Atentados en París

París combate al EI brindando

Calle Charonne. El viernes, dos terroristas asesinaban a sangre fría. Tres días después los parisinos beben por la libertad.

Los habitantes de la capital se manifiestan en las terrazas.

Los habitantes de la capital se manifiestan en las terrazas.

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Los atentados que golpeaban París el pasado 13 de noviembre arrebataban la vida de 132 personas y dejaron tras de sí más de 300 heridos. En total, cerca de quinientas vidas rotas y un aviso sin precedentes en suelo francés: disfrutar de un partido de fútbol, reunirse alrededor de un buen grupo de música o beber una cerveza en una terraza un viernes por la noche puede costarnos la vida.

“Nos ha faltado un momento de encuentro”

Tras el luto, el contraataque. “París es esto. Es esto”, me dice Mathias levantando una pinta de cerveza. “Es martes y mire cómo llueve. Hoy ni siquiera hubiese salido a tomarme algo, porque mañana trabajo. Pero es importante llenar las terrazas hoy más que nunca”. Coralie le interrumpe con gesto emocionado. “¿Qué estamos haciendo? No es nada malo estar aquí. Han tocado mi barrio, a gente de mi edad. Es falso decir que no tenemos miedo. Claro que tenemos miedo”. Respira. “Pero hay que seguir viviendo”. Su novio apunta: “Creo que nos ha faltado un momento de encuentro entre todos. Sentirnos cerca, no sé”. El gobierno de Hollande lo prohibió el 14 de noviembre, considerando que las concentraciones en la vía pública constituían un riesgo real en el contexto de amenaza que vive el país. Las terrazas son una vía de escape. Un lugar multitudinario en un espacio reducido.

La actitud de esta pareja, en Pause Café, un martes por la noche, es una máxima en la calle atacada el pasado viernes. Pasan dos chicas en bicicleta. Un hombre aparca su moto en la puerta del café de en frente. No hablan de los atentados. Es la forma que la capital francesa ha encontrado de esquivar la prohibición de manifestarse, rindiendo homenaje a su vez a quien perdió la vida a escasos 200 metros de ahí, en el café La Belle Equipe.

“¡Que les den a los fanáticos!”

La calle Charonne concentra un crisol de culturas con una rica vida de barrio. Pastelerías, estancos, boutiques y bares. Muchas de las caras que se ven hoy en estas terrazas estaban se concentraban ayer ante el bar atacado por Daesh, pero el ambiente hoy es otro. No hay llanto, a pesar de que todo el mundo conoce a alguien que ha perdido a un amigo, a un hermano, a un vecino.

Mathias es técnico de sonido. Iba a clase con la regidora del Bataclán, asesinada el viernes. “Me gusta esta iniciativa de ocupar las terrazas. Creo que a todos nos viene bien salir, dejar a un lado la televisión, las falsas alarmas en el metro... A mi compañera de clase la mataron por hacer lo que más le gustaba en el mundo. Si dejamos de hacer lo que nos apasiona, los terroristas tendrán lo que quieren”. Tres chicos le escuchan en la mesa de al lado y asienten. Levanta una copa de vino blanco. “Que les den a los fanáticos. Están frustrados”. Todos sonríen y levantan el vaso. Se les ve relajados.

Justo en frente, Starvin Joe, la exitosa hamburguesería del barrio no da abasto. El camarero es muy parisino: algo cerrado al principio, extremadamente amable cuando los clientes se convierten en habituales. Esta noche sonríe a todos. “¿Todo bien por aquí?”, pregunta un cliente antes de hacer su pedido. “Trabajando mucho. Es lo que hay que hacer”. El joven le da la razón. “Hay como una necesidad común de pasar página, ¿verdad?”. Asiente. “Es que si no, esto va a ser imposible...Dime, ¿qué te pongo?”

“Están logrando el efecto contrario”

La iniciativa #OccupyTerrasse busca combatir sin armas la barbarie cometida en París un viernes cualquiera. Aunque se ve reforzada con la apertura de teatros este martes, lo cierto es que la mañana siguiente a los ataques París continuaba su rumbo. “Yo salí el sábado a desayunar. ¿Pretenden que me quede en mi casa viendo por la tele lo peligrosos que son?”, me dice una chica con acento italiano en la terraza de Paul, también situada en Rue de Charonne.. “Eso sí, lo único que echo en falta es una manifestación, como la que tuvimos con Charlie Hebdo. En esta ocasión todavía sería más emocionante, porque en enero mucha gente no era Charlie. Hoy todos somos París, y eso que yo no soy ni francesa”. Sonríe. Después recapacita. “Pero comprendo el riesgo de concentrarnos todos en la misma plaza con lo que está pasando ahora”.

Eso sí, para esta joven enfermera de 29 años renunciar a sus salidas habituales no está dentro de sus planes. “Si me matan por tomarme una cerveza, por lo menos habré vivido libre. Creo que todo el mundo debería reaccionar así, aunque al principio tengamos miedo”. Una pareja con un bebé sonríe. La madre me mira. “Yo pensaba como ella hasta hace 8 meses, con los ojos cerrados. Ahora no puedo reaccionar así. Ser madre desarrolla este instinto primitivo de protección. Hoy estoy aquí, porque es un símbolo, porque no hemos podido ir a una plaza a unirnos ante el dolor. Pero no sé si podré seguir llevando la misma vida que llevaba antes”. La chica italiana salta en seguida. “Pues entonces habrán ganado ellos, señora”. La madre ya no responde. Sabe que tiene razón, se encoge de hombros y hace un gesto mirando al bebé.

Hay ruido de cubiertos y cierta complicidad entre desconocidos. “¿Os conocéis?” pregunto a dos mesas separadas de dos metros que terminan una conversación. “No. Bueno, hace cinco minutos”, me responde un hombre de unos cuarenta años, mirando a las desconocidas. “Esto es lo bonito de la historia. Que están logrando el efecto contrario” Una de las dos chicas de al lado se ríe y dice en voz baja a su amiga: “Si, ¿eh? Yo no he dicho tantas veces 'te quiero' a mi madre en mi vida”.

Teatro, cine, humor

Después de cenar en el bistrot Paul, las dos chicas van a ir al Teatro La República, en la mítica plaza por la que cientos de jóvenes huían el pasado viernes de los ruidos de bala. “Hace más de un mes que compramos dos entradas reducidas del Comte de Bouderbala. Llevan dos años hablándome de su monólogo”. Hablan de un humorista que retoma su actividad hoy después del cierre por seguridad de teatros y museos. Su one-man-show es un desternillante derroche de sarcasmo en torno a la religión y los estereotipos racistas. “Yo creo que va a ser raro para él hablar de esto esta noche, pero todos tenemos esa responsabilidad. Volver a lo de antes”. Cuando le pregunto si cree que la sala estará vacía, fuerza una carcajada. “Me extrañaría muchísimo. Nosotras vamos con otros tres amigos, y toda la gente de mi entorno va a hacer algo hoy. ¡Mi padre va a ir al cine de la estación de Lyon a ver la nueva de James Bond!”. Me mira y zarandea la cabeza. “No van a ganar esta batalla. París es París por esto, porque cuando tenemos ganas de comer, comemos. Yo soy bastante hogareña, pero no me causa ningún problema forzarme a salir si es por esta causa”.

En esa misma calle, haciendo esquina, el Café de la Fontaine tiene colgada en la cristalera su menú del día. Tartiflette y ensalada, 11,90 euros. La terraza es discreta, solo tiene seis mesas acopiadas las unas junto a las otras. No todos los que están fuera son fumadores, pero han preferido la terraza. Un hombre de más de cincuenta años se ha decantado por el Croque Monsieur, un sandwich gratinado de jamón con queso. “Pues mire, no sabía lo de la iniciativa de venir todos hoy. Yo ya salí el sábado. Es atroz lo que intentan hacer. ¿Es una guerra? No lo sé. En todo psicológica, y esa es la que tenemos que ganar”.

Francia quiere olvidar. Las terrazas del barrio reúnen a veinteañeros con sus maletines de trabajo, pero también a hombres y mujeres de entre treinta y cuarenta años. No hay muchas familias, aunque sí parejas jóvenes con sus recién nacidos. Marga me cuenta que fue a la puerta del Bataclán con su hijo el sábado después del atentado. “No es éste el mundo que quiero para mí ni para mi hija. Me gusta pensar que está conmigo en esto. Solo tiene dos años pero tiene que acostumbrarse desde pequeña a discernir el bien y el mal, y a escoger causas por las que luchar”. Mira a su hija. La niña tiene un gorro rojo que le tapa las cejas y sonríe con una cucharilla en la mano. “¿Usted qué haría?”, me lanza.