ACOSO ESCOLAR

Víctimas del acoso escolar: culpa, vergüenza y silencio

Belén, Lola y Dani cuentan lo que les pasó. Analizan los fallos del sistema, proponen herramientas y animan a salir de una pesadilla que afecta a 1 de cada 4 menores escolarizados en España.

Belen se cubre para no ser reconocida en la imagen

Belen se cubre para no ser reconocida en la imagen

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Cuando la madre fue al cuarto a despertarle por la mañana para ir al colegio, no encontró a su hijo en la habitación. Una nota en el escritorio y la ventana abierta. Había saltado al vacío.

Un niño de 11 años se suicidó el miércoles 14 de octubre en el municipio madrileño de Leganés. En la nota pedía perdón a sus padres y decía que no quería ir al colegio. La investigación continúa abierta, por lo que aún se desconoce si se trata de la última víctima mortal por acoso escolar en España.

En mayo de este año, también en Madrid, Arancha, de 16 años y discapacitada, se arrojó por el hueco de las escaleras de su casa. Antes envió un whatsapp a sus amigas en el que decía que no tenía ganas de vivir. En 2013, Carla, 14 años, saltaba desde un acantilado al cantábrico en Gijón.

Su historia la van a contar ellos. Víctimas del acoso escolar. Personas que hoy tratan de darle la vuelta a su mala experiencia, sentando las ideas fundamentales y creando herramientas eficaces para ayudar a los niños y adolescentes que sufren bullying. Personas que nunca olvidarán el día que, al ser señalados por el dedo de un compañero, les cambió para siempre. Su historia, la de las niñas y niños acosados en el colegio, la van a contar ellos.

BELÉN

Belén colabora con una de las principales asociaciones que lucha contra el acoso escolar en nuestro país, No Al Acoso Escolar (Nace). Quiere dedicarse al apoyo a las víctimas cuando acabe Psicología. Es madre de un niño que aún no va al colegio. Hace ya 23 años, cuando tenía 12, la persiguieron hasta casa para pegarle una paliza. Corrió tanto que no la pillaron.

“Esto es algo tan antiguo como el hombre. Un sistema de liderazgo en el que uno ejerce un poder y una opresión sobre el resto. Todos nos acordamos de alguien con el que se metían por algo, en el colegio, en el instituto, en la Universidad. En todos pasa. Pero si no sabemos o no queremos identificar el problema como tal, como acoso escolar, es difícil actuar.

La gente no sabe que el acoso escolar es un problema social y los colegios no lo quieren reconocer. Se oyen casos, se oyen muertes, pero nadie toma medidas. Los colegios no quieren un estigma como tal: 'En mi cole hay bullying'. Da muy mala publicidad. 

Mi caso es atípico. Ocurrió a finales de 1992. Yo tenía 12 años. Sucedió de la noche a la mañana. Yo era una niña normal, feliz, sin trauma, ni complejo, ni defecto físico con el que meterse. Todo lo contrario: era la niña mona, rubita, con ropa de marca y muy estudiosa. Creo que ese fue el detonante para ser el objetivo. Porque lo que tiene el bullying es que va contra el diferente, tanto para lo bueno como para lo malo.

Yo tenía un buen grupo de amigas donde todo iba bien hasta que surge un grupo macarra al que le da conmigo. No hay más. No hay que buscarle más explicaciones. Le da conmigo. Ahora veo clara está simplificación pero tarde muchos años en aceptarla.

Empezaron a insultarme. Me insultan siempre cuando no hay gente con autoridad delante. Insultos en los pasillos, en el recreo, incluso fuera del cole. El punto más traumático llega el día de reyes de 1993, en el que me rodean para darme una paliza. En un despiste consigo escaparme corriendo, vienen detrás de mí, pero me da tiempo a entrar en casa y me libro de la paliza. Se cuelan en mi urbanización, destrozan la escalera y me pintan las cuatro letras en la puerta de mi casa.

Es el grupo del acosador, los macarras de turno que le apoyan y casi todas mis amigas. Se han unido a ese grupo en contra mía. Te quedas sin amigas de la noche a la mañana sin saber por qué. Hay una excusa, un detonante, una mentira. ‘Quiero ir a por esta porque le tengo manía’. Porque me tocó a mí y ya está.

Después de esto tú tienes que volver al cole, encontrarte con las que eran tus amigas, con el grupo de macarras y esperar a que llegue la hora de la salida, en la que intentan pegarte todos los días. Vives con miedo. Primero de que en el cole te la líen, porque siguen insultándote constantemente. ‘Eres tal’. Así, a la cara. A las bravas. Y miedo a la salida porque te van a pegar: ‘oye, que vamos a por ti’, te dicen claramente.

Esto duró todo octavo, ahora segundo de la ESO. Un año. Por eso digo que es atípico, porque no duró mucho. Luego, afortunadamente, con el cambio al insti, esa gente ya no estaba.

Las secuelas perduran para siempre. Yo me acuerdo todos los días y me joroba tanto que me haya pasado. Me he cortado las alas: ‘frena, no llames la atención, no vaya a ser que…’.

Mis padres no se enteraban de nada. A partir del incidente de reyes yo no comentaba nada en casa porque no quería dar problemas. Me lo comía sola. ‘La culpa la tengo yo por llamar la atención, por ser como soy’, me decía. Tienes que explicarte el mundo según te está ocurriendo y sólo tienes 12 años. Recuerdo que ese verano me lo pasé entero llorando.

El cambio al insti ayudó, pero también que les daría por otra persona. Empiezan a meterse con otro y me dejan a mí. Ahí terminó todo. Después de muchos años y con ayuda de un psicólogo, he entendido que no era un problema mío. Es del acosador. Estamos hablando de una persona que disfruta haciendo daño, un daño que acaba cuando empieza con otro.

Los profes tampoco se enteraron absolutamente de nada. El profesor tiene línea directa con el problema. Lo primero es la observación, aunque las víctimas se lo gestionan de tal manera que a veces es muy difícil darse cuenta. Otro de los indicios puede ser una bajada del rendimiento escolar, que en mi caso no pasó. Hay veces que es mucho más evidente, sobre todo hoy en día con el ciberacoso a través de Whatsapp, Facebook o Twitter, que son 24 horas metiéndose contigo. 24 horas sufriendo.

Ningún compañero me ayudó. Todos intentan, o no posicionarse, para que no me ocurra a mí lo que le está ocurriendo a él, o toman partido del lado del fuerte. Nadie me defendió. Y para el cole no existió. Si me cruzo con algún profe por la calle y les cuento lo que pasó, no se lo creerían. Nadie. No. ‘Esto ha pasado y no os habéis enterado, qué injusto’. Esta sí es la espinita que se te queda. Y ya hace más de veinte años.

Las secuelas perduran para siempre. Yo me acuerdo de esto todos los días y eso que sólo fue un año. Me joroba tanto que me haya pasado. Porque creo que el potencial que yo podría haber desarrollado en mi vida personal y profesional se quedó estancado. Me he cortado las alas: ‘frena, no llames la atención, no vaya a ser que…’.

Me condicionó a la hora de ser más desenvuelta, más decidida, más segura, de comerme más el mundo. A lo mejor habría elegido otra carrera, habría tenido otra visión de la vida, podría haber sido una persona más fuerte que se hubiera aventurado a hacer otras cosas.

Perdonar, entender que quién me acosó tenía un problema, llegar a ese punto de condescendencia, sería la paz.

Lo que ocurre es que te creas una visión del mundo que no es real, unas creencias sobre ti mismo y sobre los demás erróneas. Una de mis estrategias era no hablar mal de nadie bajo ningún concepto. Lo llevé a raja tabla durante los 6 ó 7 años posteriores. Luego te vas relajando y puedes tener una conversación normal.

Ahora que tengo un hijo lo único que quiero es que no le pase lo mismo. Entre chicas es chungo, porque las mujeres cuando se pelean pueden ser muy dañinas; pero los chicos son más brutos y me da miedo el daño físico. Estoy intentando formarme todo lo que puedo para protegerle.

Hace falta una persona formada y especializada en acoso escolar en cada centro para detectar los casos de forma preventiva, y una ley integral estatal para regular y perseguir a los que cometen acoso y encontrar responsables. A veces, por desgracia, se aprende así. Perdonar, entender que quién me acosó tenía un problema, llegar a ese punto de condescendencia, sería la paz. Pero yo no. Imposible. No quiero venganza, pero sí justicia, porque a mí me han jorobado la vida.

Si a mi hijo le ocurriera, lo primero que haría sería cambiarle de centro. Lo importante es que no llegue a casa llorando. Eso fue lo que yo le dije a mi madre: ‘cámbiame de colegio’. ‘Ni de broma, estás a mitad de curso’. Pues a mí me hubiera salvado la vida.

‘Son cosas de niños’, se dice continuamente. Y no son cosas de niños, son cosas que matan”.

LOLA

Belén y Lola pasean por el parque de El Retiro de Madrid.

Belén y Lola pasean por el parque de El Retiro de Madrid.

“Quiero dejar claro desde un principio que si ahora cuento lo que me pasó es para que la gente sepa hasta dónde puede llegar el acoso escolar, y no para hacerme la víctima. No son cosas de niños. Son problemas con los que se carga durante toda la vida.Puede empezar con un insulto y acabar en algo mucho más grave, que es lo que me ocurrió a mí. El acoso escolar está muy vinculado a enfermedades mentales posteriores.

Tuve estrabismo y me pusieron un parche en el ojo. Entonces había una serie, Hombre rico, hombre pobre, donde uno de los personajes se llamaba Falconetti y llevaba el ojo tapado. Se empezaron a meter conmigo por eso. A mí me molestaba pero seguía con mi vida. 

He tenido la suerte y la desgracia de ser muy inteligente y sacar muy buenas notas. Era la empollona, la gorda, la fea, la vieja, quizás porque utilizaba un lenguaje muy correcto. Los recreos eran lo peor, aunque también ocurría dentro de clase. Empezó a no apetecerme ir al colegio aunque no contaba nada en casa.

Con 12 años el problema se agravó. Todos habíamos crecido y los insultos eran peores hasta que llegó el día: ‘Vamos a hacer algo más con Lola’. Recuerdo que fue en séptimo curso porque ese año me quedaron tres asignaturas. Me cogieron en un recreo, me taparon la cabeza con una papelera o con una bolsa, ya no me acuerdo, y me dijeron: ‘Con tu cara no podemos hacer nada pero con tu cuerpo sí’. Abusaron de mí. Cinco niños menores de 14 años. No hubo penetración porque me resistí pero sí hubo abusos. Me acuerdo de uno de ellos en especial porque me daba la sensación de que no quería hacerlo: ‘Lola, perdóname, pero si no lo hago me pegan a mí’. Esto se repetía casi todos los días en los pasillos, en clase de gimnasia, hasta que ya no pude más.

Decidí contárselo a mi tutor. Era un hombre joven, moderno, profesor de inglés, le recuerdo con mucho cariño. Miguel. Uno de estos profesores que deberían estar en todos los institutos para ayudar a los chavales. Era un profesor muy cercano que se daba cuenta de que pasaba algo raro con las chicas. Mis compañeras sabían lo que me hacían pero no podían hacer nada. ‘Con Lola no porque detrás vamos nosotras’.

Pedí que no les dijeran a mis padres lo que me habían hecho. Me daba una vergüenza terrible, me sentía culpable.

Miguel Maheso lo puso en conocimiento de los directores del centro y de los padres. Pedí que no les dijeran a mis padres lo que me habían hecho. Me daba una vergüenza terrible, me sentía culpable de lo que me estaban haciendo. Para tener 12 años yo estaba casi tan desarrollada como ahora. ‘He sido mujer antes y por eso me ha pasado esto’, creía.

Di nombres y apellidos, ya no tenía nada que perder. Pero me asusté tanto por lo que pudieran hacerme al delatarlos que intenté cortarme las venas. Suicidarme.

A estos chicos los expulsaron dos semanas. Fueron las dos semanas más tranquilas de mi vida. Ahora es más sencillo cambiarse de colegio, pero entonces mis padres no podían hacer eso a mitad de curso. Cuando volvieron al colegio las amenazas seguían, ‘aquí no te lo haremos, fuera sí’, pero nunca volvieron a hacerlo.

Entrar al instituto el año siguiente fue la liberación. Hice un grupo nuevo, amigas nuevas, muy contenta. Pero surgió lo que tenía que surgir. Hasta entonces no me había tratado ningún psicólogo. Estamos hablando de los años 80. Empecé a rechazar mi cuerpo. Cuando estuve ingresada en el Gregorio Marañón con anorexia nerviosa me preguntaban: ‘¿Tú te ves gorda?’. Yo respondía que no: ‘Me veo muy delgada, pero es que yo no quiero tener formas de mujer. No quiero tener pecho, no quiero tener curvas’.

Tenía 16 años. Me duró hasta los 35. Estuve muy enferma. Llegué a pesar 32 kilos. Estuve cinco años sin tener la regla. Para mí era maravilloso, yo rechazaba mi feminidad, aquello por lo que me habían hecho daño, cuando el trastorno en el metabolismo y las hormonas es gravísimo”.

Lola con 20 años en un viaje a París con una amiga

Lola con 20 años en un viaje a París con una amiga

Lola quiere dedicarse a la mediación social. Estudió Derecho y a sus 44 años está terminando Trabajo Social. También colabora con No Al Acoso Escolar.

“Nace está formando especialistas y trabajando con todos los sujetos implicados, incluidos los acosadores. Hay que hacer terapia con todos. También los profesores. Profesores que lo ven y no hacen nada. Esto también es una forma de acoso y si no de acoso, de omisión del deber de socorro. No sólo se es profesor para dar una asignatura. Esto empieza en el centro escolar.

Hay que pararlo de alguna forma. Legalmente es difícil, porque son menores. Pero también están los padres. Denunciar a un niño no es sencillo. Yo puedo pensar ‘eran niños’, pero si tan responsable eres para abusar, para acosar, para pegar… tienes que ser responsable para asumir lo que has hecho. ¿Es muy duro lo que digo? Quizás un niño no deba estar en un centro, pero deberían haberme visto a mi cuando estaba realmente enferma.

Yo ahora sí denunciaría y animo a hacerlo. Si tuviera una hija a la que le hicieran lo mismo, lo haría. Alguien tiene que responder.

Pide ayuda si no puedes con el problema. No digas que no has podido hacer nada. Quien no lo hace es porque no se quiere involucrar. Porque no quiere trabajar más.Grita. Di lo que piensas. Pregúntate qué es lo que puedes hacer y lo que no para que esto ocurra.

Muchas veces me pregunto: ‘¿y por qué no gritaba yo, por qué no avisaba?’. No podía, me daba tanto miedo. Pero a la primera hay que gritar, no pasar ni una, decirlo desde el principio, aunque para eso tiene que haber una persona cerca preparada para oír tus gritos”.

DANI

Busca un hueco como profesor de inglés después de vivir en Irlanda e Inglaterra. Disfruta preparando zumos naturales y haciendo pesas. A los diez años dejó de salir a la calle y se encerró en su cuarto para leer El Quijote, a Nietzsche y a Hicks. Cree que el niño tiene que aprender a defenderse.

“El bullying va a existir siempre porque forma parte del comportamiento animal de las personas. Se ignora la naturaleza humana. Se olvida que los niños son niños y que actúan por impulsos primitivos.

Hay salida al acoso escolar pero el foco está mal puesto. Las asociaciones, trabajando con buena intención, se equivocan: se centran en los agentes externos, los profesores, los padres, los cuidadores, y se olvidan del menor, al que hay que darle todo el protagonismo para que sea él quién actúe desde dentro.

Dani se toma una fotografía

Dani se toma una fotografía

El profesor tiene que trabajar para que estos comportamientos no se den, pero también tiene que enseñar al niño a ser asertivo. Los padres tienen que ser conscientes y ayudarle. Saber defenderse es perder el miedo a la vergüenza. Hablar por ti mismo, en alto, perder el miedo al deterioro de la imagen y a enfrentarte físicamente. Sé que esto puede resultar polémico pero lo creo así porque lo he vivido.

Tras una pelea, el niño se queda con mucho dolor. Este es el trauma, el verdadero problema: ‘Debería haber sido capaz de defenderme delante de todos de este pedazo de carne con ojos’. Hay una violencia legítima frente al pacifismo patológico del sistema: nos educan para no defendernos, ‘la agresión es mala’, pero hay una agresión necesaria y buena: aquella por la que mi dignidad queda intacta cuando alguien me quiere hacer daño. Porque si no el trauma me queda de por vida.

Es equivocado crear una plantilla como si todos los casos fueran iguales. Somos personas muy diferentes, reaccionamos, sentimos y sufrimos de forma diferente. Tiene que ser un apoyo personalizado, que ponga al niño en primer plano, que se le pregunte qué siente, qué necesita.

Mi historia empezó cuando tenía siete años por copiar los comportamientos de mi madre y al rechazar el ejemplo masculino que tenía en casa, que era catastrófico.

Mi historia empezó cuando tenía siete años por copiar los comportamientos de mi madre y al rechazar el ejemplo masculino que tenía en casa, que era catastrófico. Quería ser mi madre. Era mi ejemplo, mi modelo. Inconscientemente empecé a imitar su forma de hablar y sus gestos, y ya sabes en qué desencadena eso. Sufrí acoso homofóbico.

Con diez años dejé de salir a la calle, me encerré en los cuatro muros de mi habitación y empecé a leer. El Quijote, de cómo un idealista superaba todos sus miedos, todo por la verdad y por la justicia. Las caballerías medievales. Friedrich Nietzsche. Hicks, que trata el dolor como despertador de talentos. También me interesé por la historia de Jesucristo: que el resto de la gente, el 99% de la gente, te denigre, te insulte, te pegue, te escupa, no significa nada con como tú eres. Ellos son más en cantidad pero no por eso tienen la razón.

Si creces sin valor, vas a ser un adulto sin valor, y vas a llegar a los 20 años como yo, incapaz de decirle a otro compañero ‘oye, háblame con otro tono’. En la última fábrica donde trabajé con 22 años sufrí acoso y no quiero que os pase lo mismo que a mí. Tomar conciencia antes de salir hacia el colegio de que, a lo mejor, vais a volver con el labio partido o un ojo morado y de que os va a doler, pero que el dolor interno es mucho peor y sus consecuencias mucho más graves.

Me decían ‘maricón’, me tiraban balonazos, patadas, puñetazos, collejas. Nadie se quería sentar a mi lado. Decían que yo olía mal.

Me decían ‘maricón’, me tiraban balonazos, patadas, puñetazos, collejas. Nadie se quería sentar a mi lado. Decían que yo olía mal. El padre alcohólico de uno de mis maltratadores venía a pegarme. Hasta los profesores estaban implicados. Si no oía bien el dictado me contestaban: ‘He dicho esto, Puri’. ‘Darle las gracias a Daniel por no saber resolver el ejercicio de matemáticas porque hasta entonces no vais a salir al recreo’. Luego le daban las gracias a Daniel, claro, zurrándome.

Todo empieza a empeorar a los 11 años. Suspendí sexto. A los 13 me di cuenta de que tenía que cambiar y ser más hombre. No he ido a la Universidad por miedo a tener que afrontar una situación parecida.

De cuando tuve que defenderme me quedan las cicatrices de la cara y la cabeza. Planté cara a cuatro. Me dieron una paliza que me fui a casa como un muñeco roto y con la autoestima más por los suelos que de costumbre. En pedacitos. Al día siguiente no vinieron cuatro sino siete. Pensé que me matarían. Les volví a plantar cara. Perdí. Me hicieron daño en la rodilla al darme un pisotón mientras estaba en el suelo. No hubo una tercera pelea. Dejó de pasar. Me dejaron.

Hay que enseñar los dientes aunque la batalla la tengas perdida. Seguían despreciándome pero al menos no venían a agredirme. A los agresores les incita que las víctimas no seamos capaces de defendernos y al verlo ya no les resulta tan cómodo ni tan placentero".

"Nada falló porque nada se hizo"

Según el estudio Cisneros X, realizado en 2007 por un equipo independiente, 1 de cada 4 menores escolarizados entre 7 y 17 años sufre tres o más comportamientos de acoso habituales, sistemáticos y recurrentes en España.

El coordinador del informe, Iñaki Piñuel, critica que “no hay protocolos de actuación”. “Los protocolos se inventan cuando el caso revienta, y revienta porque lleva mucho tiempo sin hacerse nada. Después de un suicidio como el de Arantxa (2015) o Joakin (2004), cuando dicen que ‘todos los protocolos fallaron’, es mentira. No falló nada, porque nada se hizo”.

Sobre la necesidad de mejorar los mecanismos de intervención también se pronuncia Javier Pérez, presidente de Nace: “hay que buscar protocolos de solución y no de justificación”. Que actúen antes, de forma preventiva, y no sólo después, cuando el daño ya está hecho. Propone prestar atención a los buenos resultados de Tutoría Entre Iguales.

La mayoría de personas que acuden a la asociación está sufriendo o ha sufrido acoso escolar. “Si el protocolo y los mecanismos diseñados solucionasen el problema, no deberíamos existir. Lamentablemente, estamos muy lejos de que así sea, aunque estamos trabajando en ello”, dice este psicólogo especializado en orientación escolar.

Teléfono de NACE: 683 559 883