco. Sus apenas 275 kilómetros de largo por cerca de un centenar de ancho hacen que en Gales todo quede razonablemente a mano. De ahí que, en lugar de andar cambiando cada noche de hotel, pocos planes puedan superar al de instalarse una semana en alguno de los cottages que se alquilan por sus geografías. Esencial, claro, agenciarse un coche para las escapadas y vérselas con sus peliagudas carreteritas rurales conduciendo con el volante a la derecha, pero los paisajes que salen al paso serán, uno tras otro, la mejor de las recompensas.

Hacia el sur, cubierto de ondulaciones por las que campan las ovejas más mullidas y orondas del globo, encandila sobre todo la península de Gower, dueña y señora de arenales tan despampanantes como la playa de Rhossili y su bahía de Three Cliffs Bay. Perfectos también como base, pueblos costeros del encanto de Aberaeron, Aberystwyth y Llandudno o, en el extremo norte, la deliciosa islita de Anglesey. Conduciendo desde cualquiera de ellos habrá de reservar al menos un día al Parque Nacional Snowdonia o el de Brecon Beacons, pero también una noche, porque las montañas de ambos, amén de mil y un trechos para el senderismo o la bici, albergan sendas Reservas de Cielo Oscuro donde admirar las estrellas en una velada de astro-camping. Podrá aspirarse el romanticismo y la fuerza de estas tierras ante ruinas bucólicas como las del castillo de Carreg Cennen y remontarse a la prehistoria llegándose entre los prados hasta dólmenes y complejos megalíticos, pero también jugar al golf en decenas de campos de nivel, 'surfear' las olas a los pies de los acantilados o cabalgar en soledad encima de ellos y, sobre todo, caminar hasta la extenuación.

Con sus bastones en ristre, andariegos de cualquier edad se echan a sus líricas veredas. Palabras mayores, como escenario, sería la espectacular costa de Pembrokeshire o los 285 kilómetros del sendero de Offa's Dyke Path, que marca la frontera con Inglaterra. El gran reto para caminantes verdaderamente serios serán sin embargo los nada menos que 1.400 kilómetros que orlan entera la costa de Gales, entre unas playas de pecado y unas lomas tan intensamente verdes que se dirían una trampa del Photoshop.

Guía práctica

Cómo llegar

Gracias a la cantidad de galeses que vienen a secarse a suelo patrio, hay muchos vuelos directos a su capital, Cardiff, desde numerosas ciudades de la costa española. A partir de unos 70 € ida y vuelta los que opera Vueling desde Barcelona, Alicante, Málaga o Palma. Otros aeropuertos cercanos: Bristol, Birmingham, Liverpool, Manchester e incluso Londres, a un par de horas en tren y casi tres de coche.

Dónde dormir

El Cardiff Marriot, en el casco antiguo de la capital, es un buen punto de partida para salir a explorar Gales. Por sus áreas más rurales, hotelitos del encanto del Harbour Master Hotel, en Aberaeron, o The Bull Beaumaris, en la isla de Anglesey; ambos en viejos caserones rehabilitados con gusto y además buen restaurante. Pueden localizarse otros alojamientos coquetos a través de The Rare Hideaways Guide o, si se prefiere, alguno de los cientos de cottages de alquiler que hay por todo Gales para instalarse como en casa. Incluso en pleno agosto puede reservarse alguno por menos de 400 € la semana. Los hay tanto por el interior como en la costa, con capacidad para apenas una pareja o un buen grupo de amigos, y no será raro que admitan mascotas.

Más información

Turismo Británico y Turismo de Gales.