CATALUÑA

Barcelona no quiere más turistas

El aumento exponencial de visitantes extranjeros en la capital catalana lleva aparejado un incremento de los mensajes y actitudes en su contra, sobre todo en los barrios más masificados.

Turistas tomando fotografías en el Parque Güell de Barcelona

Turistas tomando fotografías en el Parque Güell de Barcelona Getty

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Iryna, una turista rusa de 22 años, colgó cinco fotos en Instagram de su viaje a Barcelona. De esta forma sus conocidos pudieron saber de su paseo por el Barrio Gótico y de su visita a la Sagrada Familia y al Aquarium. En otra de las fotos la joven aparece posando en el Parque Güell, junto a dos pilares gaudinianos con los jardines de fondo. Hasta aquí nada extraño. La quinta instantánea es de una pared de cemento armado que poco tiene que ver con el genial arquitecto catalán, pero que se encuentra en los aledaños del lugar. En ese muro hay una pintada que reza: Tourist go home (turista vete a casa). La visitante moscovita publicó la fotografía junto a la siguiente frase escrita en ruso: “Barcelona hospitalaria”.

Lo que podría ser una anécdota se ha convertido en una de las imágenes que Barcelona está transmitiendo al mundo. La de una ciudad que no quiere más turistas, que está saturada de tanta gente de paso. Una de las pruebas de que el mensaje se ha recibido en el exterior son los numerosos artículos hablando sobre las pintadas que han venido apareciendo en la prensa extranjera desde 2014. Varios medios anglosajones como The Guardian, Bloomberg o Reuters ya se han hecho eco del descontento de parte de los ciudadanos de la ciudad ante el incremento constante de turistas.

La redes sociales están llenas de imágenes tomadas en la ciudad. Instantáneas de paredes, escaleras mecánicas, buzones de correos, bancos del parque… un sinfín de fotografías que esconden mensajes contra el turista, la mayoría de las veces en inglés. El caso más flagrante quizá sea el de una factura compartida por un turista inglés. La captura nos muestra la cuenta de un bar del barrio de Vallcarca (junto al Parque Güell). Aunque parezca difícil de creer, el ticket también esconde una frase contra el visitante extranjero. “35, 70 euros. Mesa 10. Gracias por su visita. Gaudí hates you (Gaudí os odia)”.

El atractivo de la capital catalana parece no haber encontrado techo. Según datos de la oficina de turismo de Barcelona, en el año 1990 (dos años antes de las Olimpiadas) hubo 1.732.000 turistas que pasaron más de un día en la ciudad. Diez años después, en el 2000, casi se duplicó esa cifra alcanzando algo más de tres millones de visitas. Las cifras del último registro son de 2014 y nos revelan un aumento espectacular en el número de turistas: casi ocho millones de visitantes pernoctaron en la ciudad. En la actualidad, Barcelona es la cuarta ciudad europea preferida por el viajero internacional, por detrás solamente de Londres, París y Roma.

“Es un error señalar al turista como el culpable cuando los responsables están en el sector privado”, comenta el portavoz de la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS), que prefiere no revelar su identidad. “No es nuestra línea de actuación”, añade. La ABTS es una de las agrupaciones que han abanderado las protestas contra lo que consideran un turismo excesivo que está desvirtuando la esencia de la ciudad. Aunque reconoce: “cargando contra el turista logramos captar la atención mediática, de otra forma no se nos escucha”. El portavoz de esta asociación asegura no tener conocimiento de quién está detrás de las mencionadas pintadas y afirma que la organización no tiene vinculación con BComú (partido de Ada Colau) ni con cualquier otro partido político.

“La extrema izquierda se ha apropiado del discurso contra el turismo”, asegura Paco Sierra, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona. “En las recientes manifestaciones okupas se pudieron ver lemas de este tipo. Es una actitud alentada por la CUP y BComú”.

El origen del descontento

En el verano de 2014 la Barceloneta, el emblemático barrio pesquero de Barcelona, centró el foco de atención de la prensa. Las cámaras de televisión captaron a unos chicos rubios y ebrios que recorrían las calles del barrio, totalmente desnudos y con actitud desafiante. Los informativos también mostraron algunos de los balcones de esa zona donde jóvenes extranjeros cantaban y chillaban hasta altas horas de la madrugada. No eran imágenes puntuales. Situaciones como aquellas se repetían cada día con los mismos protagonistas: jóvenes extranjeros que estaban de paso por la ciudad.

El denominado turismo de borrachera se había adueñado de la Barceloneta. No era un problema exclusivo de Salou o Magaluf. Casi al final de agosto, los vecinos se concentraron para pedir una mayor regulación de los pisos que se alquilaban por días. No podían dormir por el ruido y las juergas que no cesan en todo el verano. La Barceloneta se había convertido en un imán para los turistas en busca de sol y fiesta. Esto explica por qué este barrio, que en el pasado era uno de los más humildes de la ciudad, tiene ahora el metro cuadrado más caro de alquiler (16,33 euros el metro cuadrado), incluso por encima de Pedralbes, la zona más lujosa de la ciudad.

Colau, un freno a la expansión hotelera

Una de las primeras medidas que tomó una recién elegida Ada Colau, con apenas tres semanas al frente del Ayuntamiento, fue congelar la concesión de nuevas licencias hoteleras. La medida, que había sido reclamada por varias asociaciones vecinales, afectó a un sector que constituye el 12% del PIB de la ciudad y le granjeó duras críticas de la oposición. La moratoria afectó a más de treinta proyectos hoteleros que estaban en marcha, entre los que destaca el de la Torre Agbar, que tenía previsto reabrirse como hotel de lujo.

“La etapa en el Ayuntamiento de Xavier Trias fue un coladero, se concedieron licencias a todas las propuestas hoteleras que se presentaban”, reflexiona el portavoz de ABTS. A pesar de describir una situación prácticamente apocalíptica matiza: “al menos Colau paralizó las nuevas licencias, que era una de nuestra principales reclamaciones”. Paco Sierra, de Ciudadanos, lo ve distinto. Asegura que los hoteles que no se están abriendo en Barcelona los están construyendo en Hospitalet o Badalona (ciudades colindantes) para captar una demanda que cada vez es mayor. “Están combatiendo al turismo. Hay zonas donde hay concentraciones excesivas pero la solución no es que vengan menos visitantes, sino crear nuevos espacios de interés en otras zonas” afirma.

Lo que en boca de la alcaldesa era una “suspensión cautelar” que paralizaba las concesiones durante un año, fue recientemente prorrogado hasta 2017. De esta forma hasta julio del año que viene, salvo nueva orden, la ciudad de Barcelona no licenciará la apertura de nuevos establecimientos hoteleros.

Sumada a la imagen generada por las pintadas contra el turismo, la prensa internacional ha interpretado esta decisión de la alcaldesa como una nueva muestra de recelo hacia el extranjero que visita la ciudad.

Culpar al turista

Desde el Ayuntamiento también se ha responsabilizado a los turistas de algunos de los problemas en la ciudad. Gerardo Pisarello, primer teniente de alcalde, vinculó recientemente el aumento de los manteros que venden productos en la calle de forma ilegal al incremento del turismo en las costas catalanas.

La polémica ha saltado esta semana después de que los comerciantes publicaran un manifiesto donde se quejaban de la permisividad del Consistorio frente a la venta conocida como top manta. Desde hace unos meses un amplio paseo de la Barceloneta concentra a centenares de manteros que venden productos falsificados sin la oposición de la policía local. Era una zona liberada para este tipo de vendedor ambulante que ha indignado a los comerciantes y que el Ayuntamiento se ha comprometido a solucionar. Aunque, como reconoce Pisarello con cierta resignación: “No hay ninguna receta mágica”.