París, viernes 21:20 horas

“Tocados pero no hundidos”

*Kiko Herrero, personaje emblemático de la movida madrileña y finalista del premio Goncourt con su primera novela 'Arde Madrid' (Sexto Piso), es también vecino del barrio parisino en el que tuvieron lugar los atentados. Este viernes por la noche a la misma hora que comenzaron los disparos recorrió para EL ESPAÑOL los lugares de los hechos.

Viernes 20 de noviembre. Cinco de la tarde. Salgo a pasear por mi barrio. Como muchas veces, bajo por el Canal Saint Martin, esa arteria fluvial que desciende desde los barrios del norte de Paris, se despliega en curva de ballesta en torno al Estadio de Francia y deriva por el Este hasta desembocar en el Sena. El Canal Saint Martin, eje del Paris multicultural y de la tolerancia. El Canal Saint Martin, hoy eje de la masacre y de la muerte. Camino por su orilla. Le doy un cigarro a unos mendigos del Este que viven debajo de un puente. Seguro que no se han enterado de nada. La terraza de la sala de conciertos Point P está vacía. Delante, dos cocineros pakistaníes fuman en silencio.

Subo por la calle de Alibert entre dos edificios HLM (casas de alquiler moderado) construidas para familias humildes y en general de origen extranjero. Llego al cruce donde se encuentran, frente a frente, el restaurante Le Petit Camdboge y el café Le Carillon. Aquí cayeron quince, y diez están en estado de urgencia absoluta. Negras siluetas se recortan en las últimas luces del día que rebotan en el muro del hospital Saint Louis. Este hospital siempre me ha dado miedo. Parece un castillo de brujas, con sus torres de ladrillo, sus tejados puntiagudos de pizarra, con ese muro que le rodea y que más bien parece una muralla. Todo es silencio. Contraluz y silencio. Estoy mudo. Nadie habla. Una niña negra enciende una vela y pregunta a su madre en un francés perfecto: “¿Por qué los han matado?” Silencio. La madre se agacha y sienta a la niña sobre sus rodillas.

El café Le Carillon.

El café Le Carillon. Reuters

Estamos en corro delante del amontonamiento de flores, mensajes, fotos, poemas y dibujos que después de la lluvia de ayer forman una masa compacta en descomposición. Una joven de origen árabe, guapísima, fotografía con su teléfono los impactos de bala que cubren las paredes del Carillon. Este café forma parte de un hotel vetusto, de los que el ayuntamiento contrata para alojar a gente sin hogar. Los coches, al pasar, quisieran hacerse más pequeños. Algunos pitan en signo de solidaridad. Los presentes, con la cabeza gacha, fruncen el ceño. El silencio es devastador. La gente se coge la mano. Un joven de unos veinte años llega con una rosa. Se agacha, la deposita y llora en silencio.

Bajo de nuevo hacia el canal. Un periodista de habla inglesa, con una cámara de vídeo en la mano, sube la calle acompañado de su intérprete. Un padre con su hijo, embozados en un chal, salen de una guardería. En una esquina, pegadas contra la pared, dos chicas de pelo corto se abrazan y lloran discretamente. En los jardines que bordean el canal los jardineros amontonan las hojas de los árboles que por fin se han decidido a caer. Ha sido el mes de noviembre más cálido de la historia y el otoño se confundía con una primavera eterna y preocupante. Un último rayo de sol consigue infiltrarse entre las nubes y tiñe de rosa los troncos de los árboles como en un cuadro de Cézanne. Pasa un barco, una péniche cargada de arena. Las compuertas de la esclusa del canal se van abriendo dejando pasar el agua y alzando la péniche. El paso a nivel del puente organiza un atasco de coches, peatones, ciclistas y hasta un señor en silla de ruedas.

Desde el puente contemplo las aguas del canal. En las aceras, bicicletas de colores con cestos de mimbre y sombrillas. Sentados en un bordillo, un grupo de estudiantes bebe y come en silencio. Recuerdo las noches de verano al borde del canal: cientos de jóvenes organizan cenas, instalan manteles e invaden sus orillas creando un festivo alboroto. ¿Cuántos meses habrán de pasar para que vuelvan? Cruzo el puente de metal tras una señora medio ciega, gorda, en chanclas, que baja una por una las escaleras. Apoyada en una esquina, una mendiga yonqui aprieta un perrito entre sus brazos.

Ciudadanos homenajeando con flores a las víctimas en la République

Ciudadanos homenajeando con flores a las víctimas en la République Reuters

Cae la noche. Llego a la plaza de la République. La estatua de bronce de la República, oscura, colosal, alza su antorcha hacia el cielo. A sus pies, en el pedestal de piedra blanca, tres alegóricas estatuas representan la Liberté, l’Egalité y la Fraternité. Furgonetas de televisiones del mundo entero, con antenas parabólicas en sus techos, ocupan la mitad de la explanada. Los periodistas esperan no se sabe qué. Han montado toldos y toman café y cerveza sentados en sillas plegables. Veo a un grupo de reporteros españoles y los saludo. “Soy de Zamora, yo de Bilbao, yo de Madrid…” Nos reímos un rato. Parecen cansados.

La Policía tiene cercada la plaza pero deja a la multitud reunirse y recogerse. Un bonzo vestido de naranja, con una pancarta llena de inscripciones de amor y paz escritas en todas las lenguas, marca la cadencia con un pandero gigante. Gente de todo tipo sube y baja, se para, reza, se agacha, enciende una vela. Una chica rubia muy parisina se ha sentado como una sirena encima del león de bronce y con los ojos cerrados da cara a los focos que iluminan el monumento. Los fotógrafos profesionales se la pelean. Señores con perro, un gordo con maleta de ruedas, turistas, gente en bicicleta, mujeres con pañuelo musulmán… Una pareja de chicos se besa. Seguro que no son de aquí. A la derecha de la estatua, unos adolescentes hacen skateboard, brincan, saltan, se caen, se ríen. Un grupo de transeúntes ha hecho un corro y los mira. Alrededor de una barrera, dos jóvenes negros hacen pintadas con gran arte. La plaza de la República se ha convertido en un parque de atracciones medieval, en una villa de peregrinación.

Una pareja se abraza durante una ceremonia homenaje frente a Bataclan.

Una pareja se abraza durante una ceremonia homenaje frente a Bataclan. Reuters

Me dirijo por el Boulevard Voltaire a la sala de conciertos el Bataclan. Mucha gente sube por el bulevar como si fuera a un concierto o a una manifestación. Paso delante de un señor corpulento con enorme barriga. No es que suspire sino que muge expulsando baba en una descompresión de cachalote. A las puertas de un albergue para inmigrantes, tres árabes discuten apasionadamente. Parecen preocupados. Me tomo una caña en un bar turco, auténtico, como los de Berlín, con empanadillas de espinacas y queso de cabra. Detrás de la barra aún hay fotocopias con las caras y los nombres de ciertos desaparecidos. En las terrazas hay poca gente. Los que las ocupan, casi niños, ríen a carcajadas, beben y, conscientes de lo que representan, sobreactúan el papel de jóvenes resistentes. Ya diviso la esquina del Bataclan: más camionetas de televisión, más curiosos, más policías. La fachada del Bataclan está sumida en la oscuridad más absoluta. Delante, dos autobuses de policía forman una barrera infranqueable. Coronando el edificio, una media luna creciente aparece y desaparece entre las nubes que esta noche parecen tener más prisa. Debajo de una pequeña carpa, un pianista toca música de ascensor.

Un pianista rinde tributo a las víctimas con su música cerca de Bataclan.

Un pianista rinde tributo a las víctimas con su música cerca de Bataclan. Reuters

El despliegue de periodistas es descomunal. Hay tanto lío que es imposible pasar. Desde la calzada tomo la medida del espectáculo: quinientos metros de flores, velas y altares ocupan el centro del paseo; una hilera de periodistas ha instalado focos, trípodes y cámaras; la multitud va y viene, se abraza. Parece un día de feria, un cortejo macabro, un mercadillo de Navidad. Un grupo de jóvenes de aspecto indignado despliega una bandera francesa de diez metros de largo y la hace ondear mientras cantan –muy mal– la Marsellesa. La gente hace fotos de todo, de cerca, de lejos, de la bandera, de los que lloran, de los que rezan, de las flores por el suelo, de los rastros de sangre cubierta por serrín... A nadie le extraña ni le molesta. No hacen fotos para guardar un recuerdo sino para poderse creer lo que están viendo. Una clocharde (una mendiga), con una falda larga de terciopelo, una gabardina y una pamela, empuja un carrito de niño lleno de cacharros. Se para, enciende una vela, coge del suelo varias rosas marchitas y sigue su camino. La multitud la ametralla con sus cámaras. Me dan ganas de sacar mi teléfono y fotografiarlo todo también. Hoy las cosas toman una dimensión especial. Me retengo. Ya hay bastantes imágenes de la catástrofe. Ya tenemos bastante con las televisiones que retrasmiten en bucle hasta las más ínfima noticia.

Hoy, a la misma hora, a las 21h20, hace una semana, los yihadistas empezaban la matanza. Pero París es una Torre de Babel que no está dispuesta a derrumbarse así como así. Desde hace décadas, la ciudad ha vivido varias olas de atentados: la de la guerra de Argelia en los años 60; la del 86; la de la “semana negra” del 95. Los parisinos conocen bien el soplo de la violencia del Oriente Próximo. Superarán esta nueva ola y las que quedan por venir. Los parisinos, arrogantes, impacientes, vuelven a ir por las calles deprisa, empujándose los unos a los otros, con caras de enfadados. El parisino está constituido de caucho, inusable, indestructible, a prueba de bombas –y nunca mejor dicho-. El pueblo de Paris ha visto muchas tragedias y llorado muchos muertos. ¡A París no lo para ni Dios! Su emblema representa a un barco en la tempestad. Su lema dice: Fluctuat net mergitur – Tocados pero no hundidos.