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Los pescadores acróbatas del lago Inle (Birmania)

Con el remo abrazado a una pierna, los inthas dejan las manos libres para pescar en este universo anfibio donde los mercados, los templos y hasta las tomateras flotan oníricamente sobre las aguas.

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Su estampa desafía a las leyes de la lógica. Erguidos a un extremo de sus balsas, los pescadores de la etnia mayoritaria del lago Inle aprendieron a remar con el pie. En equilibrismos de acróbata y sin hacer ruido, dicen que por no asustar a los peces, los inthas manejan así con soltura las redes y enormes cestas cónicas que lanzan al agua. El entorno no puede ser más bucólico: un espejo líquido a casi mil metros de altitud, rodeado de palafitos y colinas azuladas, por el que los campesinos, también desde sus barcas, recolectan cuanto crece por sus huertos flotantes. A merced de unas olas casi imperceptibles ondean las tomateras y las flores, como por arte de magia.

A este universo anfibio se llega desde el villorrio de Heho. Un taxi, contratado por dos duros a la salida de su aeropuerto de juguete, va enfilando entre socavones y arrozales hacia uno de los rincones más enigmáticos de la hoy llamada Myanmar. La hora escasa de camino atesora tal lirismo que debería recorrerse aunque el lago no existiera. Enfangados hasta las rodillas junto a sus búfalos de agua, los agricultores de sombrero cónico que trabajan los labrantíos protagonizan escenas que se dirían salidas de los Días birmanos, el libro que pergeñó George Orwell mientras trabajaba al servicio de su Graciosa Majestad en los días de la colonia. En realidad, en toda la ruta el tiempo parece haber rebobinado una cantidad de siglos difícil de determinar. Un alto en Shweyanpyay, quizá uno de los monasterios más conmovedores de los muchos que suma este país, invita a colarse por las dependencias que habitan sus monjes y novicios de cabeza rapada y túnica color burdeos. Todo un aperitivo a la descarga de espiritualidad que aguarda en el lago.

Desde Nyaung Shwe, el pueblito que oficia como su puerta de acceso, no hay otra que moverse en balsa. Mientras se curiosea por sus callejas de tierra, por el mercado o directamente en el embarcadero, será raro no toparse con alguien dispuesto a adentrarlo a uno por el lago durante las seis o siete horas que se tarda en visitar lo más imprescindible. Pero, una vez llegado hasta tan lejos, sería absurdo andarse con prisas. Mucho más sabio, instalarse en alguno de los hotelitos sobre pilotes a sus orillas para consagrarle unos cuantos días a los mercados flotantes que, regidos por el calendario lunar, van rotando por las aldeas del lago y atraen a la barbaridad de etnias que moran por sus montañas; a los venerados templos budistas, estupas y pagodas que se erigen a su vera, y a los talleres artesanales de sus pueblos de palafitos, donde se hila la seda y se trabaja la plata igual que siglos atrás, siempre a ras del agua.

Guía práctica

Cómo llegar

Vuelos a Rangún desde Madrid o Barcelona, con sólo una escala, con compañías como Emirates, a partir de unos 810 € comprando el billete con antelación. Desde unos 600 €, realizando dos escalas. Se pueden consultar todas las conexiones y los mejores precios del momento con buscadores como Skyscanner. Desde la antigua capital birmana, un par de aerolíneas operan vuelos a Heho, en las proximidades del lago Inle, por algo menos de 200 € ida y vuelta. Viajes organizados, a través de agencias especializadas en aventura como Tuareg, Trekking y Aventura o Marco Polo, con varias rutas de doce o trece días a partir de unos 2.000 €, o de 2.400 € los de 17.

Cuándo ir

La mejor época para viajar a Birmania va de noviembre a febrero, con menos lluvia y calor, aunque entre septiembre y octubre tienen lugar los dos grandes festivales del lago, con los que merece la pena coincidir.

Dónde dormir

Por las caóticas callejas de Nyaung Shwe abundan hoteles muy asequibles. Gracias a la creciente afluencia de turismo, a las orillas del lago o directamente sobre sus aguas han ido surgiendo en los últimos años algunos más exclusivos como el Inle Princess , el Paramount Inle, con sus tradicionales chalets de paredes de fibra trenzada, o las casitas del Villa Inle.

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