BALONCESTO

La Pistorius del baloncesto

A la jugadora del Estrella Roja, de 21 años, le amputaron su pierna izquierda por debajo de la rodilla tras un accidente de autobús.

Natasa Kovacevic (de blanco), durante el Estrella Roja-Student Nis.

Natasa Kovacevic (de blanco), durante el Estrella Roja-Student Nis. Reuters

"Lo que no te mata te hace más fuerte

Un poco más alta

No significa que sea solitaria cuando estoy sola

Lo que no te mata enciende un fuego

Pone esa cosa sobre las llamas

No significa que esté acabada porque te hayas marchado".

El estribillo de esta canción de Kelly Clarkson acompaña a todas horas a Natasa Kovacevic. Es el denominador común de sus dos últimos años de existencia. Aparece en su perfil de Twitter, en su lista de reproducción musical más frecuente y, en definitiva, en cada pasaje de la nueva vida iniciada desde el 7 de septiembre de 2013. El día en que todo estuvo a punto de desvanecerse. Incluida su flamante carrera en el baloncesto.

Cuando el autobús del Uni Györ húngaro volcó en la carretera aquella fatídica tarde, no sólo desaparecieron para siempre Peter Tapodi, director deportivo del equipo, y Fuzi Akos, su entrenador. También lo acabaría haciendo parte de una pierna de Natasa, una de las heridas de gravedad entre las 16 personas que salieron malparadas del suceso. Muy al pesar de la jugadora serbia, había que tomar medidas drásticas: su pie izquierdo debía ser amputado.

Entonces, los sueños de grandeza de Natasa parecieron acabarse de golpe. A sus 19 años, se le escapaba todo un futuro por delante en las canchas. Y muy prometedor, por cierto. Hija de una ex campeona de Europa con el Estrella Roja de Belgrado (1979) y de un ex jugador de balonmano, llevaba compitiendo desde los 14 años. Había sido internacional en todas las categorías de formación de la Reprezentacija serbia, con una medalla de bronce incluida (Europeo U18 de Rumanía 2012). Sin duda, era uno de los grandes proyectos de futuro de los Balcanes.

Tras pasar por Partizan, Vozdovac y Estrella Roja, como su madre, Kovacevic había firmado su primer contrato profesional en junio de 2013. El Uni Györ se presumía el despegue de una carrera en la élite que parecía digna de las mayores alegrías. Sin embargo, aquel maldito viaje a Sopron para disputar un encuentro de pretemporada había dado al traste con todo. En octubre, un mes después del accidente, Natasa asumía su triste realidad: “No podré jugar al baloncesto”. Había llegado al final del que iba a ser su principio.

Una rehabilitación milagrosa

La vida y el primer amor de Natasa, ambos teñidos de naranja, se apagaban tras su prematura retirada de las canchas. O, al menos, a eso le empujaba la lesión, con una prótesis que le acompañaría de por vida en sustitución de la mitad de su pierna izquierda. Sin embargo, y tras eludir las dudas iniciales, la joven decidió que no estaba dispuesta a tirar la toalla. Debía dejar que su pasión por el baloncesto aflorase, luchando contra sus circunstancias y el pesimismo habitual en torno a casos como el suyo.

Con el cariño de sus padres y amigos como mayor estímulo, Kovacevic transformó en virtud su fatalidad y aceptó el desafío de volver a andar. Cuando el camino más fácil y corto era rendirse, ella tomó la senda tortuosa y llena de inconvenientes. Siguió el dictado de su corazón, sin importarle lo que pensasen o dijesen los demás, y se puso una meta: “Mi objetivo no es caminar, es volver a jugar al baloncesto. Quiero que la gente se dé cuenta de que en la vida se puede hacer frente a todo lo que sucede. A menudo, no se sabe lo fuerte que es uno hasta que la situación te hace serlo”.

Ese tesón fue el que llevó a Natasa a superar etapas de su tratamiento y rehabilitación con una facilidad pasmosa. Nada ni nadie era capaz de hacerle cejar en su empeño de que la vida le devolviese sus sueños robados. Además, quiso que otros como ella también recuperasen sus anhelos. Aquel esfuerzo encomiable no tardó en ser recompensado por la FIBA, que le nombró embajadora de la juventud en febrero de 2014. El ejemplo de la jugadora balcánica cobraría aún mayor repercusión un mes más tarde, con el nacimiento de la Fundación Natasa Kovacevic.

La organización fue creada sobre todo para ayudar tanto financiera como psicológicamente a otros deportistas que, como la alero serbia, conviviesen con lesiones graves. Además, Natasa también lucharía por una buena educación de los jóvenes talentos deportivos y por la promoción del deporte femenino desde su Fundación. Gracias a ella, muchos anónimos tendrían un buen espejo en el que verse reflejados para solventar sus propias dificultades. Había llegado el momento de aprovechar toda la fuerza y el apoyo de los demás en beneficio propio.

La FIBA (Federación Internacional de Baloncesto) y las Federaciones de Baloncesto de Serbia y Francia decidieron unirse para financiarle una prótesis especial a Natasa. Con ella, podría volver a disfrutar del baloncesto en primera persona. Dos días después de estrenar el aparato, se produjo el ansiado reencuentro. Kovacevic regresaba a las canchas para probarse con algunos tiros a canasta.

Era el 18 de octubre de 2014. Tan sólo había pasado poco más de un año desde que su vida había cambiado para siempre. Y, para alegría de todos, la jugadora no había perdido ni un ápice de su talento ni, sobre todo, de su sonrisa.

La mayor de las recompensas

El destino, siempre tan caprichoso, daría una primera pista a Natasa sobre la buena nueva que le esperaba en el horizonte. Fue en junio de 2015, unos cuantos meses después de retomar el contacto con el baloncesto y tras continuar con sus excelentes progresos.

24 horas antes del día grande del EuroBasket femenino, en el que tendría lugar la disputa de la final y del partido por el bronce, Kovacevic volvió a Hungría. Lo hizo para saltar a la pista en Budapest, acompañada de numerosas leyendas del baloncesto europeo: Jorge Garbajosa, Dejan Tomasevic, Amaya Valdemoro, Aleksander Volkov, Elisa Aguilar, Radoslav Nesterovic, José Montero…

El encuentro amistoso fue en honor de la propia Natasa. Para demostrarle que todas aquellas leyendas reconocían su ejemplo y le admiraban, a la par que para aclararle que aquel sueño imposible tras su accidente ya no lo era tanto. Si no había desentonado entre mitos del deporte de la canasta, ¿por qué iba a hacerlo en una liga seria? ¿Seguro que no era capaz de competir con y contra jugadoras en activo, de practicar el baloncesto al más alto nivel?

La pregunta no tardaría demasiado en ser respondida, y Natasa quiso despejar la incógnita buceando en sus orígenes. Empezó a entrenar con el Estrella Roja, el último equipo que le había acogido antes de dar el salto definitivo al profesionalismo. Este noviembre, tras dos meses de intensa preparación, volvió a firmar un contrato como jugadora de baloncesto de la mano de la escuadra de Belgrado.

Entonces, el resto de formalizaciones llegaron solas: la inscripción en la Liga serbia y, sobre todo, el permiso de la FIBA y de la Federación del país balcánico para que Kovacevic pueda disputar los partidos con su inseparable prótesis. Definitivamente, había convertido su dolor en un motivo de orgullo.

La historia terminó de escribirse este miércoles. El 78-47 con el que el Estrella Roja arrolló al Student fue lo de menos. Lo importante era ver en acción a Natasa Kovacevic, la primera jugadora que disputaba un partido oficial de baloncesto con un aparato ortopédico. Sus cinco puntos, tres rebotes y una asistencia resultaron ser toda una lección. De deporte y de vida.

Quizá, el mayor estímulo para Natasa fuese errar el tiro libre que siguió a su primer punto en el encuentro. Para ser consciente de que, una vez más, ha llegado al final de otro principio. Para ejemplificar que, si quiere alcanzar su próxima meta, tendrá que volver a superarse a sí misma.

Lo hará con gusto, ya que su vida está basada en obtener pequeñas recompensas por su sacrificio. Como la barrita de chocolate que su madre le permitió degustar antes del partido. Exactamente, dos años y dos meses después de que Natasa Kovacevic se hiciese más fuerte a partir de lo que estuvo a punto de matarla.