FRANCIA

La prueba de fuego de la nueva ultraderecha de Marine Le Pen

El juicio por “incitación al odio” a Marine Le Pen pone el foco sobre las luchas dinásticas del Frente Nacional.

La líder del Frente Nacional galo, Marine Le Pen.

La líder del Frente Nacional galo, Marine Le Pen. REUTERS

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En diciembre de 2010, mientras hacía campaña en Lyon por la presidencia del Frente Nacional, Marine Le Pen sacó a colación los ataques que arrastraba el partido desde que su padre asegurara en 2005 que la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial no había sido “particularmente inhumana” y que sólo había cometido “algunos errores inevitables”. Por aquellos errores había que entender el Holocausto y la represión a la resistencia francesa.

“A los que les gusta hablar de la II Guerra Mundial, podemos hablar de ello, porque estamos bajo ocupación”, afirmó Marine Le Pen, refiriéndose al rezo público de los musulmanes en las calles de Francia. “Es una ocupación de territorios enteros bajo los cuales se aplica la ley religiosa. No hay blindados, no hay soldados, pero es una ocupación y pesa sobre la gente”.

Marine aspiraba a suceder a su padre y rechazaba su revisionismo histórico filo-nazi, pero no tenía todavía suficientes apoyos como para enfrentarse directamente a él. Así que le dio la vuelta al argumento para cargar contra la bestia negra de su campaña, la islamización de Francia.

Casi cinco años después, la situación es completamente distinta. Marine ganó las elecciones internas en 2011 contra Bruno Gollsnich, histórico del Frente Nacional y mano derecha de su padre. En 2014 logró un éxito histórico en las elecciones europeas. Las encuestas desde el pasado enero la sitúan como presidenciable, por delante de candidatos estrella de la derecha moderada como Nicolas Sarkozy.

Más importante todavía, ha ganado el pulso a su padre y lo ha echado del tablero. Tras un primer intento el pasado mayo anulado por un defecto de forma, Jean-Marie Le Pen, presidente de honor del Frente Nacional, se vio expulsado en agosto por el Buró Ejecutivo del partido que él mismo contribuyó a fundar en 1972 por no querer retractarse sobre sus comentarios negacionistas sobre el Holocausto.

¿Qué efecto puede tener sobre las expectativas electorales de Marine el proceso judicial, demorado hasta que le fue derogada la inmunidad como europarlamentaria?

“Judicializar las ideas tiende a reforzar a esta clase de líderes populistas”, explica Xavier Casals, experto en ultraderecha europea de la Universidad de Barcelona. “Los estigmatiza a ojos de sus detractores, pero ante sus seguidores interpretan el papel de víctima. Se presentan como diferentes al sistema corrupto, que los castiga por denunciar sus vergüenzas”.

Las palabras de Marine el pasado julio parecen seguir este guión, invocando a la libertad de expresión: “Compareceré ante el tribunal con la cabeza alta para explicarles que hace falta gente que le diga la verdad a los franceses”.

“Seguramente le preocupen más los procesos que tiene abiertos por financiación irregular a través de micropartidos”, señala Nonna Mayer, presidenta de la Asociación francesa de Ciencias Políticas y experta en movimientos de extrema derecha. “Esos pueden hacerle realmente daño”.

Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional, el 16 de octubre de 2015.

Jean-Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional, el 16 de octubre de 2015. REUTERS

Una extrema derecha 'para todos los públicos'

A lo largo de su extensa carrera política, Jean-Marie Le Pen ha acumulado decenas de juicios por injurias, xenofobia e incluso agresión. Su expulsión culminaba el proyecto de su hija: la “desdiabolización” del Frente Nacional. Las diferencias entre ellos son de fondo: con ella, el Frente ha pasado de fuerza antisistema a postularse como partido de Gobierno.

“Con el fin de la Guerra Fría, la islamofobia reemplaza al anticomunismo en el núcleo del discurso de la derecha populista”, explica Casals. Caracterizando al islam como religión de conquista e ignorando sus distintas realidades, el discurso sobre la “islamización de Occidente” permite a la nueva extrema derecha erigirse en garante de las libertades individuales y el modo de vida occidental, añade.

Marine abraza los valores republicanos frente al ultraconservadurismo del búnker del partido y el laicismo frente al tradicionalismo católico. Dos veces divorciada, defiende la integración de la mujer en el mundo laboral frente a su posición sumisa en la familia tradicional. Su postura ante el aborto es más flexible, prefiere hablar de ayudas a las madres que de ilegalización. Su mano derecha y vicepresidente del partido, Florian Phillipot, es abiertamente homosexual.

El discurso duro que reclama “inmigración cero” encuentra acogida en una clase media castigada por la crisis que pide que se atiendan sus necesidades primero. Marine Le Pen empezó a practicarlo durante la Primavera Árabe, al reclamar que la Armada rechazase “humanamente” a los buques cargados de inmigrantes.

La idea de “prioridad nacional” resuena entre los descendientes de exiliados de las antiguas colonias, por ejemplo, en la comunidad hebrea francesa, originaria en muchos casos de familias de Argelia que tuvieron que reasentarse en la metrópoli tras la independencia. Marine les promete protección frente a la oleada de inmigración musulmana. Y en ese discurso, el antisemitismo de su padre resultaba inaceptable.

En Europa, los Partidos de la Libertad de Austria y Holanda, el Partido del Progreso danés o el UKIP británico siguen estrategias similares. Pero ni siquiera ante acontecimientos como la crisis de refugiados cabe esperar que cristalice un movimiento de ultraderecha europeo cohesionado.

“Tienen en común dos enemigos: la inmigración y la UE, pero representan realidades muy diferentes”, explica Mayer. En 2014 el proyecto de un grupo de extrema derecha euroescéptica común en la Eurocámara fracasó porque para el UKIP asociarse con el partido del nostálgico del nazismo Jean-Marie Le Pen resultaba inaceptable.

Marion Maréchal-Le Pen, nieta de Jean-Marie y sobrina de Marine, el 7 de octubre de 2015.

Marion Maréchal-Le Pen, nieta de Jean-Marie y sobrina de Marine, el 7 de octubre de 2015. REUTERS

La tercera generación

El Frente Nacional es patrimonial y familiar, “monegasco” incluso, en palabras de Casals. Esta no es la primera rebelión dinástica a la que se enfrenta Jean-Marie Le Pen. La diferencia es que esta vez ha perdido.

Marie-Caroline, la mayor de las hijas, fue considerada durante años la sucesora. Llegó a ganar en la primera vuelta de las legislativas de 1997. Pero un año después, el número dos del partido, Bruno Mégret, encabezó una escisión. “Él quería hacer del Frente un partido institucional, como ahora Marine”, cuenta Casals. Marie-Caroline se unió Mégret y su padre nunca le perdonó su traición. La secesión resultó ser un desastre que no llegó a constituirse como grupo propio mientras que la fuga de votos destrozó al Frente Nacional en las Elecciones Europeas de 1999.

Jean-Marie Le Pen es un hombre de la Cuarta República, curtido en una brillante oratoria de masas y en la lucha callejera. También es un hombre violento. En 1957, cuando defendía en una pelea a su candidato como diputado por Argel (el musulmán Ahmed Djebbour, como gustan de recordar sus partidarios), le sacaron de un golpe el ojo derecho de su órbita. Dicen que se lo colocó en su sitio él mismo. Las lesiones sufridas obligaron a amputárselo. Durante años lució un aparatoso parche con el que se ganó el apodo de “pirata” hasta que lo convencieron para cambiarlo por un ojo de cristal más discreto.

Un año antes, en 1956, se había convertido en uno de los diputados más jóvenes de Francia dentro del movimiento poujadista. Este grupo reclamaba un proteccionismo para los pequeños comerciantes y artesanos frente al mercado globalizado, y defendía la soberanía francesa frente a la descolonización y el Tratado de Roma, germen de la UE. Se alistó en las guerras coloniales de Argelia e Indochina y escandalizó a Francia admitiendo que se habían cometido torturas, aunque luego se desdijo.

Ahora, apartado del Frente, hace campaña contra su propia hija. “Si gana en 2017, será una catástrofe”, ha llegado a decir. Mayer considera que la figura de Jean-Marie Le Pen va a ser insoslayable, especialmente para la vieja guardia del partido. “A los hombres políticos les cuesta morir”.

Mientras tanto, la tercera generación busca su hueco. Marion Maréchal-Le Pen, nieta de Jean-Marie y estrella emergente del Frente Nacional, se convirtió en las legislativas de 2012 con 22 años en la diputada francesa más joven de la historia y superó en precocidad al abuelo.

Pese a su juventud, se presenta como más conservadora en lo social que la actual líder del Frente. “Representa a los cato-tradis”, explica Mayer, refiriéndose a los católico-tradicionalistas. Marion acudió por ejemplo a las manifestaciones extremadamente virulentas contra el matrimonio homosexual que su tía Marine prefirió esquivar.

Mayer señala otras diferencias, en lo económico por ejemplo: mientras que Marine sigue la tradición proteccionista poujadista, Marion predica el liberalismo. En lo ideológico, Marion no se ha opuesto a la expulsión de Jean-Marie y lo ha defendido cuando los fieles a la presidenta del partido callaban. A la hora de buscar alianzas, a Marion no le molesta juntarse con la extrema derecha más radical.

“Hay que mirar más allá de las dinastías”, concluye Mayer. En su larga historia, el partido ha ido acumulando capa tras capa de sedimentos ideológicos (nacionalistas, conservadores, revolucionarios radicales…) que han conducido a una brecha entre las “dos almas” que conforman su identidad, la ultraconservadora y revisionista de Jean-Marie y la liberal que centra todo su extremismo en la antiinmigración de Marine.