Perfiles / Jorge Moragas

Elogio de la sombra

El superpoderoso diplomático catalán Jorge Moragas, con un pie en Moncloa y otro en Génova, se lo juega todo el 20-D

Moragas, ese chaval del maletín, del flequillo de pelo negro y de la sonrisa.

Moragas, ese chaval del maletín, del flequillo de pelo negro y de la sonrisa.

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Tengo un primer recuerdo de Jorge Moragas de hace 20 años, en otoño de 1995: lo veo ligeramente apoyado en la pared de la sala de ruedas de prensa de La Moncloa mirándome con una mezcla de sorpresa y de complicidad.

Corría entonces la última legislatura de Felipe González, la de los escándalos, con sus roldanes y sus GAL, y la cosa no estaba para bromas con una periodista del gran enemigo, el diario El Mundo. Menos aún, si uno era el chico que le llevaba la maleta al presidente González, el diplomático de apenas 30 años con la oposición recién aprobada y con muchas ganas de comerse el mundo.

Ese chaval del maletín, del flequillo de pelo negro y de la sonrisa, el tipo agradable y educado que llegó como “el último mono” de protocolo a una Moncloa que se apagaba es hoy un hombre de 50 años, “el que más poder atesora en España después de Rajoy”, según un veterano del PP. “Manda en Moncloa y en Génova, y está pegado al presidente como sólo lo está también Carmen Martínez-Castro, su rasputín, su matrona”. A este observador no se le escapa que el actual poderío puede tener ya fecha de caducidad: “Jorge será uno de los que ardan en la pira funeraria del presidente si Mariano se la pega el 20-D”.

Hasta que llegue ese momento, si llega, Moragas es desde hace casi cuatro años amo y señor de una Moncloa cuyos edificios se han multiplicado desde los tiempos del maletín tanto como sus títulos: director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno; primer secretario de Estado; diputado nacional por Barcelona; miembro del Comité Ejecutivo nacional y de la Junta Directiva Nacional del PP; patrono de FAES; secretario del Consejo de Seguridad Nacional (que dirige su amigo de la infancia, Alfonso de Senillosa), y desde el pasado junio director de campaña del PP con mando en plaza en Génova.

“Nunca un superfontanero mandó tanto ni sobre tanta gente. Ni José Enrique Serrano con González y Zapatero, ni Carlos Aragonés con Aznar”, señala un experto monclovita en referencia a los jefes de gabinete de los distintos presidentes del Gobierno. Esa multiplicidad de cargos (y de sueldos) atrajo pronto la envidia de alguna lengua viperina en la misma Moncloa. “Moragas, te cagas”, le cayó de apodo. El malvado comentario es excepcional: Moragas no cae mal porque es un tipo genuinamente simpático que cuida “a su gente” y que no sufre “de mal de alturas”, según un alto funcionario que lo conoce de largo. Una antigua subalterna lo describe así: “Crea muy buen clima de trabajo, es muy fácil trabajar con él, sabe escuchar, le gusta intercambiar ideas. Es muy humano, muy comprensivo, muy normal”.

Y con más pujanza que cualquiera de los ministros, José Manuel García-Margallo incluido. Ocupa el antiguo despacho de Alfonso Guerra, que tiene nombre propio en este recinto a la entrada de Madrid por la carretera de La Coruña. Cuentan que hay un punto de orgullo en Moragas cuando explica que en ese despacho “nunca ha entrado un periodista”. Y que se jacta de no haber cambiado casi nada desde 1995: sigue sonriendo mucho a los periodistas, hablando poco con ellos y fumando cuando puede. Se ha cortado el flequillo y está más hinchado, dicen que por el estrés que acumula. Pero el brillo de sus ojos no ha desaparecido: sigue teniendo chispa y una pendiente ocurrente y divertida que lo convierten en el “perfecto acompañante para una noche de copas, de ésas que acaban de amanecida”, dice una persona que habla por experiencia porque compartió con él la salida del sol en Valladolid después de un acto del PP.

Son vestigios de un juventud que aún colea y con la que encandiló a los medios. La moto, la mochila y el blog fueron los tres elementos de modernidad que trajo al PP cuando se afilió, en el año 2000, recién cumplidos los 35. “Si González hubiera ganado las elecciones en 1996, te aseguro que Jorge se habría hecho del PSOE”, señala un compañero diplomático. El mismo Moragas podría estar de acuerdo en que nunca fue un hombre de excesiva ideología, sino “abierto de mente” como le define este mismo colega. En 1998 salió del departamento de protocolo y Javier Zarzalejos, entonces secretario general de Moncloa con Aznar, lo fichó como jefe de Gabinete porque a Moragas le salió “muy bien” el viaje que le organizó al presidente Aznar a Marruecos.

Finalmente, en 2004 fue nombrado secretario de relaciones internacionales del PP. Sólo entre 2004 y 2008 estuvo el aún desconocido Moragas alejado de un centro claro de poder. En octubre de 2004, mochila al hombro, las autoridades cubanas le impidieron entrar en La Habana y lo expulsaron del país. Moragas mandó mensaje a muchos periodistas. Nunca hasta entonces había tenido 15 minutos de warholiana gloria.

Del maletín al maletón

¿Cómo ha llegado a esta cima una persona a la que todos califican como “normalita”, “inteligente pero no la bomba, ni política ni intelectualmente”? ¿Cuál es el secreto de su éxito? “Siempre ha mostrado una gran capacidad para estar en la proximidad del poder. Te lo indica el hecho de que nunca ha tenido un destino diplomático. Desde el primer momento se sintió a gusto con la cercanía al mando y eso le dio una plataforma para dejar de ser un oscuro consejero diplomático y convertirse en un poder en sí mismo”, explica un miembro del PP.

“Claro que el fulgurante ascenso lo explica también la otra parte, y el porqué Rajoy le ha dado ahora todo el poder en junio: la querencia que tiene el presidente del Gobierno de nombrar a alguien simplemente porque le tiene cerca, porque tiene una relación personal cómoda, porque lo conoce y está ahí, a mano”, continúa este pepero, que cita los casos de Anna Birulés (Ciencia y Tecnología) o Josep Piqué (Industria y Exteriores) como antagónicos: fueron nombrados por Aznar en función de su curriculum, no porque los conociera.

Este modus operandi de Rajoy explica el punto de inflexión en la vida profesional de Moragas, en junio de 2008. Fue entonces cuando un Mariano Rajoy, que había perdido las elecciones por segunda vez y se enfrentaba a un levantamiento en el partido, le nombra su jefe de Gabinete y por tanto su mano derecha. El título en cuestión era coordinador de Presidencia y de Relaciones Internacionales del Partido Popular. La decisión sorprendió a muchos. En la misma semana que fue nombrado, Moragas se declaró parte de una “facción sediciosa” que se disponía a levantar en armas a 40 diputados porque “con Rajoy no había nada que hacer”, según fuentes muy cercanas. Otro miembro del PP explica así el giro copernicano: “Seguro que Rajoy no lo hizo [nombrarle mano derecha] como estrategia de neutralización, sino por esa tendencia a hacer nombramientos por proximidad que también utilizó con Soraya Sáenz de Santamaría que aterrizó en un momento remoto en su gabinete o más recientemente con Rafa Hernando del que llegó a decir cuando fue preguntado por qué había nombrado portavoz en el Parlamento a un hombre con escasa finura política contestó: ´Porque es el único que conocía´.

Según este observador, el último caso de nombramiento por proximidad llevado a cabo por Rajoy ha sido el de Iñigo Méndez de Vigo, un experto en Europa que pasó de ser secretario de Estado de la Unión Europea para convertirse en ministro de Educación. ¿El motivo? “Moragas metió a Iñigo en el avión con Rajoy para los viajes a Bruselas y se llevaron bien, se entendieron”. En su primera entrevista, al diario El País, Méndez de Vigo reconoció que tenía que “estudiar de noche” porque no sabía nada de Educación.

Otros arguyen que en junio de 2008 Moragas demostró ser “una cosa y la alternativa” en referencia al oportunismo que mostró decantándose por Rajoy por tan estrecho margen. La explicación más benigna viene de personas cercanas a Moragas: “Rajoy era el mejor. Las alternativas que había en ese momento eran leves, inexpertas y superfluas… incluido el propio Moragas. Alguien llegó a decirle que él podría articular una alternativa y fue entonces cuando se dio cuenta de que esa aventura era solo eso, una aventura y una hoguera de vanidades. Se dejó arrastrar y comprometer por lo que él identificó en Rajoy: inteligencia, experiencia, moderación y bondad”.

En una sola ocasión ha salido Moragas de esa autoimpuesta sombra: el año pasado, cuando Vozpópuli desveló los embarazosos mensajes que intercambió con Victoria Álvarez- antigua compañera de estudios y ex novia de Jordi Pujol Jr.- animándola a que declarara contra el clan, como finalmente hizo. “Si dieses una entrevista y lo contases todo salvarías a España”, le escribió Moragas el 20 de noviembre de 2012.

El escándalo duró poco. La vicepresidenta zanjó el asunto calificándolo de privado y Moragas cambió de número de teléfono. Ahora anda con uno especialmente grande en el que lee todos los periódicos que le interesan. La comparación de esos sms con los que Rajoy intercambió con Bárcenas le irrita especialmente. Como el resto de las personas que han apostado por Rajoy, Moragas destaca la “bondad y la decencia” del presidente del Gobierno como sus principales y mejores características. La mera sugerencia de que Rajoy pudo estar al tanto de lo que cocinaba Bárcenas es una línea roja que no está dispuesto a cruzar.

El niño del jardín en Pedralbes

Apostó fuerte en 2008 por Rajoy y le salió bien. Le gusta citar a Moragas un libro que leyó entonces y que le ayudó mucho en su caminar junto al presidente: Elogio de la sombra, del japonés Junichiro Tanizaki. En él encontró la inspiración para ser “discreto hasta la extenuación, para huir de los periodistas, para desaparecer del mapa, para no dar jamás entrevistas, ni siquiera al Financial Times o al New York Times, se lo han pedido todos”, señala una persona muy cercana a él: “Sólo Rajoy importa”.

Rajoy comparece ante el Congreso de Seguridad de la ONU; tras él, Moragas.

Rajoy comparece ante el Congreso de Seguridad de la ONU; tras él, Moragas. Reuters

Andan pegados, Rajoy y él, un gallego y un catalán de caracteres y background radicalmente distintos. “Los polos opuestos se atraen”, explica una persona que trabaja cerca de ellos. Rajoy es conservador, provinciano, de Pontevedra, “donde las niñas todavía llevan lazos enormes en la cabeza” y estudió en otra ciudad de provincias, en León, en los jesuitas, “donde su padre estuvo destinado de juez”, recuerda una persona que conoce bien al presidente. Moragas es “un niño bien de Barcelona, de esa Barcelona sofisticada, moderna, un poco gauche divine de los años 70 del siglo pasado”, recuerda una aristócrata que lo conoce desde niño. Su padre era empresario y su madre fotógrafa. Es de ella, de Victoria Sánchez-Brías de Urgell de quien le viene a Moragas el lado aventurero e internacional. Su abuelo, el barcelonés Felipe Sánchez de Urgell, se fue a trabajar a Manila para la compañía de tabacos de Filipinas. El poeta Jaime Gil de Biedma trabajó para el abuelo y se hizo amigo de su madre, a la que en Barcelona recuerdan como una “mujer muy guapa, muy moderna, un poco hippy”.

Moragas se crió en un ambiente más abierto que el de Madrid en esa misma época. “La familia era cero facha, pero tampoco catalanista. Como otra gente bien de la Barcelona de entonces eran simplemente más europeos que los madrileños top”, rememora esta aristócrata. Un compañero de partido está de acuerdo con ella: “Jorge es un pijo de Barcelona, que es muy distinto de un pijo de Madrid. Es más moderno que un pijo de 50 tacos de Madrid”.

Su madre trabajaba y “andaba siempre ocupada”, según una amiga de la infancia, que recuerda a Moragas en el colegio Aula, un colegio “moderno, con idiomas” durante el jardín de infancia y la EGB. Cuando Moragas salía del colegio “cuatro o cinco días a la semana” iba a pasar la tarde a casa de los marqueses de Castelldosrius, que tenían un jardín de una hectárea en el zona de Pedralbes. Victoria era muy amiga de una nuera de los marqueses, a los que les gustaba tener el jardín lleno de amigos de sus nietos. “A Jorge siempre lo recogían tarde, no sé a qué se dedicaba su madre”, recuerda una persona de esa época. Aún jugaba Moragas en el jardín de los Castelldosrius cuando, a los 7 años, se hizo con su primera moto. Después vino otra con 14 y así hasta hoy. Con ellas encontró su otro pasión: viajar. Cuando estudiaba Derecho en Barcelona recorrió Francia en moto y también Marruecos (por eso, imagina, le “salió tan bien” ese viaje de Aznar en abril de 1998, porque entendía el país).

Durante un tiempo compaginó Derecho con Bellas Artes influido por su madre, la artista. Su padre era el que le empujaba a hacer “algo serio” en la vida. Le hizo caso. Sacó las oposiciones y se casó con Paloma Tey, con la que ha tenido dos hijas, Georgina Ginebra (Gigi) y Carolina (Cala). A algunos amigos su mujer les recuerda a su madre: “Ahora diríamos que es hippy-pija, tiene una empresa de diseño que se llama All we love y hace bolsos, telas y esas cosas. Un poco entre Ibiza y Sotogrande”.

Ahora ve poco a su mujer y a sus hijas aunque después de las elecciones vinieron a vivir a Madrid. Antes, Moragas pasaba el fin de semana en Barcelona y la semana en un apartamento con vistas a la catedral de la Almudena y el mejor mapa del mundo de toda la ciudad: ocupaba una pared entera. Casi enfrente vivía su amigo del alma, Alfonso de Senillosa, sobrino del famoso político de la Transición Antonio de Senillosa trágicamente muerto en accidente de coche. Con él trabajó codo con codo para conseguir que Rajoy ganara las elecciones en 2011, y con él compartió incontables noches de cena de telechino en el apartamento de la cuesta de la Vega. A Alfonso se lo llevó a Moncloa como director adjunto de gabinete, y más tarde lo hizo también director del Consejo de Seguridad Nacional, lo que le valió irónicas comparaciones con Henry Kissinger.

Una campaña “inteligente y distinta”

Los magros resultados de las catalanas han posado todos los ojos en Moragas, pero él no se siente afectado, convencido como está de que la campaña que está diseñando para las elecciones generales será “distinta e inteligente”, según personas cercanas. Este martes, mientras él acompañaba a Rajoy en la sede de Naciones Unidas en Nueva York para aprobar la resolución 2242 sobre “Mujer, paz y seguridad”, el comité de dirección del PP aprobó el comité de campaña que dirige Moragas y el equipo de campaña que lo acompañará. La imagen no puede ser más gráfica: un pie en Moncloa (o Nueva York o donde esté Rajoy) y otro en Génova.

“La apuesta ahora es muy alta, y uno tiene que asumir las consecuencias de sus propias decisiones”, señala una mujer muy cercana a Moragas. “Si las cosas no van bien, no creo que le importe demasiado. ¿Qué más poder puede tener del que tiene? Ni un solo ministro manda tanto como Jorge. ¿Qué más puede hacer si vuelve a ganar Rajoy?”

En 2010, un año antes de ganar las elecciones, cuando Moragas aún se hablaba con periodistas, concedió una entrevista a Público en la que se identificó con Jim Hawkins, el protagonista de la Isla del Tesoro, para explicar ese lado aventurero que dice haberle guiado desde niño: “Aquel chavalín se juntaba con piratas y se embarcaba para ser un hombre de mundo”.

Apostando por Rajoy cree Moragas haber encontrado su particular isla del tesoro como la soñó hace 20 años cuando llegó a Moncloa. No importa lo que ocurra el 20-D. Empezará entonces otra aventura, “la de ganar dinero, estar con sus hijas y disfrutar de todos esos viajes que ahora no puede hacer”, dice un amigo cercano.