Brasil

"Si te agreden y gritas en la cárcel, nadie te oirá"

Un exreportero español se adentra en las prisiones brasileñas. Conviven convictos y personas que aún esperan que las vea un juez.

César Muñoz en una prisión en Maranhão.

César Muñoz en una prisión en Maranhão.

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Cuando el vallisoletano César Muñoz entró en las cárceles del estado brasileño de Pernambuco (al noroeste del país) para entrevistar a los presos y realizar un informe para Human Rights Watch no creía lo que veía. “Cuando tú entras en una prisión en Pernambuco es como si entraras en otra sociedad y en otro mundo”, afirma desde la oficina del grupo pro-derechos humanos en São Paulo.

Muñoz, que dirigió la delegación de EFE en Brasil, había estado ya en las cercanas cárceles de Maranhão a principios de año haciendo un trabajo similar. Allí el control interno de las cárceles recae en organizaciones criminales que después operan fuera de los muros. Pero en Pernambuco, el hacinamiento de los presos era mucho peor y el control de los presidiarios recaía sobre otra figura: el llavero. “Tú entras por la puerta principal y hay un área que llaman La Jaula (A Gaiola), que es donde están los agentes penitenciarios y hay una reja que da al interior de la prisión”, cuenta. “Y una vez que atraviesas esa reja el control dentro es de los llaveros. Es una prisión en la que hay unos internos que tienen las llaves de todas las puertas excepto las de la puerta de salida”.

El llavero es una suerte de preso-carcelero que reina en los pabellones internos de las cárceles, donde el estado, afirma Muñoz, no tiene poder. En el complejo carcelario de Curado, el mayor de Pernambuco, hay 26. “Los llaveros son escogidos por las autoridades. Yo le pregunté a un director de prisiones cómo los escogen. Me dijo, ‘miramos el comportamiento del interno para ver si va a tener el respeto de los otros’”, dice. “Pero también hablé con un antiguo preso y un funcionario público y me dijeron que el puesto de llavero se compra. Porque es un cargo muy lucrativo”. Los llaveros controlan el tráfico de drogas y venden espacios para dormir.

En la prisión reina la inseguridad. Cuando Muñoz entró lo hizo sin guardias, porque ellos no cruzan la verja de entrada. Entró con una representante de una organización de derechos humanos local. “Si te agreden allí dentro, no te van a oír si gritas”, asegura. Los presos querían hablar con él, hablarle de su situación, pedirle ayuda. “Están abandonados”, dice. En Pernambuco hay unos 32.000 presos cuando la capacidad oficial es de alrededor de 10.000. Haciendo entrevistas a reclusos y expresidiarios, Muñoz topó con un hombre que había cumplido su pena en 2004 y permaneció diez años más encerrado en prisión porque las autoridades no procesaban su caso. Otro hombre le contó que esperó cinco años entre rejas antes de tener la primera audiencia con un juez. “En las prisiones de Brasil hay gente que no debería estar allí”, afirma.

Historias como esas representan al 60% de la población presidiaria de Pernambuco, según detalla Muñoz en su informe. “En España si robas algo en la calle te detienen y en un plazo de tiempo breve te llevan ante un juez. El juez determina si tienes que estar en prisión preventiva, es decir, si tienes que esperar al juicio en prisión o si puedes esperar en libertad. En Brasil hasta el año pasado no había esas audiencias”, denuncia. “Los jueces tomaban la decisión sin verte. Veían el informe de la policía y decían ‘yo creo a la policía y tú te vas a prisión’”.

Estas audiencias de prisión preventiva están empezando a realizarse en algunas partes del país, pero no se producen de manera generalizada. El Congreso lleva años trabajando en una ley que las implemente de manera obligatoria, porque hasta el momento dependen de las autoridades locales. Pero Muñoz afirma que existe un movimiento a nivel federal a favor de estas audiencias.

La alta población carcelaria de Brasil, de unos 607.000 reclusos -la cuarta más elevada del mundo, según el Centro Internacional de Estudios Penitenciarios de Reino Unido- se debe al mal proceder de las fuerzas policiales. “Se detiene a gente de forma injusta. Y se detiene [sobre todo] a gente pobre de forma injusta”, dice Muñoz, que denuncia que en muchas ocasiones las personas que ingresan en prisión portan pequeñas cantidades de droga y se las acusa de traficar. La policía brasileña es además muy violenta: mató a seis personas de media cada día entre 2008 y 2013, según datos del Fórum Brasileño de Seguridad Pública. “En algunos casos sí se puede justificar la violencia como una reacción de autodefensa, pero en otros casos son ejecuciones extrajudiciales”, dice Muñoz.

El exceso de reclusos acarrea también problemas sanitarios. La tasa de tuberculosis en las prisiones de Pernambuco es 100 veces superior a la media para el total de la población de Brasil, apunta Muñoz. “Realmente las prisiones son un foco de enfermedades”, dice. “No están tomando medidas suficientes contra ellas”. Un directivo de una prisión le dijo que sólo realizaba la prueba de la tuberculosis a los reclusos cuando presentaban síntomas y no al ingresar en el penal. “La sociedad brasileña tiene que pensar que controlar las prisiones y las enfermedades en las prisiones no es sólo una cuestión de dignidad, sino por el bienestar de la sociedad”.