La tribuna

Malos y Malditos: El Chapo y los políticos

Lydia Cacho
  1. Opinión

Asegura Fernando Savater que los malos y los malditos son dos formas bastante diferentes de resultar culpable. Los verdaderos malos, asegura el maestro de ética, son así porque quieren, podrían ser buenos pero eligen  fastidiar al prójimo, abusar de los débiles y apoderarse de lo que les gusta sin respetar a nadie. Los malditos, en cambio, abundan mucho más, son los que quisieran ser buenos pero no reciben guía, educación, oportunidades, son rechazados. Son, dice Savater, buenos con mala suerte. Los malos se hacen solos, los malditos son producto de la sociedad.

El Chapo Guzmán mira a la cámara del teléfono móvil de su propio hijo; Sean Penn no lleva teléfono ni cámara, lo mismo que sus acompañantes. El capo tiene los hombros relajados, se ve un poco cansado, pero su voz es natural. Esa camisa florida color azul abriga a un hombre que ha ordenado masacres, asesinatos, atentados. A un hombre experto en agronomía y economía que ha sabido tejer las redes criminales más sólidas de la historia reciente. Es un profesional del crimen, de la política, que en los últimos años ha vivido como lo hiciera Pablo Escobar, huyendo, mal vestido, imposibilitado para disfrutar de los beneficios materiales de su empresa ilícita.

Asegura que se integró en el mundo de las drogas a los 15 años, un chiquillo sin oportunidades. Tal vez en realidad los primeros años de Joaquín Guzmán Loera fueron aquellos de la formación de un maldito, un chico ambicioso sin la educación que merecen todos los niños del país y que sólo dos de cada diez reciben. Pero sin duda llegó un momento en que el poder le permitió tomar decisiones.

El actor Sean Penn junto a Guzmán.

El actor Sean Penn junto a Guzmán. Reuters

Comenzó a  lavar su conciencia haciendo obras de beneficencia en diferentes comunidades, imitando a los políticos paternalistas. El capo más buscado es también el patriarca del crimen, el que comprende a los malditos abandonados por décadas a la suerte que viven los pobres más pobres de México, que rebasan los 20 millones.

A cambio de una limosna, de una calle o una iglesia en los pueblos en que siembra y cosecha marihuana y amapola, se ha ganado el cariño y el respeto de muchos. Joaquín Guzmán, ese chaparrito nacido en Sinaloa entró en el mundo de las drogas de la mano de su padre Emilio Guzmán Bustillos, quien le pegaba. Con seis hijos, pobre y miserable, el padre de El Chapo combinaba la siembra de maíz con la de marihuana.

A los quince años, su padre lo llevaba a los cultivos de marihuana, a pizcar y cortar la planta para tumbarla al sol en los secantes, donde la hoja se deja a secar para que quede lista para el consumo. También lo llevó a la serranía, en el Triángulo Dorado del norte mexicano, y le enseñó a tomar con sus manos pequeñas las navajas Guillete, coger con cuidado la flor de la amapola y dar un tajo preciso que permita que la flor derrame su miel, esa que se convierte en goma, esa con la que se prepara la heroína. La flor no puede morirse, hay que cortar con cuidado, agradecerle el fruto que nos da de comer.  Doña Consuelo Loera, madre del capo más famoso, cuenta que era canijo, que no le gustaba la pobreza y era trabajador.

Allá en la sierra donde El Chapo creció y aprendió que la economía depende de la siembra, la venta y el trasiego de drogas, casi ningún niño termina la primaria -al menos aprenden a sumar y multiplicar para que no les tomen el pelo con las cuentas y la paga. Aprenden antes a disparar un arma y a conducir una troca (una camioneta), que a leer Ética para Amador, libro de texto de la secundaria.

Allá en Sinaloa también narra la gente que los representantes de El Chapo fueron a hacer instalaciones de luz y tuberías para acercar el agua en zonas remotas olvidadas por el Gobierno; se les agradece la construcción de varias escuelas en las montañas desde Guatemala hasta Chihuahua, el norte de México. Ellos, los caciques de la droga, también administran la pobreza, como los políticos, para que en los pueblos los vean como benefactores. Así se van ganando la impunidad y una admiración maltrecha.

El “si roba pero ayuda” no solamente se aplica a los gobernantes, también a los criminales. Hay tratantes de mujeres que aseguran que son buenos porque dan oportunidades económicas a sus víctimas. Por otro lado, hay víctimas y políticos que lo creen cada cuál por intereses y motivos diferentes. En esa paradójica confusión de los malos y los malditos, los que eligen destruir, corromper, matar, amedrentar, lavar dinero, robar, están unidos algunos políticos con líderes del crimen organizado.

En 2012  la actriz mexicana Kate del Castillo, famosa por personificar a Teresa Mendoza, la narcotraficante del libro La Reina del Sur, de Arturo Pérez Reverte, escribió un famoso Chapotuit, para recomendarle al líder del Cártel de Sinaloa que en lugar de traficar armas, personas y drogas, mejor traficara con amor. Además la actriz escribió que confiaba más en El Chapo Guzmán que en los políticos mexicanos: por lo menos con el criminal se sabe quién es, lo políticos esconden sus actividades delictivas.

La actriz simplemente expresaba esa sensación que millones de mexicanos tienen: cada vez es más sutil la frontera entre la delincuencia organizada y la política delictiva. Años después, los abogados de El Chapo la buscaron; el narco quería venderle los derechos de su historia a esa mujer que, a su parecer, lo entendía de alguna manera.

Las comunicaciones por correo electrónico siempre dominadas por los abogados del capo llevaron a las negociaciones de los derechos para el cine y, en octubre de 2015, a ese encuentro que ha desatado tanta polémica a unas horas de la recaptura del capo que se ha fugado, ileso, dos veces de los penales de más alta seguridad de México.

Imposible generalizar, no todos los políticos son criminales, ni todos los criminales saben insertarse en el sistema político; pero los liderazgos de esta vinculación son tan evidentes que resultan suficientes para sentir que esta fórmula del narco-estado llegó al México postmoderno para quedarse. Cuando Kate escribe desesperanzada que confía más en El Chapo que en los políticos, expresa algo que millones piensan: Guzmán Loera es un criminal profesional, un empresario de las drogas experto en comprar conciencias y autoridades desde estados Unidos hasta Nigeria, pasando por España y llegando hasta Australia.

Él no pretende ser otro, confiesa sin pudor que se dedica a las drogas desde su adolescencia. ¿O acaso si quisiera ser otro? Tal vez Joaquín Guzmán Loera quiere cambiar su historia, aunque los hechos lo contradigan. Sin duda toda la sociedad desea conocer sus tratos políticos, sus secretos bancarios, migratorios y las estrategias de globalización de su imperio. Quizá ahora esté listo para hablar de sus contradicciones ideológicas y emocionales. En cierto modo, él se siente una víctima de lo que la pobreza y un padre maltratador engendra. Él se vive como un producto natural de las circunstancias, como un ganador nacido en cepa de perdedores.

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto.

El presidente mexicano, Enrique Peña Nieto. Reuters

Su encuentro con Sean Pen y Kate del Castillo respondía a una entrevista pactada para preparar la síntesis del guión para una película que pretende contar esa historia, no la manida historia del capo, sino la de su infancia, la de cómo y con quién se construyen los pactos políticos, como se acuerda la Pax Mafiosa mexicana. Ambos actores y productores ejercieron su libertad de expresión y, nos guste o no, El Chapo también; porque ser prófugo no impide el ejercicio de los derechos sobre libertad de expresión e información.

Como miles de comunicadores, Sean y Kate se quedaron fascinados con el personaje, tal como se fascinan los adeptos a entrevistar a los políticos usureros, incluyendo al presidente. Fascinados, sí, pero no seducidos, ambos saben que detrás del Cartel de Sinaloa hay sangre, muerte, sufrimiento, adicciones y corrupción. La historia no se ha contado todavía y sólo los testigos podrán revelarla en su totalidad. Esperemos.

Mientras tanto, recordamos a El Chapo, ese muchacho sumido en la pobreza, educado para cultivar y cosechar drogas, que iba de la mano de su padre al pueblo de Cosalá, una pequeña aldea entre Sinaloa y Durango, caminando durante horas por un paisaje de belleza abrumadora, entre cascadas y  una vasta vegetación tropical. Allí su padre le enseñó a embalar la marihuana, a cosechar la goma, a vender las toneladas de drogas que entre muchos cosechan y pocos compran.

El padre de Joaquín Guzmán se iba luego a emborracharse durante días con parte de las ganancias, el resto se lo entregaba a la madre que les daba entonces comida más digna, un poco de carne asada y frijoles bien refritos. Allí en esa sierra donde su padre selló el destino de este chico maldito transformado en un hombre dedicado al mal, en ese preciso paisaje de su infancia y escondido en una choza, El Chapo Guzmán cedió la entrevista a Kate del Catillo y Sean Penn.

Fue por esa entrevista, en la que el gran capo decidió contar su historia en su terruño, que las autoridades supieron, investigando desde meses atrás a la actriz, al actor y a los abogados del hombre más buscado del mundo, que El Chapo había vuelto a casa, a ese territorio en que es rey, heredero de una industria añeja que no comenzó con él y tampoco se detendrá después de su muerte. En su entrevista El Chapo Guzmán admite que “todos los presidentes vienen a negociar con nosotros, pero después llegan al poder y se les olvida”; él, por el contrario, tiene una memoria insuperable.

***Lydia Cacho es periodista mexicana y activista en pro de los derechos de las mujeres. Ha recibido numerosas amenazas de muerte y ha sido víctima de un secuestro por elementos policiales del estado de Puebla.