Cataluña

Estoy sepultada en insultos tras informar sobre la brigada del catalán

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Sucedió hace unos años, cuando vivía en Madrid. Una pareja hablaba catalán en un semáforo y les miré con nostalgia; echaba de menos oír mi lengua por la calle. Junto a mí, se encontraba otra chica esperando.

-“No hables en catalán, mujer, que nos miran mal”, dijo el marido en su idioma.

-“Soy catalana y vivo aquí desde hace años, me ha hecho mucha ilusión oír catalán por las calles de Madrid, por eso les miraba. Qué pena me da su respuesta”, dijo enfadada y en catalán la otra chica que estaba en el semáforo junto a mí.

El viernes mientras escribía mi artículo publicado el domingo en estas páginas, titulado La brigada del catalán que limpia, denuncia, reprende y atemoriza, sabía que se me complicaría la jornada dominical. Pensé en escribir un artículo plano, con datos, sin intención. Pero las denuncias y multas por rotular en castellano no me dejan indiferente, así que escribí lo que consideré –me responsabilizo de todas las palabras, no lo duden-. Cuando empecé en esto del periodismo no había redes sociales, no había plataformas en las que te puedan insultar impunemente. Ahora sí.

La semana corre y los insultos continúan llegando

No es la primera vez que me insultan en las redes sociales y otros espacios. Sí es la primera vez que no cesan ni un segundo. La semana corre y los insultos continúan llegando. A lo bestia. Y sé que leerán este artículo y habrá mofa, escarnio... Un nuevo linchamiento. Yo buscaba informar y provocar reflexión, ellos buscan la ofensa. ¿Me callo?

La Conselleria de Consum multó en 2014 a 57 empresas por no rotular en catalán. En 2015 fueron 68. El dinero recaudado, en dos años, ha sido de 191.350 euros. Estos datos son de la Generalitat, que para la mayoría de los que me insultan es el único gobierno legítimo. No me los invento, un matiz que parece no importarles.

Existen en Cataluña organizaciones dedicadas a señalar a quienes no hablan catalán, ayudan a quienes quieren presentar una denuncia y hasta las ponen ellos mismos. En ese artículo aparecen algunas, no todas. Tampoco me lo invento. La Plataforma per la Llengua, por ejemplo, se hace llamar “ONG del catalán” y cuando Quimi Portet colgó en Twitter la foto de un camarero que no quiso hablarle catalán en un ferry, los de la plataforma se ofrecieron como mediadores en ese “conflicto lingüístico”. “Queremos ayudar a Balearia a evitar nuevos conflictos lingüísticos” para “garantizar un trato de calidad hacia el consumidor catalanohablante que evitaría esa exposición negativa y mejoraría la satisfacción de sus clientes”. Eso dicen.

"Con sentimientos exaltados no se puede negociar nada"

Hay muchas historias como las de Quimi Portet, es cierto, y también las hay del otro lado (no escribo bando, que también se ofenden algunos). Y eso demuestra que, lejos de la paz que muchos dicen que impera, en Cataluña hay cuestiones que es mejor no tocar porque tus ideas (ideas, sí) pueden ofender a alguien. Los hay que votan y defienden sus posturas sólo con el corazón. Me parece un error: en lugar de pensar aquí la gente siente. Y con sentimientos, sobre todo exaltados, no se puede negociar nada.

Es necesaria una reflexión profunda que hay personajes que prefieren no hacer. A mí, por ejemplo, me interesa tanto la patria catalana como la española, es decir, nada. Esos sentimientos patrióticos me dejan fría y no por ello insultaré a quienes se calientan. ¡Pero no lo hagan a la contra! Me emociona ver y escuchar una sardana, sí, y me sucede lo mismo con el buen flamenco. Leo a Víctor Català en catalán y a García Márquez en español, tengo esa suerte.

Los insultos que recibo son variopintos

“Mentirosa”, “subnormal”, “drogadicta”, “hija de puta”, “muerta de hambre”, “ignorante”, “al límite de los Derechos Humanos” (sic), “nazi” (no podía faltar)... Ni les cuento lo que opinan de mi manera de escribir. Han copiado mi foto, la han ampliado, y la han usado para hacer primeros planos criticándome. Puse mi cuenta en privado porque no quería recibir más insultos directos y tampoco les gustó. Lo que nunca pensé es que me acusarían de no haberme integrado. Básicamente porque nací en Cataluña y mis padres son catalanes. ¿Integrarme en Cataluña o aceptar su Cataluña?

Los insultos que recibo desde el domingo son variopintos. No lo son quienes los pronuncian: niegan que algo así suceda y lo niegan con virulencia, incluso con violencia. Su actitud me reafirma en mis ideas. No defenderé la independencia de Cataluña y uno de los motivos es que no quiero vivir en un país en el que esa mentalidad sea la imperante. No tienen ni el 50% de los votos y así actúan, ¿se imaginan si llegan a ser una clara mayoría?

Cuando levantas la voz, te cae la condena

Entre los tuits que niegan mi información está el de un ciudadano que vive en Cataluña y me responde que pese a no haber hablado catalán en 40 años no ha tenido jamás problema alguno. Empezó a tenerlos ayer. El pobre ha terminado dándome la razón. Cuando levantas la voz, te cae la condena.

Ellos cuelgan a su vez denuncias de personas que se niegan a hablar catalán. La foto de un vigilante de playa que dicen que se negó a ayudar a una niña porque hablaba catalán, aseguran que un hospital rechazó el ingreso de un enfermo por el mismo motivo y que en el registro civil no se pudo inscribir a un bebé porque su nombre estaba en catalán. Me acusan de no aportar datos: los presento y son oficiales. Nada de cuchicheos.

“No hi ha res cert, al món... Tot són mentides, faules enganyadores...”(“No hay nada cierto, en este mundo... Todo son mentiras, fábulas engañadoras...”). Muchos de quienes me han insultado estos días deberían saber quién escribió estas palabras, porque me recomiendan su lectura. Es ‘Solitud’, de Víctor Català, unas de las mejores novelas que he leído. Ahora les pido a quienes me insultan que se lean antes mi artículo -aunque no sé si servirá de algo-. Yo me quedo con esto de García Márquez: “Me desconcierta tanto pensar que Dios existe como que no existe”.