UN TESORERO ENCARCELADO

Por qué algunos catalanes disculpan la corrupción

En Cataluña la percepción sobre los corruptos es diez puntos más baja que en el resto de España. 

Los catalanes toleran la corrupción más que el resto de españoles.

Los catalanes toleran la corrupción más que el resto de españoles.

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El tesorero de Convergencia Democrática de Catalunya, Andreu Viloca, ha entrado este jueves en la cárcel. El reguero de corrupción del partido sigue creciendo. Pero el conseller de Presidencia de la Generalitat, Francesc Homs, ha anunciado que la lista independentista que CDC formó con ERC para las autonómicas del 27S se repetirá el 20 de diciembre. Pero será con una “fórmula súper creativa”. No ha dado más detalles.

Homs ha dicho también que las acusaciones contra CDC de cobrar comisiones por adjudicar obra pública son un complot.

Con la repetición de la lista, Convergencia parece confiar en que la presunta corrupción pase a un segundo plano. Como en comicios anteriores, es probable que lo consigan de algún modo. ¿Hay algo que haga que una parte de los catalanes disculpen más la corrupción?

España es de hecho un país dual en corrupción. La percepción de la corrupción política es de las más altas de Europa: el 95% de españoles creen que la corrupción está extendida, según el Eurobarómetro de 2014. Solo están por encima Grecia e Italia. Pero en experiencia cotidiana de corrupción, España está por debajo de la media de la UE: solo un 2% de españoles dice haber tenido que pagar un soborno por un servicio público; la media europea es 4%.

En Cataluña, según el índice distinto de la Oficina Antifrau, la percepción de la corrupción es algo menor que en toda España: un 82,3% de catalanes cree que en Cataluña hay mucha o bastante corrupción. Hay al menos cuatro motivos por los qué los corruptos no son castigados siempre en las urnas. Hay matices que afectan a Cataluña:

1. Las gafas partidistas

El profesor de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona, Jordi Muñoz, cuenta el siguiente experimento. Preguntaron en una encuesta si se creía que un mismo caso de corrupción política era grave o no. Cada ciudadano recibía ese caso asignado a un partido concreto. Si era votante de ese partido, lo juzgaba menos grave.

Esto ocurre en muchos ámbitos. ¿Quién no ha juzgado un penalti según quien lo hace o una camisa según quien la lleve? Las gafas partidistas -que es un término que sale de La urna rota, de Politikon- es algo que no sabemos que llevamos. “Realmente lo ves así”, dice Muñoz. Los políticos más afines o cercanos suelen percibirse por tanto como menos corruptos.

2. El sistema electoral ayuda poco

En España, hasta las próximas elecciones generales, el bipartidismo hacía difícil el castigo electoral. La falta de variedad impulsaba a los votantes a pensar mucho antes de cambiar de voto. Apenas había partidos pequeños a los que premiar -excepto minoritarios o nacionalistas.

Muchos votantes pudieron pensar que valía la pena mirar hacia otro lado por una causa mayor: la independencia

Pero en Cataluña sí los había. En 2012 Convergencia perdió diputados, pero no todos los que quizá hubiera perdido en una situación de crisis. Quizá fue por las gafas partidistas. El castigo debería haber llegado en 2015. Pero tampoco: las elecciones autonómicas fueron en otra clave. Muchos votantes pudieron pensar que valía la pena mirar hacia otro lado por una causa mayor: la independencia. Es algo lógico que se da con otras variables, según Muñoz: “La intensidad del debate puede galvanizar el electorado y hacer más difícil que se castigue la corrupción, pero no pienso que sea sustancialmente diferente a lo que podría pasar si habláramos de otros temas como aborto o toros”. Convergencia no solo cambió el asunto de las elecciones, sino que escondió las siglas. Los votantes se lo permitieron de nuevo.

3. La politización y la red clientelar

Las administraciones menores son más fáciles de perforar por la corrupción. Es difícil pensar en altos cargos públicos que se dejen influir por sobornos: “La fortaleza de los cuerpos de la Administración central del Estado impiden que pueda ser politizada”, dice Víctor Lapuente, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Goteborg y autor de El regreso de los chamanes.

La politización hace que decisiones importantes dependen de cargos electos que pueden repartir favores. La alta función pública no existe en la Generalitat. Las grandes decisiones políticas dependen del Gobierno. Cuando ese gobierno trae beneficios -que pueden ir desde un polideportivo en pueblos a defender la inmersión lingüística en la Generalitat- el votante puede premiarlo. En una sociedad más pequeña también es más fácil conocer a alguien que ha salido beneficiado por el sistema.

4. El culpable no es el país 

En el Barómetro de la Oficina Antifrau de 2014, la pregunta 19 es sobre qué instituciones son más corruptas. Esta es la respuesta por orden: partidos políticos, entidades financieras, sindicatos, ayuntamientos, Generalitat, medios de comunicación, Parlament, clubes deportivos. Más de un 85% de catalanes cree que los partidos políticos son corruptos, pero solo algo más del 50% cree que la Generalitat lo es. En el paso de un partido a la Generalitat, hay algo aparentemente que limpia a los representantes públicos.

Las gafas partidistas siempre vuelven: una acusación de un medio vinculado a una línea editorial tiene menos valor solo por ese motivo

Pueden ser los medios de comunicación. “Si observamos las últimas campaña electorales podemos ver que parte de la prensa española tienen una clara alineación política, lo que les puede llevar a no publicar noticias que puedan afectar negativamente a ciertos partidos (o dando una mayor cobertura a escándalos que implican a los partidos de ideologías contrarias)”, dice Elena Costa, profesora de Economía en la Universitat Autònoma de Barcelona y editora de Politikon. Las gafas partidistas siempre vuelven: una acusación de un medio vinculado a una línea editorial tiene menos valor solo por ese motivo.