AJUSTE DE CUENTAS

Obituario económico de un president

Arturo Mas Gavarró (Barcelona, 1956) es un hombre llamado por el destino, es decir, por la voluntad de otros, no por la suya. Debió de ser el mirlo blanco de la burguesía catalana, un hombre capaz de interpretar “el hecho diferencial” desde una retórica liberal y pro empresarial. Su misión era actualizar el discurso de Jordi Pujol Soley, que se había hecho demasiado obvio a la hora de la extorsión política, para que Cataluña entrara en la modernidad. Luis Prenafeta y la propia Marta Ferrusola lo escogieron y le franquearon la entrada al círculo íntimo del poder catalán. Mas pasó a llamarse Artur en 2000, según reveló el diario El Mundo. Ahí perdió una letra de su nombre y Mas ya empezó a ser menos.

Como consejero de Economía y Finanzas de Jordi Pujol desde el verano de 1997, Mas desplegó un discurso cautivador, inobjetablemente liberal y pro-euro. Pero, para quienes le conocían íntimamente, su liberalismo se acababa en la política de inmersión lingüística. Enfurecía cuando alguien la cuestionaba o pedía un modelo más respetuoso de las opciones personales. “Nunca habrá doble circuito educativo en Cataluña”, bramó en una reunión con periodistas. Eran rasgos de fanatismo nacionalista. Resultaba difícil conjugar su amor por el libre mercado con el intervencionismo lingüístico.

Después fue conseller en cap, un invento del pujolismo para promocionarlo políticamente, y en 2003 ganó las elecciones, pero perdió el poder frente al soberanista socialdemócrata Pasqual Maragall. Los siguientes ocho años como jefe de la oposición los aprovechó para diseminar su discurso liberal y cautivar a algunos de los mejores economistas del mainstream empezando por el prestigioso ex profesor de Harvard Andreu Mas-Colell, varias veces citado como candidato al Nobel de Economía -al que convertiría en su conseller de Hacienda-, y otros como Xavier Sala-i-Martín, Pol Antrás, Jordi Galí, Carles Boix y otros más que terminaron agrupándose en el Colectivo Wilson, pro independencia y, en definitiva, pro Mas.

Con la abstención del PP

Victor Hugo, uno de los escritores favoritos de Mas, ex alumno del Liceo Francés de Barcelona, decía que la popularidad equivalía a “la gloria a centavos”. Y así fue como el presidente de la Generalitat la acumuló y la retuvo durante ocho años hasta que en diciembre de 2010 ganó las elecciones y comenzó su ilusionante primer gobierno con el apoyo de 62 diputados.

Pero la crisis económica de 2008 le mordisqueaba los talones. Zapatero ya se había caído del caballo y en mayo de 2010 España quedó confinada en el rincón de los castigados de la Unión Europea, junto a los países sometidos al procedimiento de déficit excesivo. Mas logró arrancar algunas concesiones a Zapatero, pero al final tuvo que comenzar a ajustar. Su arranque como presidente, a finales de 2010, fue impresionante. Aplicó un recorte del 10% a sus cuentas y aunque anunció que su déficit duplicaría el objetivo oficial (2,6% del PIB contra el 1,3% exigido por un débil gobierno central que entonces carecía de una Ley de Estabilidad Presupuestaria), presentó una ley ómnibus con la que dinamitó el legado del tripartito de Montilla: derogó 14 leyes y 21 decretos de éste y modificó 77 leyes más (40 de Montilla, 5 de Maragall y 32 de Pujol).

Muy pocos recuerdan hoy que Mas sacó adelante los Presupuestos de 2011 y 2012 con la abstención del PP. Después, la impopularidad que acarrearon los recortes (sobre todo en Sanidad), le mostró el camino al atajo soberanista. Era más fácil intentar conseguir más dinero erosionando de paso al PSC -sobre todo cuando la crisis dejó claro que la nueva financiación que el conseller Antoni Castells había pactado en 2009 con un Zapatero muy debilitado era papel mojado- que tomarse en serio el ajuste y aprovechar de modernizar la economía catalana. En ese atajo, tomado en septiembre de 2012, Cataluña se ha visto, durante dos ejercicios fiscales, sin Presupuestos, un signo de notable desgobierno e irresponsabilidad política: en 2013 se prorrogaron los de 2012 ante la falta de apoyos parlamentarios, y los de 2015 fueron prorrogados el 15 de diciembre pasado debido a la actual indefinición política.

‘Espanya ens roba’

La prórroga de un Presupuesto supone, sobre todo, el bloqueo de los capítulos de nuevas inversiones y de ayudas a esas inversiones, es decir, el porvenir de una economía. Lo demás (sueldos, servicios, etc.) se mantiene más o menos igual.

En septiembre de 2012, con el argumento de que la Diada había sido particularmente populosa, Mas le exigió a Rajoy un pacto fiscal que diera a Cataluña el tratamiento de una Hacienda foral, como la vasca o la navarra. Su demanda se apoyaba en varios conceptos: una campaña viral en las redes sociales -Stop Espoli- promovida en You Tube desde la Consejería de Hacienda (magistralmente parodiada por Toni Cantó en el video Espanya ens roba) y en la que participaba el propio Mas-Colell, y la afirmación de Duran i Lleida en las Cortes españoles de que los países de nuestro entorno no permitían que una región transfiriera más del 4% de su PIB a las regiones hermanas. Este aserto era falso, pero en su momento nadie lo cuestionó y se tomó como verdad absoluta.

Desde ese momento, el desencuentro entre Mas y Rajoy fue absoluto. Mientras el gobierno catalán acusaba a Rajoy de autismo político, Mas se echaba en los brazos de Menos, es decir la oposición soberanista. Convocó elecciones para el 25 de noviembre de 2012 convencido de que, envuelto en la senyera, multiplicaría sus escaños y no hizo más que perder 12 diputados, hasta quedarse en 50 escaños. Los catalanes eligieron el original a la copia. La Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) de Oriol Junqueras ganó 9 escaños en esos comicios y a partir de ese momento lo tuvo en sus manos.

El aviso de Fainé

La segunda Legislatura de Mas ha sido una larga caminata al suicidio político. Así se lo advirtió en privado, en el invierno de 2012-13, Isidro Fainé, el jefe de la Caixa, en su chalet de Llivia, el enclave español en el Pirineo francés. Mas no hizo caso a los avisos y como tenía tanto predicamento entre la alta burguesía catalana, nadie pensó que llegaría a despeñarse. El único que no confió en él fue el fallecido José Manuel Lara, presidente de Planeta, el primero en advertir que se marcharía de Cataluña si no cambiaba el rumbo. Más tarde se sumaría la familia Bonet, dueña de Freixenet. Pero otras, como los Carulla, de Agrolimen, no han dudado en seguir mostrándole apoyo.

Desgraciadamente, la permanente deslealtad de Mas hacia el Estado español ha sido incentivada y financiada por el Fondo de Liquidez Autonómico (FLA) de Cristóbal Montoro. Éste ha preferido inventarse fondos discrecionales antes que aplicar con rigor la Ley de Estabilidad Presupuestaria.

Mas tuvo que convocar elecciones en septiembre de 2015 presionado por su socio Junqueras. Fue humillado por sus compañeros de ruta y confinado al cuarto lugar de la lista soberanista de Juntos por el Sí. A esas alturas ya había renunciado a sus supuestas ideas liberales y, con el fin de ser elegido presidente con los votos de un grupo anticapitalista (la CUP), asumió postulados económicos de los que hace diez años se hubiera burlado a carcajada limpia. Hoy, Artur Mas podría repetir la sentencia de su admirado Paul Verlaine: “La independencia siempre fue mi deseo, la dependencia siempre fue mi destino”.