Hablando sobre España

"La anécdota catalana... sólo hay un pueblo, la humanidad"

El director de la Fundación March, Javier Gomá, es un reputado ensayista y un mediático divulgador. 

El intelectual Javier Gomá.

El intelectual Javier Gomá.

Javier Gomá (Bilbao, 1965) recibe a EL ESPAÑOL en la Fundación March, que dirige desde 2003, y, antes de empezar, hace bandera de "escurrir el bulto", que es su modo de decir que no está dispuesto a que el "sonido ambiente" le hagan confundir "lo actual con lo importante". Afirma que "falta conciencia sobre el éxito que representa la España actual", es crítico con quienes "hiperbolizan" hablando de la segunda Transición y cree que los nacionalistas se comportan como "niños malcriados" que se resisten a comprender que "sólo existen un pueblo y un principio: la humanidad y la dignidad individual".

¿Como filósofo a pie de calle, cuáles cree que son los problemas y retos de España?

España ha tenido un gran problema y le ha dado solución. De lo que se trataría ahora es de preservar esa solución. El problema histórico de España ya lo resumió Sánchez Albornoz en España: un enigma histórico, cuando dijo que el nuestro es un país que no ha tenido feudalismo ni burguesía. Y un país sin burguesía es un país sin modernidad. España expulsó a los judíos, que era el elemento burgués; condenó el interés en el dinero y el beneficio empresarial; condenó el liberalismo económico; y mantuvo durante la modernidad a partir del Renacimiento un proyecto anacrónico de Imperio. Eso llevó a que España no tuviera un estamento intermedio, integrador, como es el de la clase media o la burguesía.

Nada parecido a lo que pasaba en el resto de Europa.

En otros países, y de forma paradigmática en Francia e Inglaterra, sí se consolidaron unas clases medias que generaron las instituciones propias de estas clases, que según Locke son la propiedad y la libertad. Si tienes propiedad y libertad generas instituciones para proteger jurídicamente y socialmente ambas instituciones. Entonces surgen la democracia, los derechos humanos, el liberalismo, el libre mercado, la separación de poderes y todo un universo simbólico propio a través de la novela, la filosofía, la ciencia, la música sinfónica, la ópera... Todo eso redunda en las revoluciones burguesas y liberales, que son las fundadoras del Estado moderno.

El problema histórico de España ya lo resumió Sánchez Albornoz cuando dijo que el nuestro es un país que no ha tenido feudalismo ni burguesía. Y un país sin burguesía es un país sin modernidad.

¿Cuando da España el salto adelante?

Todo esto no cambia hasta finales del franquismo, y se simboliza con el 600 y con la Transición política. El 600 es la propiedad mayor -la menor, el electrodoméstico- de una clase media humilde incipiente a partir del desarrollismo de los sesenta. Y cuando tienes propiedad, quieres libertad política para protegerla. España en la Transición se convirtió en un Estado moderno que superó el excepcionalismo que arrastraba desde la Edad Media, y lo hizo mediante una revolución burguesa pacífica, que fue motivo de admiración en todo el mundo, a partir de 1975.

Ahora somos un país finalmente moderno, capaz de superar, por fin, las dos Españas después de casi mil años de anomalía, con una burguesía que si hace 50 años era una clase media baja, ahora es una clase media-media en un país que empieza a ser rico, moderno y potente. Es decir, el problema de España reside en la falta de conciencia sobre el éxito histórico que representa la superación del milenario excepcionalismo español, y la importancia que en perspectiva histórica tiene la superación de las dos Españas, la modernización definitiva del país y la incorporación de España al proyecto moderno que se consuma con la OTAN y la adhesión a la Comunidad Económica Europea. El problema de España es el riesgo que se deriva de no tener esa perspectiva, de no comprender lo que supuso el advenimiento, tardío pero pacífico y exitoso, de la clase media al protagonismo histórico.

España en la Transición se convirtió en un Estado moderno que superó el excepcionalismo que arrastraba desde la Edad Media, y lo hizo mediante una revolución burguesa pacífica, que fue motivo de admiración en todo el mundo.

¿A qué achaca la dialéctica de vencedores y vencidos si se superaron las dos Españas?

De alguna forma, la Guerra Civil termina en España en 1975 porque el vencedor, que nunca trató de integrar al vencido, llega a las puertas de la Transición. Hay que tener en cuenta que cuando en los 60, en el resto del mundo, en París o en San Francisco, la cultura no es que fuera moderna sino posmoderna o contracultural, aquí teníamos un dictador uniformado que saludaba desde el balcón. Esto genera un natural resentimiento en los vencidos, represaliados, demonizados y ridiculizados por los vencedores en el poder.

La Transición tuvo que elegir entre la justicia (que mira al pasado) y la paz social (que mira al presente y al futuro). La sociedad española tuvo la madurez increíble de elegir la paz y la concordia sobre la justicia, la depuración de responsabilidades, la venganza y el revanchismo. Pero, naturalmente, muchos tuvieron el sentimiento de deudas pendientes. Es normal que aún haya cicatrices por lo que ocurrió en una época que, sin embargo, ya no es la nuestra. Por eso removerlas, reverdecerlas, es un acto de anacronismo.

¿Anacronismo?

Conviene diferenciar entre lo que es coetáneo y lo que es contemporáneo. Hoy día, en 2015, conviven realidades de diferentes estamentos. Una de las tareas más arduas es ser realmente contemporáneos: estar a la altura de nuestro tiempo. La cultura que hoy vivimos se me hace en buena medida anacrónica. Es decir, se generan debates, discusiones y conversaciones públicas que no están a la altura de nuestro tiempo aunque sean coetáneos. No vivifican nuestro punto de vista, no satisfacen demandas sociales reales. Son falsos problemas.

Sin embargo, muchas veces los portavoces de esa dialéctica son jóvenes que ni siquiera padecieron la dictadura. ¿Falló la Transición en esto, hace falta una 'segunda Transición'?

La primera Transición es la que importa porque con ella hemos superado un desdichado excepcionalismo. Durante un tiempo, como sucede con los pueblos acomplejados, se decía con orgullo que España era diferente. Ahora podemos decir, con orgullo, que afortunadamente España, en lo sustancial, no es diferente de la modernidad occidental.

No falta quien, ahuecando la voz, usando palabras más o menos sonoras, habla de segunda Transición. Se trata de una hipérbole improcedente. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, decir que EEUU necesita una segunda Constitución. Se necesitan enmiendas, pero la Constitución americana concentra todo el poder simbólico de esa nueva república. Ese momento fundacional no se repite. Nuestro momento fundacional se produjo en 1975.

Javier Gomá, en su despacho de la Fundación March.

Javier Gomá, en su despacho de la Fundación March.

¿Qué cosas se pueden mejorar o hay que completar?

Sé lo que dice todo el mundo sobre las autonomías, sobre el independentismo, sobre los partidos políticos, o sobre el sistema electoral, la transparencia y la financiación de los partidos. Pero, realmente, todo eso me parece secundario respecto de lo verdaderamente principal: la educación sentimental, el cambio de mentalidad general, la educación en el corazón de los ciudadanos, y el progreso en la idea de ciudadanía. Lo verdaderamente importante en esta vida es cómo interpretamos y sentimos el mundo en general. Suelo repetir que la política y la economía satisfacen las necesidades humanas, pero son los grandes relatos filosóficos y literarios los que diseñan esas necesidades.

No falta quien, ahuecando la voz, habla de segunda Transición. Se trata de una hipérbole improcedente. A nadie se le ocurriría decir que EEUU necesita una segunda Constitución.

¿Si hace 40 años se produjo una revolución liberal no cruenta, hay ahora cuestiones concretas que pueden precipitarnos a desandar el camino recorrido?

Absolutamente de acuerdo.

¿Entonces hay que tocar la Constitución y el modelo territorial: monarquía o república?

El problema no es si somos monárquicos o republicanos, pues la Monarquía está en el Título II de la Constitución. El debate real es si eres constitucionalista o no, porque la reforma del Título II es jurídicamente imposible. De hecho la mayoría de los ciudadanos españoles son monárquicos no en un sentido dogmático, sino en un sentido pragmático. El primer presidente del Tribunal Constitucional, Manuel García-Pelayo, ya escribió que la presencia de un símbolo puede tener un elemento integrador del que carecen los jefes de Estado de las Repúblicas.

En la forma de Estado moderno cada escalón administrativo superior posee un poder coactivo creciente. Es muy difícil amar al poder coactivo o que ésta tenga un poder cohesionador. Sin embargo, en el caso de la Monarquía, la pirámide coercitiva culmina con una figura que no tiene poder coactivo sino simbólico, y que no es abstracto sino concreto: una familia. Su capacidad simbólica, cohesionadora, integradora es mayor, al igual que es mayor su capacidad de generar un sentimiento constitucional.

Sí se puede reformar el Título VIII y abordar una reforma del modelo territorial.

No tendría ningún inconveniente en una reforma de la Constitución si responde un proyecto maduro e integrador. Tendría que ocurrir dos cosas: que una mayoría quisiera esa reforma y que además –esto a veces se olvida– esa mayoría quisiera hacer más o menos lo mismo con dicha reforma. Porque puede ocurrir que muchos quieran reformar en direcciones opuestas, para finalidades contradictorias. Y eso sería un desastre: desencadenar un proceso delicado abocado al fracaso. La ley de la economía querría convertir a los ciudadanos en consumidores ansiosos, y la ley de la política reducirlos a la condición de electores. Yo, como pretendo ser un ciudadano ilustrado, me resisto a que me conviertan en un consumidor compulsivo o a que me arrastren hacia el atolondramiento electoral de quienes quieren alcanzar el poder y conservarlo. Iniciar la reforma de la Constitución sólo para constatar que no hay consenso sería una estupidez. 

No tendría ningún inconveniente en una reforma de la Constitución si responde un proyecto maduro e integrador

Sí, pero el debate está urgido por el reto secesionista.

Ya, pero yo me reservo el derecho a elegir mis intereses y mis debates sin que me los dicten otros, por obstinados que sean. No tengo por qué tomar posición sólo porque me lo pida quien más ruido hace. Yo me dedico a lo verdaderamente importante, que es la filosofía, y los políticos que hagan su trabajo sin molestar demasiado.

¿Y no le asombra el auge del independentismo?

La capacidad que tenemos de prestar atención a los temas es limitada. Como ciudadano, el independentismo es un tema muy importante, pero hay otros. Como filósofo, es una anécdota entre millones. La anécdota catalana intenta instrumentalizarlo todo. Como esos niños malcriados que exigen atención constante, tiránica.

¿No le preocupa?

Sí, claro que me preocupa, como los frenos de mi coche. Pero ojalá no tenga que dedicar todo mi pensamiento a los frenos.

¿Y tiene una idea sobre cómo avanzar en la búsqueda de soluciones, o el problema catalán ya ni siquiera se puede "conllevar"?

El nacionalismo es una religión secularizada capaz de movilizar corazones y dar sentido a la vida de mucha gente. Este problema no se resuelve con una nueva ley y probablemente tampoco con una reforma de la Constitución, sino con un cambio de mentalidad.

¿A qué se refiere?

El más importante movimiento a largo plazo observable en el mundo es el cosmopolitismo. La convicción de que sólo existe un pueblo, que es la humanidad, y sólo existe un principio, que es la dignidad individual. Visto con perspectiva histórica, observamos una tendencia universal a superar los condicionamientos de raza, sexo, religión, ideología y territorio en pos de una unificación del género humano. En ese cosmopolitismo, la pretensión de crear hoy un nuevo pueblo con un argumento romántico (mezclado con racionalidad electoralista y los intereses de los estamentos burocráticos) a mí se me antoja un ir anacrónico en contra del signo de los tiempos. Mi propuesta a largo plazo: educar a las personas en ese cosmopolitismo, que es además un progreso moral.

Goma cree que los nacionalistas se comportan como "niños malcriados".

Goma cree que los nacionalistas se comportan como "niños malcriados".

¿Hacen falta líderes capaces de mirar a 25 y 30 años?

No tengo mala opinión de los políticos en general. Tampoco de los españoles. Quizá porque las expectativas que he depositado en ellos tampoco son desmesuradas. Me impacienta el lenguaje propagandístico, la retórica didáctica y edificante que usan para envolver su desnuda ansia de poder. Me gustaría que, como el técnico del taller, arreglaran los frenos sin demasiado alboroto. La política me interesa mucho, los partidos y sus políticos mucho menos.

El nacionalismo es una religión secularizada capaz de movilizar corazones y dar sentido a la vida de mucha gente. Este problema no se resuelve con una nueva ley, sino con un cambio de mentalidad

Pero no comparto el odio universal a los políticos. Tiene algo vulgar, esa vulgaridad que consiste en desplazar la responsabilidad de todo al otro. Y el otro por antonomasia, porque está continuamente expuesto y además tiene poder, es el político. Lo insultas un poco, y los demás asienten en el bar; lo desprecias otro poco, y te metes en la cama, reconfortado con tu superioridad moral. Todo esto no me va. Como mis expectativas con los intelectuales son superiores, soy más crítico con ellos.

¿Qué opinión tiene de los intelectuales?

En época de prosperidad los intelectuales deberían haber alertado, haber advertido y haber despertado la conciencia crítica y, en cambio, en plena crisis, deberían haber dado razones fundadas para la esperanza. En lugar de ello, hemos visto que el intelectual que, en la época de apogeo económico, a finales de los noventa y principios de este siglo, se entregó a un nihilismo epicúreo y surfeó sobre la ola de la abundancia. Ahora, en la época de crisis, en lugar de iluminar con perspectiva histórica llamando la atención sobre las cosas buenas que hemos hecho y que hacen digno soportar esta crisis, son personas que han añadido desesperación, angustia y pesimismo a una ciudadanía angustiada, desesperada y deprimida. Como los más incultos y maleducados de los contertulios.

Considera a los intelectuales los grandes villanos de la crisis. ¿Cómo valora la gestión del Gobierno?

Prefiero no contestar a eso.

¿Considera a Podemos y los independentistas un subproducto de la crisis?

Sí, claro. No es de extrañar que surjan movimientos antisistema -radicalismo, independentismo- en una crisis que ha producido mucho dolor, cuando además el estamento culto convence a la ciudadanía de que la causa única de ese dolor es el sistema y les dice que está podrido. Y luego el oportunismo electoralista hace el resto: aprovechan el desprestigio del sistema para postularse como oferta electoral alternativa. 

¿Cree que saldremos fortalecidos de esta crisis?

Sí, porque, como dice Esquilo, los hombres aprendemos a través del dolor. España accedió a la libertad sin tener instrucciones de uso, mientras que otros pueblos tuvieron dos o tres siglos para confeccionar esas instrucciones y para educarse sentimentalmente en la libertad. Cuando inauguras esferas nuevas de libertad sin la ilustración o la instrucción adecuadas para hacer un uso virtuoso de esa libertad ampliada, el resultado es una cierta vulgaridad moral.

Los ciudadanos españoles nos liberamos en los años 80 y en los noventa nos convertimos en artificiosamente ricos por los fondos estructurales y de cohesión que procedían de Europa. Éramos ricos sin haber desarrollado las virtudes del trabajo, como son el sacrificio, el ahorro, la inversión y la laboriosidad, como la España del Renacimiento y del Barroco fue rica por las remeses que venían del nuevo mundo, sin industria ni comercio. El ciudadano que mejor representaba ese nuevo estadio fue el nuevo rico, el hortera, que dominaba el escenario. La crisis, a través del dolor, ha deslegitimado determinadas conductas de vulgaridad extrema, como la ostentación y el despilfarro.

¿El modelo educativo está a la altura de las circunstancias, de ese cambio necesario de mentalidad, de esa nueva educación sentimental?

Quizá contribuya la crisis a tomar conciencia de que en una sociedad hay problemas de larguísimo alcance que requieren grandes acuerdos entre generaciones sucesivas. Es desesperante que cada nuevo Gobierno se sienta en el derecho o la obligación de cambiar la ley educativa. Si lo piensas, todo invita al pacto. Ten en cuenta que, en un Estado social, el 90% de los presupuestos generales del Estado estén ya comprometidos, con independencia de que gobierne la derecha o la izquierda. Nadie va a tocar lo sustantivo del gasto educativo, sanitario, social, burocrático, etcétera. Por eso generan tanto miedo los partidos antisistema, porque trasladan la idea de que se van a cambiar no ese 10% restante, sino que prometen cosas que pueden afectar al pacto social básico, un 40% o un 50%.

¿La crisis nos vacunará frente a la corrupción?

España venía de la corrupción hecha sistema que es una Dictadura. En los años 80 y 90 la democracia era más elitista y opaca que la actual, pero no menos corrupta. La corrupción de los últimos años ha sido fruto de la traslación a la política de ese comportamiento vulgar de nuevo rico. Hemos visto comportamientos no ya corruptos, contra la ley, sino chabacanos, que han merecido una repugnancia social de tales proporciones que adivino que en el futuro las personas se lo pensarán dos veces antes de repetirlos. De ahí la urgencia de eso que llamamos "educación del corazón", el generar comportamientos cívicos. La sociedad más viable es aquella que está compuesta, no tanto por ciudadanos virtuosos (que superan con esfuerza sus malas inclinaciones) como por ciudadanos dotados de buen gusto (que ha educado sus sentimientos y apetecen lo bueno sin esfuerzo, por inclinación personal)

¿Hasta qué punto España tiene que comprometerse en la guerra contra el yihadismo?

¿Te refieres a tomar medidas que no expongan a un ataque terrorista?

Expuestos ya estamos.

Yo no sé lo que tienen que hacer los ministros del Interior y de Defensa, ni el presidente del Gobierno ni los primeros ministros de la UE. Lo que sí sé es que los problemas son complejos y que de nada sirven las soluciones simples o simplistas a problemas complejos. Es que me dan mucho miedo "los terribles simplificadores", como los llamó el historiador Burckhardt. En este caso no conozco toda la complejidad del problema. Tengo la convicción, eso sí, de la globalización es occidentalización, que el mundo es hoy más occidental que hace 50 años, y que lo será aún más dentro de 100 años. El occidentalismo es autocrítico y multicultural. El yihadismo es la furia y el odio de una fiera agonizante ante la ilustración Occidental en expansión por todo el mundo. El yihadismo quiere morir matando. Pero tenemos que dar tiempo a los países musulmanes para que el proceso moderno e ilustrado avance. Era absurdo pensar que, con sólo una revolución en primavera, los países árabes iban a culminar un proceso de ilustración que en Occidente ha necesitado tres siglos.