Terrorismo islámico

La masacre silenciada de la yihad

Al Shabaab masacró a fuego y acero a 60 personas en Mpeketoni, al sureste de Kenia. Las autoridades acallan el suceso para proteger el turismo.

La masacre silenciada de la yihad

La masacre silenciada de la yihad

Lucy aprieta los labios y se asoma a la ventana, donde espera encontrar al horror. Para ella, este tiene figura y forma. Y lleva máscara. La misma que llevaban los yihadistas que mataron a su marido y a otras sesenta personas en Mpeketoni, una pequeña aldea oculta en la selva keniata. “No hay una sola noche en la que no sueñe con ellos; un solo día en el que no me duela lo que me hicieron a mí y a mi familia”.

Los terroristas llegaron a esta localidad en la noche del 16 de junio de 2014. La confusión de los primeros estruendos dio paso al terror tras ver a los asaltantes, enmascarados. Algunos llevaban armas de fuego en sus manos; otros, machetes con los que iban degollando a los hombres que se encontraban en su camino. Para alimentar la confusión, los asaltantes arrojaban artefactos incendiarios a los coches mientras gritaban proclamas yihadistas. Sabían –y así lo hicieron– que el factor sorpresa y el miedo constituían su baza principal para acometer el ataque. En total, se encontraron los cadáveres de 48 personas, aunque más de una docena siguen desaparecidas desde entonces. La tragedia de Mpeketoni resume la brecha religiosa y social que ahora se abre en Kenia.

“En un primer momento, pensamos que se trataba de algún accidente o de algún robo, pero inmediatamente comenzó a entrar gente en nuestra casa. Muchos de ellos eran policías”, recuerda Lucy Wanjiku, de 28 años. En Mpeketoni, que forma parte del condado de Lamu, al sureste de Kenia, viven unos 10.000 vecinos.

“Los policías que se refugiaron en nuestra casa estaban temblando y sudando”, prosigue la mujer. “Nos encerramos en la habitación con mis hijos y todos los hombres que se escondieron con nosotros –relata–. Los terroristas fueron echando abajo todas las puertas, una tras otra, hasta que nos encontraron”. Fue entonces cuando Lucy vio aquellos ojos “llenos de odio” que no ha conseguido olvidar: lo único que se les veía a unos terroristas que ocultaban sus caras con máscaras.

Lucy Wanjiku, de 28 años, perdió a su marido en la masacre de Mpeketoni.

Lucy Wanjiku, de 28 años, perdió a su marido en la masacre de Mpeketoni.

Con los dedos en los gatillos, los asaltantes obligaron a todos los hombres a abandonar la vivienda. “Les golpeaban con fuerza con sus fusiles, aun cuando accedían a sus peticiones”, explica la mujer, a la que obligaron a permanecer en la habitación con sus dos hijos. Pero los disparos y la ausencia de su marido le resultaban imposibles de soportar. Sin pensarlo, se abalanzó sobre la puerta de su casa.

Por debajo de la misma corría un charco de sangre y, al abrirla, tropezó con el cadáver de Francis, con quien se había casado hacía apenas ocho años. Con él había pasado toda su infancia, en la misma barriada de Mpeketoni. Tenía en el cuello una herida mortal de bala. Lucy lo abrazó y, sin saber cómo, amaneció horas después en su desolación: tan solo los gritos de sus hijos la despertaron de aquel trance en el que había permanecido “como sin vida”: “Todo se había acabado para mí y para mis dos hijos”, llora la viuda.

UNA ALFOMBRA DE CADÁVERES

Los primeros rayos del alba disiparon las sombras de los incendios. Los gritos de los terroristas se perdieron entre los bosques. Policías y militares, ya reunidos, salieron en su búsqueda. En Mpeketoni, aquí y allá, estaban las viudas, madres e hijos que abrazaban los cadáveres de sus seres queridos.

En ausencia de las autoridades militares, la Cruz Roja asumió el mando ante las labores más inmediatas: la retirada de los cuerpos y la atención a las víctimas. “Era imprescindible poner algo de orden; si no, la situación podía derivar en algo mucho peor”, explica Mohamed Abdhulkadir, coordinador de la institución en el condado de Lamu. “Llevamos los cuerpos a una casa para que, al menos, no estuviesen a la vista –prosigue Mohamed–. Los tumbamos en el suelo porque no teníamos medios para amortajarlos de un modo más digno. Eran unas sesenta personas que habían perdido la vida acribilladas a tiros o a machetazos”.

Aquel terremoto emocional se prolongó durante varios días, los mismos que las autoridades pasaron en el bosque persiguiendo a los terroristas. Los habitantes de Mpeketoni, incapaces de proseguir con sus vidas, tan solo esperaban que la policía trajera consigo a alguno de esos demonios enmascarados. Muchos vagaban por la aldea sin un rumbo fijo, después de haber perdido su hogar, su trabajo y sus seres queridos. Unos pedían justicia; otros, venganza.

Mohamed Abdhulkadir, responsable de la Cruz Roja en el condado.

Mohamed Abdhulkadir, responsable de la Cruz Roja en el condado.

La búsqueda fue infructuosa. Los soldados, perseguidos por el hambre y la vergüenza, regresaron a la aldea con las manos vacías. Para Mohamed Abdhulkadir, aquel fue el punto de partida de un nuevo Mpeketoni. “La gente comenzó a mirar al futuro tras enterarse de que los terroristas habían huido –explica–. Era un futuro doloroso y vacío, pero el ataque comenzaba a formar parte del pasado. Había que pensar qué sería de los niños huérfanos, de las mujeres que lo habían perdido todo”.

Mujeres que, como Lucy Manjiku, quedaron expuestas en su fragilidad. Tras el ataque, los comercios echaron el cierre y no había ningún trabajo para ella, que apenas había cursado algunos años en la escuela primaria. La ayuda internacional no llegó y la compensación de 150.000 chelines (algo más de 1.300 euros) que ofreció el Gobierno de Kenia –encabezado por su presidente, Uhuru Kenyatta– apenas cubría los gastos mortuorios.

“Nos vimos en la obligación de cubrir dos necesidades básicas de las víctimas: la alimentación y la recuperación psicológica”, añade el coordinador de Cruz Roja. Para Lucy, la labor de esta organización le salvó de un abismo “en el que no encontraba ganas de vivir”. Desde entonces, sigue soñando con aquel atentado y con el cadáver inerte de su marido. Pero sus hijos le dan fuerzas para luchar a diario: “Trabajo en lo que puedo: cocino y vendo cosas en el mercado –cuenta–. A veces no como para que los niños tengan algo que llevarse a la boca. Pero lo peor es que hay temporadas que no pueden ir a la escuela porque no tengo con qué pagarla. Pasan el día en la calle y me da miedo lo que pueda pasarles, pero no puedo tenerles todo el día encerrados en casa”.

RECLUTANDO YIHADISTAS EN KENIA

Al Shabaab, nacido en 2007 en el Estado fallido de Somalia, ha manifestado su fidelidad a Al Qaeda en numerosas ocasiones. Fuentes de la lucha antiterrorista keniata calculan que entre 5.000 y 10.000 personas forman parte de la organización, aunque es imposible ofrecer una cifra exacta en un país en el que apenas existen estructuras gubernamentales. Desde Somalia extienden ahora sus tentáculos a los países vecinos. En Kenia han perpetrado masacres como la de la Universidad de Garissa, en abril de 2015, en la que murieron 147 personas, o la del centro comercial Westgate, en Nairobi, donde en septiembre de 2013 mataron a 67 personas.

Para el Gobierno de Kenia han cambiado las reglas del juego. No basta con salvaguardar la frontera con Somalia –una frontera que tan solo existe sobre el mapa–; ahora hay que controlar a la población local, en la que empiezan a germinar las primeras semillas del islamismo radical. Los reclutadores de Al Shabaab forjan nuevos terroristas entre los jóvenes sin estudios ni recursos, procedentes de las barriadas de las grandes ciudades o de los campos de refugiados.

Una niña busca objetos y alimento en un vertedero de Lamu.

Una niña busca objetos y alimento en un vertedero de Lamu.

Los controles policiales que salpican las carreteras más conflictivas de Kenia comprueban los documentos de identidad de todos aquellos que deseen atravesarlos, ya sean extranjeros o ciudadanos del país. Evitar que Al Shabaab golpee de nuevo en los lugares en los que ya ha operado se ha convertido en una prioridad, y ahora no es fácil llegar a aldeas como Mpeketoni.

La población de esta villa ha recibido el mensaje de que cualquier extranjero, indistintamente de su procedencia, raza o religión, puede formar parte de Al Shabaab. Las autoridades, además, aplacan cualquier intento de los periodistas de informar sobre la herida que ha abierto el suceso. Con ello, intentan proteger la imagen del condado de Lamu, que vive principalmente del turismo. Según el Kenya Tourism Board, instituto oficial que controla las estadísticas del sector, en los primeros cinco meses de 2015 visitaron el país 284.313 personas, frente a las 381.278 que lo hicieron en el mismo plazo de 2014. Esto representa un descenso del 25,43%. El turismo supone un 4,8% del Producto Interior Bruto del país.

Cuando un periodista llega a Mpeketoni, el jefe de la policía secreta no tarda en enterarse de su presencia: una red de informadores se extiende por toda la ciudad, y, ante la menor anomalía, alertan al responsable de la seguridad, que dispone de poder para efectuar detenciones aleatorias, sin mayor pretexto que el de la sospecha.

Efectivamente, cuando llegamos a la aldea, el jefe de los servicios secretos nos trasladó hasta las dependencias de la comisaría. En los pasillos abarrotados, los presos protestan, gimen y lloran. En el despacho, el agente fotocopió el pasaporte y lo sumó a un taco de folios: medio centenar de documentos escaneados de otros tantos profesionales que siguieron los mismos pasos. “Mire –apunta el funcionario, sin sentarse, mirando a su invitado desde lo alto–. Todos ellos son colegas suyos que han venido a nuestra aldea y que se han marchado sin hacer su trabajo. Lo mejor será que vuelva… o podrá verse en problemas”.

El jefe de la policía secreta reconoce que el atentado detonó la situación de la región, ya azotada por la pobreza. Muchos de los habitantes de Mpeketoni viajaban a menudo a Lamu, capital del condado, para ofrecer productos y servicios a los turistas. Pero, después de los ataques, las embajadas marcaron en rojo esta zona del mapa. Y, ahora, las autoridades tratan de silenciar el suceso. Incluso, con amenazas de detención.

Philip Githinji es el jefe elegido por la comunidad de Mpeketoni.

Philip Githinji es el jefe elegido por la comunidad de Mpeketoni.

Philip Githinji, jefe de la aldea al que la comunidad elige democráticamente por sus cualidades diplomáticas, justifica este tipo de actuaciones: “Toda medida de precaución es poca”. Philip, cuyo objetivo es mediar en cualquier conflicto vecinal, asegura que los atentados han abierto una herida “que todavía sigue muy presente”: “La gente está en alerta permanente y la Policía debe hacer lo mismo. ¿Detenciones improcedentes? No creo que sea así… Pero la gente está muy nerviosa y no sabemos cómo puede reaccionar ante la visita de alguien desconocido. Entiendo que haya algunas medidas que puedan resultar incómodas, pero es lo mínimo que se puede hacer después de lo que nos ocurrió el año pasado”.

DIFERENCIAS TRIBALES Y RELIGIOSAS

Al afirmar que “todos están muy nerviosos”, Philip Githinji se detiene por un par de segundos para medir las palabras que mejor definan la situación de la aldea. “Muchos quieren mirar hacia delante y tratan de proseguir con sus vidas, pero…”, reconoce el jefe de la aldea, que no sabe cómo terminar una frase que encierra una tensión que nunca había conocido Mpeketoni.

La región, tradicionalmente, era territorio de los Luo, una de las etnias mayoritarias del país. El asentamiento ofrece recursos naturales básicos para la supervivencia: principalmente, agua y tierra fértil. Los Kikuyu, otra de las tribus predominantes y con pasado guerrero, se han asentado en las últimas décadas en las inmediaciones de la aldea. La convivencia, desde entonces, se ha basado en los principios de amistad y hermanamiento. Pero el atentado ha despertado recelos.

“Los rumores corren demasiado rápido”, reconoce Philip Githinji. “Desde luego, el modo en el que Al Shabaab actuó contra nosotros no es normal –explica–. Por un lado, iban armados con machetes, algo completamente nuevo; por otro, el ataque se pareció más a un asalto que a una ejecución. En situaciones tan extremas, es normal que se escuchen cosas que no son del todo verdad: que si los terroristas hablaban nuestra lengua, que si entre ellos había viejos conocidos de la región…”. Pero para el jefe de la aldea no cabe duda alguna: “Al Shabaab reconoció el atentado y todos los indicios le señalan. Definitivamente, fueron ellos”.

Lo que el jefe de la aldea se niega a reconocer es que el atentado haya provocado, además, un conflicto religioso en un país que, en las últimas décadas, se ha caracterizado por la convivencia pacífica entre sus habitantes. Ahora, las zarpas del terrorismo amenazan con desatar estas tensiones internas.

El testimonio de Khamis Nassor, de 41 años, refleja estas diferencias: “Vivimos una pesadilla en Mpeketoni: las explosiones, los gritos de terror… Lo perdí todo y, además, me acusaron de estar detrás del ataque. ¿Por qué? Por ser musulmán en una aldea en la que casi todos son cristianos. Hubo muchas muertes y tenían que culpar a alguien de lo que había pasado. Muchos musulmanes tuvimos que abandonarlo todo y marcharnos”.

Khamis Nassor y su mujer, Mariam, en su casa de Lamu.

Khamis Nassor y su mujer, Mariam, en su casa de Lamu.

Khamis Nassor habla desde su casa, en Lamu, capital del condado que lleva el mismo nombre y del que también forma parte Mpeketoni. Se trasladó allí un par de meses después del atentado, acompañado de su segunda mujer, Mariam, y de sus dos hijos, Shadya y Mariam, de 3 y 4 años. “Tras el ataque, no me fue del todo mal –recuerda Khamis, con tristeza–. Perdí todo, sí; pero me dedico a la distribución de tarjetas telefónicas y todos querían ponerse en contacto con sus familiares que vivían lejos. Unos, para decir que estaban bien, que no les había pasado nada; otros, para pedir ayuda”.

Pero la precisión con la que los terroristas perpetraron el atentado hizo creer a los vecinos de la aldea que alguien debió ayudarles, indicándoles cómo y dónde atacar. El rumor se extendió con rapidez, hasta ser imparable; las conjeturas recayeron sobre la minoría musulmana que vivía en Mpeketoni y sus inmediaciones. Las sospechas dieron paso a las presiones y, poco después, a amenazas y agresiones.

“La situación pasó a ser insoportable”, lamenta Khamis, refugiado en Lamu, donde el 95% de la población es musulmana. Sentado sobre el sillón de su casa y con la mirada perdida, advierte que, detrás del pretexto religioso, la presión sobre él y su familia quizá se debió a otros motivos: “A los musulmanes que vivían en la calle, los más pobres, no les hicieron nada. Sólo nos echaron a los que teníamos recursos y dinero. Quién sabe si detrás del rumor que me ponía a mí detrás del ataque había viejas envidias. O quizá me señaló alguien que perdió todo y que quería quedarse con lo poco que me quedó. Allí abandoné mi casa y una caja llena de teléfonos móviles, mercancía de mi negocio”, argumenta, sin levantar la vista. “Si vuelvo ahora mismo, estoy seguro de que no queda nada de eso”, añade.

Con todo, Khamis promete regresar a Mpeketoni para retomar su historia donde la dejó: “Este es un país en el que hemos pasado por muchas dificultades, pero siempre nos hemos levantado. Somos guerreros”. Philip Githinji, jefe de la aldea, también augura un futuro feliz para sus vecinos: “Todos trabajan para seguir adelante. ¡Claro que hay vida después de un atentado así!”.

Euforia de la que no participa Lucy Wanjiku, viuda desde aquella noche de junio de 2014: “No puedo pensar en qué será de mí y de mis hijos dentro de un año si no sé qué comeremos mañana. Deseo que nadie más vea las máscaras con las que sueño todas las noches. Ya han destruido nuestra vida y nadie la va a reparar. Que nadie más pase por lo mismo. No quiero decir que más valdría haber muerto, porque no sé quién cuidaría a mis hijos, pero no imagina lo difícil que es sacar fuerza todos los días para vivir”.