HOMENAJE IMPROVISADO

Así se ha disparado la venta de banderas en Francia después de los atentados de París

Las fábricas y tiendas se quedan sin género y los balcones se llenan de la tricolor para derrotar al miedo.

Un triciclo turístico ante el Arco del Triunfo de París se une al homenaje.

Un triciclo turístico ante el Arco del Triunfo de París se une al homenaje. Reuters

París hondea la tricolor en ventanas y balcones. Un gesto de libertad y fraternidad en respuesta a la barbarie. Las fábricas de banderas multiplican su actividad y las tiendas de recuerdos del centro de la ciudad aseguran haberse quedado sin existencias.

Desde el pasado 13 de noviembre, los franceses improvisan formas de mostrar su indignación y proclamar la unión como respuesta a los atentados que se han cobrado la vida de 130 personas. Si en un primer momento los internautas instaban a sus compatriotas a través de las redes a perder el miedo a las terrazas, desde el comienzo de esta semana la unidad nacional se canaliza a través de la tricolor.

Bares, farmacias, comercios familiares... Las calles parisinas rinden homenaje a sus divisas. Libertad, igualdad y fraternidad ante el horror y la incomprensión, una iniciativa que se ha visto reforzada con las palabras del presidente de la República, que ha animado a los franceses a dotar de solidaridad a la bandera, y posar junto a ella en las redes sociales. El hashtag propuesto: #FiersDeLaFrance (Orgullosos de Francia).

“VENGA DENTRO DE DOS HORAS”

Yves trabaja en Panam Bijoux, una de las innumerables tiendas de recuerdos que rodean el Louvre por la calle Rivoli. Cuenta que después de los atentados de enero, para la movilización republicana post-Charlie Hebdo, también se quedó sin existencias de la noche a la mañana. “Cuando juega Francia (un partido de) fútbol también se nota, la tarde de antes. Pero esta vez he tenido que hacer pedidos a tres fábricas diferentes”. Una pareja entra y le pregunta si quedan banderas. “Venga dentro de dos horas, por favor. Estoy esperando dos pedidos. Con el homenaje nos hemos quedado sin nada. Lo siento”.

Se refiere al homenaje a las víctimas celebrado solemnemente este viernes en París. Cuenta que también hay más ventas de figuras de la emblemática Torre Eiffel, especialmente cuando no pueden llevarse la tricolor. “Los días siguientes a los atentados nos asustamos, esta calle estaba vacía. El Museo del Louvre cerrado, y los turistas, directamente no venían”, explica el vendedor. “Lo que ha pasado tiene un impacto en la economía, en los negocios, es evidente. Es lo que buscan”.

Los balcones de París se inundan con la tricolor.

Los balcones de París se inundan con la tricolor. Reuters

Un cliente se acerca al mostrador con dos delantales que llevan impresa la bandera tricolor. Interviene: “Bueno, también ha tenido un impacto en el comportamiento de la gente. No íbamos a quedarnos escondidos en casa eternamente”. Se llama Sylvain, tiene 41 años y asegura que compra los delantales porque quiere poner la bandera en su balcón como todo el mundo. “Recortaré la tela tricolor y las uniré para tener una bandera. No sé coser muy bien pero con cuatro o cinco imperdibles... Y si no, me los quedaré tal y como están, de delantales. El gesto es lo que cuenta”. El vendedor ríe y asiente.

A Sylvain, como a muchos jóvenes franceses, le ha faltado un momento de concentración. Mientras sale de la tienda con sus adquisiciones cuenta orgulloso: “Fui de los primeros en llegar a République después de los atentados en Charlie Hebdo. Creamos una manifestación completamente espontánea, dijimos 'no' a la barbarie”. En esta ocasión, la prohibición por parte del Gobierno ante el riesgo de nuevos atentados ha impedido que la escena se repita. Lo entiende, dice. “Las banderas para mí son eso, una forma de defender nuestra libertad sin poner en riesgo nuestra seguridad ahora mismo, una manera de decirles a esos salvajes que no vamos a entrar en su juego”.

Sylvain también confiesa que como todos, tiene miedo de lo que está por venir. “Pero hoy no es el momento de eso, es un momento de unión”, cuenta. “Todas esas familias que han perdido a un hijo, a un hermano... Las banderas son para ellos, o al menos yo lo veo así. Para decirles que no hemos podido salir a la calle como nos hubiese gustado, pero les apoyamos y defendemos la libertad por ellos. Y no solo el día del homenaje nacional”.

Recuerda que lucir la bandera no siempre ha sido visto en Francia como un signo de patriotismo. Habla de Marine Le Pen. Piensa que la extrema derecha ha confiscado la tricolor. “Me acuerdo de que en 2007, se armó un buen lío porque la socialista Ségolène Royal dijo en un mitin que los franceses debían apropiarse de sus colores, que comprasen banderas y las colgasen orgullosos en las paredes de sus casas”. Explica que muchos políticos de izquierdas criticaron sus palabras. “Los mismos que hoy llaman a la unidad nacional”.

Sylvain confiesa que nunca ha tenido la tricolor en casa. No le encontraba sentido. “Pero soy de los que piensan que una bandera tiene el significado que la historia le da”. Sonríe y asegura que está muy orgulloso de los gestos de solidaridad de los que ha sido testigo tras los atentados. “Cuando fui a donar sangre el sábado por la tarde al centro médico de mi barrio, había filas de dos horas. ¡No pude donar sangre!”. Levanta las cejas en un gesto de incredulidad. "Ésa es la Francia que me gusta ver. Tenemos motivos para sentirnos orgullosos de nuestros colores”.

En la misma calle Rivoli, junto al Ayuntamiento, varios vendedores ambulantes han abandonado las torres por las banderas. “Diez euros la grande, cinco euros la pequeña”. Los que llegan con las manos vacías de las tiendas cercanas al Louvre, intentan sin éxito regatear el precio.

Un hombre sostiene banderas junto a la Plaza de la République.

Un hombre sostiene banderas junto a la Plaza de la République. Reuters

“HEMOS TRIPLICADO LA ACTIVIDAD”

La fábrica de banderas Doublet situada en Avlin, al norte del país, ha visto su actividad dispararse en menos de dos semanas. “Desde el 13 de noviembre, la demanda aumentó considerablemente. Pero el gran cambio llegó con la petición de François Hollande”. Marie Ledet, responsable de comunicación de Doublet, se refiere al comunicado emitido por el presidente de Francia el pasado miércoles, en el que instaba a los ciudadanos a mostrar su orgullo por la tricolor como homenaje a las víctimas del atentado de París.

“Normalmente, terminamos el mes habiendo vendido entre 3.000 y 5.000 banderas”, explica. “Vamos a acabar noviembre superando las 15.000”. Subraya además que, desde que el Ejecutivo animó a los franceses a colgar sus banderas en las ventanas, se han disparado los encargos de particulares, que optan por acudir directamente a la web de la empresa, ante la ruptura de stock en tiendas.

En Argentan, Normandía, la fábrica de banderas Borney S.A confiesa estar “desbordada” desde hace tres días. Philippe Peigney, director comercial de esta empresa de 45 trabajadores, explica que no es un gesto únicamente parisino, y que los ciudadanos normandos han optado incluso por desplazarse en coche hasta la misma fábrica con la finalidad de adquirir la tricolor sin intermediarios.

“Esto no ha pasado nunca. El teléfono no para de sonar. Nuestra actividad se ha visto multiplicada por 8, quizá por 10 al acabar el día”. Peigney explica que los trabajadores de Borney están más acostumbrados a crear y distribuir banderolas publicitarias que a imprimir la tricolor. Desde que Hollande hizo el llamamiento por la unión nacional, la demanda ha sido siempre la misma: “La gente solo quiere la tricolor”. Pero en la fábrica no se atreven a vaticinar la duración de este patriotismo. “Quizá se acaba mañana, el lunes, quién sabe. En cualquier caso la gente quería tener la bandera para el día del homenaje a las víctimas, y nos lo han hecho saber”.

FRATERNIDAD

“No es nacionalismo, es patriotismo. Cada uno le da a la bandera el significado que quiere, pero hoy tenemos que estar más unidos que nunca”, dice Gérard, con banderas tricolores en una bolsa de plástico transparente en la puerta de una boutique de recuerdos junto al Louvre. “He recorrido toda la calle Rivoli para comprar estas tres. Una para nosotros y dos para nuestros hijos”.

Para este jubilado parisino la bandera tiene el mismo significado que salir a las terrazas, pero es menos peligroso, dice. “No solucionamos nada, porque las víctimas están ahí, pero reconforta, esto reconforta mucho”. Su mujer asiente. “Es una forma de demostrar que estamos juntos en esto, que la fraternidad existe y no es solo una frase hecha”.

Ambos están de acuerdo: los atentados del 13 de noviembre han cambiado algo en las conciencias de los ciudadanos. “Aunque no haya una manifestación multitudinaria como la de enero, la gente defiende su libertad así, con gestos pequeños”, explica. Zarandea la cabeza de un lado a otro: “Es terrible lo que está pasando. Yo siento mucha impotencia”.

Todas las soluciones valen para tener una bandera en el balcón.

Todas las soluciones valen para tener una bandera en el balcón.

Sarah espera su café en el bar Le Gribouille. Tiene 29 años y trabaja en un gabinete de Cooperación Internacional. Dice que sus compañeros han imprimido la tricolor en varios folios y los han colgado en el despacho. “Nos pareció que el gesto era el mismo, pero visualmente más sutil que una bandera de tela”, explica. “Es raro, pero veo más amabilidad en el trabajo, en el metro... Por una vez la fraternidad está ahí de verdad. Es triste que haya tenido que pasar algo así para relativizar los problemas del día a día y mostrarnos más solidarios entre nosotros”.

El 13 de noviembre Sarah regresaba de cenar con su marido y su bebé de ocho meses. “Vivimos en frente de la parada de metro Charonne”, cuenta. “No hace ni un mes que nos mudamos aquí. Al volver de cenar, mi marido quería ir a comprar cervezas a un local que tiene todas las marcas imaginables y cierra bastante tarde. Está a quince metros de la terraza La Belle Equipe”, recuerda. “Le dije que ya habíamos quedado el sábado con amigos, que podía esperar al día siguiente”.

Al llegar a casa, escucharon ruidos que les parecieron de petardos. Después, llamadas de sus amigos y conocidos hasta las tres de la madrugada. “Mi marido ha perdido a un amigo. No podemos ir al homenaje porque solo asisten los familiares, así que a nuestra manera le mostramos que estamos aquí”.

Sarah explica que a su marido le gusta mucho el fútbol y suele ir al estadio, por lo que no han notado las faltas de stock de las banderas. “Tenemos un par en casa”, cuenta. “De hecho, ya están colgadas desde la mañana siguiente a los atentados. Es un gesto de fraternidad. Es lo mínimo que podemos hacer, decorar la calle, demostrar que estamos unidos y que somos libres a pesar de todo”.

Cuenta que es un símbolo al que no hay que buscarle más significado que el de la unión nacional. “¿Qué hay de malo en estar orgulloso de tu país? Al fin y al cabo todos esos jóvenes asesinados, lo único que hacían era ser libres y pasar un buen momento entre amigos, algo que por suerte podemos, y debemos seguir haciendo en Francia”.

Matiza que sentirse orgullosa de Francia no conlleva comulgar con todas las decisiones políticas. “Es un error pensar que somos de izquierdas o de derechas. No me parece que atacar Siria sea una solución al problema que vive Francia hoy, no creo que sea una buena decisión, pero eso no tiene nada que ver. Ahora es el momento de salir a la calle, seguir viviendo igual que antes y sentirnos orgullosos de ser franceses”.

En cuanto al siguiente paso a dar después de mostrar unidad ciudadana, Sarah se encoge de hombros: “Creo que todos somos nuevos en esto, así que improvisamos...”

Homenaje a las víctimas del 13-N

Homenaje a las víctimas del 13-N Reuters