Carta del director

Cebrián o los últimos "huevos" del 23-F

(En la noche de este martes el diario El País volvió a difundir uno de los embustes favoritos de su presidente Juan Luis Cebrián: el de que fueron el único periódico que se publicó durante la jornada del 23-F plantando cara a los golpistas. Al servicio de ese embuste, él y varios de sus empleados volvieron a negar lo que acreditan la evidencia fotográfica y el testimonio de los compañeros que hicieron el reparto: que el Diario 16 que yo dirigía también publicó y distribuyó aquella noche su edición extra ante el Congreso tomado por los golpistas. Como en cada aniversario Cebrián necesita aderezar su patraña con algún nuevo detalle, ayer se inventó que me colgó el teléfono. Hace cinco años se imaginó haberme dicho que yo no tenía "huevos". Para ilustración de los lectores reproduzco aquí, sin alterar una sola coma, mi respuesta de entonces). 

Durante mucho tiempo pensamos que el alarde de testosterona durante el 23-F había sido monopolio de Tejero. Bastantes años después, cuando Antonio Rubio y Manuel Cerdán descubrieron y reprodujeron las cintas de García Carrés, supimos que, al menos de boquilla -«¡Qué es por España, coño!… ¡Cojones, que es por España!»-, el esférico portavoz de ese sindicalismo vertical, que tanto había impregnado la sociología chusquera de las familias que mandaban en este país durante el franquismo, no le fue muy a la zaga.

Fotografía tomada en la noche del 23-F ante el Congreso de los Diputados.

Fotografía tomada en la noche del 23-F ante el Congreso de los Diputados.

No quiere decir esto que Tejero y Carrés fueran los dos únicos valientes en un infierno de cobardes. Hubo unos cuantos españoles -varios de los cuales han dejado una huella indeleble en nuestras retinas y en nuestros corazones- que ante una situación límite que ni buscaban ni esperaban se comportaron con el sobrio coraje de las personas consistentes. Ni entonces ni ahora, ninguno de ellos, ninguno de sus descendientes o amigos alardeó nunca de sus atributos. Nadie imagina a Gutiérrez Mellado apoyado como los fanfarrones en la barra del bar del carajillo, ni a Suárez evacuando ese eructo ritual que tantas veces acompaña al sol y sombra nacional.

Tejero y Carrés fueron los que le echaron lo que había que echarle, los que tuvieron lo que hay que tener, los que demostraron tenerlos más grandes que el caballo de Espartero, los que los pusieron encima de la mesa, en suma. Pero acabamos de saber que no estuvieron solos en ese racial derroche de virilidad comprometida pues, aunque fuera para combatirles, hubo un tercer español, Juan Luis Cebrián, que, alzándose en medio de la cobardía, del acoquinamiento y pobreza de espíritu que caracterizaba al resto de sus colegas, mantuvo alto el pabellón de la libertad de prensa y los valores constitucionales, consagrándose aquella noche como único paladín -y por lo tanto intérprete exclusivo- de la democracia española.

El relato no es nuevo, pero sí la aclaración de que todo fue cuestión de bemoles. «Imaginé que si en vez de salir sólo El País, hubiera otros diarios que hicieran lo mismo, todos estaríamos más protegidos», explicaba el domingo el autoproclamado defensor de nuestra fe. «Llamé a Pedro J. Ramírez a la sazón director de Diario 16. Le expuse mi preocupación y le pedí que publicaran también ellos una edición extraordinaria. No podemos, me contestó, en ese tono de dubitante seguridad que todavía utiliza cuando habla por la radio. A estas horas no tenemos obreros, no tenemos periodistas, no tenemos capacidad técnica. Pensé que lo que no tenían en realidad eran huevos y se lo dije, aunque no con esas mismas palabras. Comprendí por lo demás que estábamos solos…»

Heroico Cebrián. Lo dejamos solo ante el peligro, como a Gary Cooper que estás en los cielos… Pero, insisto, esta película ya la había contado otras veces. La aportación del trigésimo aniversario no es el cómo sino el porqué. O, para ser más exactos, la versión explícita de lo que, según él, ya me había dicho entonces -«no con esas mismas palabras», claro- e iba siendo hora de eyacular en la plaza pública después de 30 años de priapismo reprimido: ni mis compañeros del equipo directivo de Diario 16 ni yo tuvimos «huevos».

Bien, esto no debería sorprender a nadie, no tendría nada de particular. Aquellos ya empezaban a ser tiempos de molicie y castración espiritual en los que el PIB de testiculina nacional había entrado en franca recesión y uno siempre ha ido por la vida con lo justo en el depósito, como cualquier hijo de vecino. Pero lo relevante no es nuestro déficit estructural de masculinidad, denostado ahora, sino el correlativo superávit compensatorio del último macho cabrío que, sensu contrario, se erige hoy en depositante del macizo de la raza y otras esencias de aquel planeta azul. La precisión no puede ser más trascendental. Lo ocurrido no fue cuestión ni de convicciones, ni de inteligencia, ni, por supuesto, de «obreros» -la expresión es suya- o «capacidad técnica». Aquello fue una cuestión de «huevos». Ramírez no tuvo «huevos», Cebrián sí.

Puesto que, como digo, Tejero y Carrés también hicieron honor a sus genes, todo podría muy bien haber sucedido así. Yo tenía 28 años, llevaba seis meses en el puesto y me había tocado la dirección de Diario 16 en una tómbola. Como no había colaborado con la dictadura, como no había medrado con la dictadura, como no había ejercido ningún puesto de libre designación en la dictadura, como no había entregado ningún documento comprometedor para la oposición a la policía política de la dictadura, como yo era de Logroño, como yo venía de Pensilvania, pues no me jugaba esa noche nada distinto de lo que se jugaba el resto de los españoles.

Cebrián tenía que ajustar cuentas consigo mismo, con lo que había mamado en casa, con los fervores o imposturas de su padre, con las lealtades de los camaradas de ese padre, con el lucrativo pasado franquista de su patrón...

Cebrián tenía en cambio que ajustar cuentas consigo mismo, con lo que había mamado en casa, con los fervores o imposturas de su padre, con las lealtades de los camaradas de ese padre, con el lucrativo pasado franquista de su patrón, con los orígenes de su editorialista en jefe, con «sus amigos los falangistas» por usar sus propias palabras. Yo no era nadie, yo venía como Umbral de la provincia, yo nunca tuve ningún amigo falangista, ninguna beca azul mahón, ningún enchufe en la prensa del Movimiento. Él sí, él tenía un conflicto interior, un pecado original, un estigma que extirpar; y me alegro de que durante esos concretos años en los que ejerció de periodista -y en especial durante esa «jornada particular» que le pilló de por medio- alcanzara con más habilidad que brillantez la paz consigo mismo. ¿Para qué estropear el recorrido, ahora que ya es comisionista de Wall Street, regresando al punto de partida al confesarnos que si lo hizo fue, sobre todo y en definitiva, por cojones?

Pero en el fondo esto es lo de menos. Aunque sea un buen indicio de por dónde le da el aire, no deja de ser una cuestión de estilo. Lo que en realidad le ancla en el tiempo, los modos y modales de aquella vieja cultura política, basada en la autoafirmación mediante el exterminio intelectual del disconforme, a la que no ha dejado de pertenecer nunca, es que lo que cuenta es mentira y él lo sabe.

Es cierto que no disponíamos de los medios con los que contaba él. El País ya era el trasatlántico que lideraba la flota de la prensa y Diario 16 sólo una chalupa de 15.000 ejemplares que habíamos encontrado al borde del naufragio. Baste decir que teníamos una rotativa de la señorita Pepis en una sexta planta y que a la hora del golpe no había prácticamente nadie en el taller. Pero igualmente es cierto que afronté ese episodio, como bien dice Cebrián, con «la misma dubitante seguridad» que hasta hoy he tratado de conservar intacta. Cómo le agradezco el piropo. No se puede decir algo mejor de un periodista. Siempre he estado seguro de lo que quería que sucediera en España y siempre he tenido dudas sobre lo que estaba sucediendo.

Siempre he estado seguro de lo que quería que sucediera en España y siempre he tenido dudas sobre lo que estaba sucediendo

Ese 23 de febrero, como cualquier otro lunes, nuestra prioridad fue disponer de los elementos de juicio para saber cuál era el significado de los hechos, el sentido de aquel teletipo de las seis y veintitantos que decía «Tiros en el Congreso». Los obtuvimos entre las siete y las ocho de la tarde a través del bando de Milans en Valencia, la interrupción de la programación de Radio Nacional para emitir marchas militares y el testimonio de José Luis Gutiérrez y otros compañeros que llegaron de la Carrera de San Jerónimo.

Yo mismo me puse a teclear entonces un largo editorial titulado «En defensa de la Constitución», como pieza vertebral de una edición extra que coordinaba ya Justino Sinova. Empezaba diciendo: «Vivimos las horas más amargas y acres de la democracia. A la hora de escribir estas líneas el Gobierno en funciones, el candidato a presidente a punto de ser investido y el Parlamento en pleno permanecen prisioneros de una unidad de la Guardia Civil, cuyo líder amenaza con el advenimiento de una autoridad militar que anule a la establecida».

Y 10 párrafos después concluía: «Es tiempo de fraternidad, tiempo de cogerse del brazo sin distinción de izquierdas y derechas, tiempo de levantar una muralla por la que no pase el caimán. Todos con la Constitución, todos por la democracia, todos a exigir la oportunidad de que Sepharad -la España de Salvador Espríu- pueda seguir viviendo ‘en el trabajo y en la paz, en la difícil y merecida libertad’». Ahí lo tienen: el consenso, la muralla, el caimán, Espríu… los cuatro palotes de un chico de la generación de la Transición con amor a esa Cataluña que ya no existe.

Tardé una hora en escribirlo en medio de constantes interrupciones. A las nueve me instalé en el taller donde se estaban montando ya las páginas interiores con el relato sucinto de los hechos. Sobre la marcha decidimos el enfoque de la portada en la que arrancaban tanto el editorial como un texto con pase a la última para acelerar el montaje de las planchas. La hora en que cerramos puede precisarse casi con exactitud leyendo esos párrafos, pues incluyen la nota del Gobierno de Subsecretarios de las 21.30, pero no la que hizo pública la Junta de Jefes de Estado Mayor a las 22.00.

En el gran titular que ocupó media portada, sobre la que resultó ser la primera reproducción impresa de la famosa foto de Tejero, estuvo el enfoque, la apuesta, la «dubitante seguridad» del momento. Puesto que el Ejecutivo en funciones decía actuar «bajo la dirección y autoridad de Su Majestad el Rey», puesto que Pujol acababa de contar que Don Juan Carlos le había dicho «tranquilo, Jordi, tranquilo», puesto que los militares habían desalojado ya Prado del Rey, puesto que ninguna región militar se sumaba a la de Milans, nos pareció que los golpistas no estaban consiguiendo lo que pretendían. Por eso titulamos: «Fracasa el golpe de Estado» -así, en presente continuo- con unas letras enormes encima de un breve subtítulo: «El Ejecutivo controla la situación a las órdenes directas del Rey».

Afortunadamente fue una profecía autocumplida. Una crónica sobre la cobertura periodística de lo ocurrido, publicada en la página 13 de la edición del día 25 con la firma de Melchor Miralles, establece la secuencia: El País salió a las diez, Diario 16 a las once y media. Si en base al cierre redaccional ellos hablan ahora de la «edición de las ocho», la nuestra fue «la de las nueve y media». Es indiscutible que ellos salieron antes, pero yo creo que nosotros salimos mejor.

El País salió a las diez, Diario 16 a las once y media. Es indiscutible que ellos salieron antes, pero yo creo que nosotros salimos mejor

Pues bien, si todo esto queda acreditado en las imágenes de Gustavo Catalán con la portada de Diario 16 ondeando cual bandera de libertad ante las metralletas que rodeaban el Congreso; si el propio discurso institucional de Bono no ha podido por menos que hacerse eco de la memoria colectiva, mencionando ahora que aquel titular «cambió el ánimo» de los diputados secuestrados; si es bien fácil comprobar punto por punto lo antedicho acudiendo a las hemerotecas o revisándolo hoy en Orbyt, ¿cómo se explica entonces que Cebrián nos haya extirpado del retablo para sepultarnos -según su código macho- bajo el supremo oprobio de la falta de redaños?

Podría alegarse que estamos ante una mezcla de tic totalitario y desdeñosa mirada selectiva. ¿Por qué tenía que saber el gran Cebrián si al final un periódico mucho más pequeño que el suyo, indigno del más escueto de sus pensamientos, terminó sacando o no una edición extraordinaria? Muy sencillo: porque yo le envié por fax ese editorial, igual que él me envió el suyo. Puede que él lo hubiera encargado por cojones y yo lo hubiera escrito pese a no tenerlos, pero los dos entintaron por igual el papel enrollado en un cilindro. El gesto de complicidad fue recíproco y si yo no dejo de reconocer su mérito y él escupe sobre el mío es porque siempre hemos entendido el periodismo de manera distinta, siempre hemos buscado cosas diferentes en la vida y siempre hemos tenido ideas de España muy diversas.

Puede que esta súbita exaltación retrospectiva de sus «huevos» del 23-F no sea, de hecho, sino una especie de acto fallido encaminado a reivindicar la continuidad del espíritu de aquel patrón cuyo legado se apresuró tanto a monopolizar como a dilapidar. Porque nadie puede negar la sintonía que existió entre ambos a la hora de perpetuar el ejercicio del poder como una cuestión genital y por eso en España «no hubo -en efecto- cojones» para negarles ni un canal de televisión ni casi ninguna otra prebenda. Pero, como en el pecado recibirán la penitencia, tampoco habrá historiador ecuánime que no deje de apreciar que había que tenerlos verdaderamente cuadrados para sostener que su cuate González fue ajeno a los crímenes terroristas organizados desde su gobierno y su némesis Aznar, responsable de la masacre urdida para echar a su partido del poder.

Marat también mentía a sabiendas en su diario tratando de liquidar a sus rivales y Robespierre reclamaba igualmente en el suyo el monopolio de la virtud. Los dos pasaron no a la historia del periodismo sino a la de la mala leche. Y puesto que, 30 años después, lo que a mí me sigue haciendo feliz es cuadrar los títulos de las portadas y buscar la verdad de lo escondido para difundirlo -con «dubitante seguridad», sí-, por los quioscos, por la radio, por internet y por la tele, después de levantar acta de su penúltimo embuste sólo debo añadir que no me sorprende que hasta sus más cercanos, «obreros» incluidos, proclamen ahora, al sentirse traicionados, que este genio de las finanzas propias es un farsante, un profesional del odio y un mal bicho. Vengo escuchándolo desde el siglo pasado. «Con esas mismas palabras», oye.