Globetrotter

La taxidermia más bella del mundo está en París

“No son muñecos, son personajes”. La regañina permanece fresca en mi memoria tal y como la recibí de boca de la compañera que se ocupaba de la prensa en Eurodisney, una fría mañana de invierno, cuando avisaba a mis chiquillos de que estaba a punto de aparecer en el Bistrot Chez Remy un señor vestido de Pluto y otro del Capitán Garfio, repartiendo caramelos.

Entonces pensé, malhumorado, que se trataba del estricto código de comportamiento que la compañía exige a sus empleados, periodistas incluidos. Pero al poco alcancé a entender que la animación distingue perfectamente entre un peluche, y un personaje. La diferencia es la animación.

Rememoro la anécdota en la puerta de embarque del aeropuerto de Orly, rodeado de familias rumbo a Madrid, con los pequeños enterrados en “merchan” y me quedo con ganas de sugerir, megáfono en mano, lo que ahora les escribo. Si van a París, al menos unas horas, hagan hueco y no dejen de visitar Deyrolle, la taxidermia más bella del mundo.

Fundada en 1831 por Jean Baptiste Deyrolle, en sus inicios centrada en el delicado arte de la entomología, pronto entró en severa competencia con el negocio de los hermanos Verreaux, que desde Montmartre dominaban un sector en apogeo por el crecimiento de los viajes transoceánicos. La casa vivió años de gloria cuando el nieto del fundador comenzó a editar libros de fauna y flora, cuyas láminas, vintage o reproducciones, todavía hoy pueden comprarse en el local que aún no se había establecido en la ribera izquierda del Sena donde lo puede usted visitar en la actualidad.

Interior de la tienda.

Interior de la tienda. Flickr

Es conocida la anécdota de Dalí –Amanda Lear la recoge en el libro que rememora sus años junto al pintor- que cuenta cómo encargó una jirafa (Giraffa Camelopardalis) que mandó enviar al hotel Le Maurice. Como el ampurdanés nunca llevaba dinero, los empleados de la taxidermia hubieron de enfrentarse al famoso carácter de Gala cuando reclamaron la factura desde la recepción con el mamífero.

El rechinar de la madera bajo los pies del viajero dispara la máquina del tiempo. Nada de peluches. Pura taxidermia, llevada hasta un extremo difícil de imaginar, recuperada con esmero por el nuevo propietario Louis Albert de Broglie, que rescató la casa de años oscuros, rematados por un incendio voraz que calcinó el local en 2008 y la llevó hasta las viejas pupilas de Woody Allen, que la inmortalizó ante las cámaras en la romántica Midnight in París.

Niños grandes, resistan los influjos de Eurodisney y entre montaña rusa y montaña rusa, acompañen a suspequeños a Deyrolle. Pero recuerden. Está prohibido tocar. Se ruega, y no es poca cosa, imaginar.

Deyrolle (46 de la rue du Bac).