Atentados 11-M

El calvario del agente que supo que la Guardia Civil pudo evitar el 11-M

Halló la cinta que prueba que se ignoró que Toro y Trashorras traficaban con explosivos.

Reproducción de la portada de El Comercio.

Reproducción de la portada de El Comercio.

En 2003 David Robles Ramos encontró una cinta abandonada a la intemperie en el patio del cuartel de Cancienes, Asturias. Era del tipo que usaban en el cuerpo para grabar los interrogatorios pero, cuando preguntó, ninguno de sus compañeros la reconocía. Le pareció que tenía escrito "castillo": en realidad era "Campillo", el apellido del agente que grabó la conversación con el confidente 'Lavandero'. Un año después, el 15 de octubre de 2004, Ramos decidió usar aquella cinta para probar una grabadora que había prestado. Y se le paró el corazón.

"Tenía en las manos la prueba más clara de que antes de los atentados del 11-M se sabía de la intención de vender explosivos en Asturias", relata Robles en su primera entrevista a 'El Comercio' tras su jubilación, el pasado 30 de octubre, justificada por una lesión de rodilla producida por la agresión de un conductor en un control. La baja, explica Robles, fue un pretexto. Sus mandos le habían hecho la vida imposible desde que hace once años se publicase la transcripción de la grabación que dio la vuelta a la investigación: no solo la Guardia Civil había sido advertida del tráfico de explosivos antes del 11-M, también sabían que los sospechosos querían fabricar "bombas con móviles" y pretendían "dirigir la cosa" desde Marruecos.

En la grabación, que databa de 2001 y vio la luz en 'El Mundo' y COPE el 11 de noviembre de 2004, el confidente 'Lavandero' acudía en evidente estado de nerviosismo al agente de inteligencia Jesús Campillo para denunciar que dos conocidos suyos por trapicheo de droga, los condenados por el 11-M Antonio Toro y Emilio Suárez Trashorras, se habían puesto en contacto con él para intentar vender una enorme cantidad de explosivo que robaban de las minas asturianas, y que incluso le habían mostrado el material.

"La que yo vi en el coche era dinamita de la buena, porque cuando esta vieja empieza a sudar, a hacer como grasilla por fuera"- relata en la cinta 'Lavandero', que explica que los condenados se dirigieron a él por su experiencia como minero. Toro, que le pidió ayuda para vender 1.000 kilos, le había enseñado muestras envueltas en papel y detonadores en su propio coche. A Trashorras, en otra ocasión, le urgía deshacerse de 400 kilos de Goma 2. También le preguntaron si conocía a alguien que supiera hacer bombas con móviles, las mismas que estallaron el 11-M. "Se marchan los dos a Marruecos, tienen todo preparado para dirigir la cosa desde ahí", era una de las angustiosas advertencias.

'Lavandero' afirma en la grabación haber acudido a la Guardia Civil porque la Policía Nacional no le tomaba en serio y temía que Toro y Trashorras se enterasen de sus "chivatazos" por boca de los propios policías. El agente Campillo, que admite que el tema "es muy serio", le cita a "tomar un vermut" para seguir hablando. Pero lo cierto es que nada se hizo para evitar que los traficantes asturianos proveyesen los explosivos que se utilizaron en los atentados de Madrid. "Hicieron una chapuza. Se ocuparon de las drogas y no de los explosivos", explica Robles.

Comienza el calvario

El momento en el que David Robles escuchó la cinta coincidió con las comparecencias del entonces coronel Pedro Laguna y el teniente coronel Antonio Rodríguez Bolinaga en la comisión de investigación del 11-M negando que la Guardia Civil tuviera conocimiento del tráfico de explosivos por parte de mineros. "Supe desde el principio que aquello era material sensible", recuerda Robles.

Su primera reacción fue la de hacer una copia de la cinta, ya que tenía turno de noche y la original pasó el día en manos de un compañero. "Tenía miedo de que se perdiera en una intervención", explica. Al día siguiente acudió a consignar la cinta a sus mandos con un "recibo" en el que había anotado las claves de lo que constaba en la grabación, los nombres de los acusados y los explosivos. "Si no se firma, no lo entrego", llegó a exigir Robles, saltándose el protocolo de mando. Pese a la reticencia inicial, el acuse de recibo fue firmado. "Si esto salta a la prensa, sabes la que se puede liar, ¿verdad?" -le advirtieron entonces, según relata. "No hables con nadie, ni con tus compañeros, ni con tu familia".

Veinte días después de su entrega, cuando Robles esperaba todavía que se abriera una investigación interna sobre el caso como establece el reglamento, la transcripción de la cinta fue publicada en los medios. El exagente afirma categóricamente que no tuvo nada que ver con la filtración. "Nunca se me hubiera ocurrido, ni por dinero. Me vi fuera de la Guardia Civil". Comenzó entonces el calvario.

Robles fue interrogado varias veces en las comandancias de Oviedo y Gijón, sin abogado, bajo régimen militar. Recuerda el primer interrogatorio, en el que el coronel Búrdalo le preguntó hasta ocho veces: "¿De dónde coño sacó la cita, y quién la filtró?". "Aunque sea un simple guardia, tengo el mismo honor que usted" -llegó a contestar el agente, a lo que su superior contestó: "Eso está por ver".

Dentro de la Benemérita, Robles se convirtió en "el de la cinta". Perdió peso, fumaba sin parar, cambió de móvil, se sentía perseguido. Evitaba cometer la más mínima falta para no dar motivos de represalia a sus mandos. En un comunicado oficial sobre el caso la Guardia Civil publicó su nombre completo, "y entonces ETA mataba", puntualiza. El 25 de noviembre declaró en la Audiencia Nacional y el juez instructor del 11-M, Juan del Olmo, llegó a pedir su comparecencia, pero el caso de la cinta fue archivado.

Comenzó una etapa menos frenética pero igualmente tensa. Saludaba a sus oficiales y no recibía respuesta. Le preguntaban abiertamente de qué conocía a Trashorras, en un intento de incriminarlo. En 2006 Robles se desplazó a un cuartel de Valdemoro, en Madrid, para una entrevista para un puesto de analista de documentación. "El de la cinta, ¿no?", fue el saludo del entrevistador. En la conversación, que no trató en absoluto de la posición abierta, le reprocharon haber provocado la destitución de Bolinaga. "¿Cómo se te ocurre presentarte a nada, si tienes una cruz encima?", le recibió su teniente a la vuelta en Cancienes.

David Robles echa la vista atrás con sentimientos encontrados: gratitud hacia sus compañeros, pero decepción con la institución. Y, sobre todo, una duda que le tortura: "¿Qué habría pasado si hubiera escuchado la cinta cuando la encontré?". Robles estudia ahora Derecho y sigue colaborando en la Asociación Unificada de Guardias Civiles para seguir luchando contra el "vacío legal" que pende sobre los agentes.