LUCHA LIBRE

Los últimos guerreros de Lavapiés

Es la hora del Pressing Catch español: esa mezcla de deporte, coreografía, acrobacia, guión y sainete importada de EEUU en 1990.

Combate de Pressing Catch en La Tabacalera./ Moeh Atitar

Combate de Pressing Catch en La Tabacalera./ Moeh Atitar

  1. Deportes

“¿Queréis hostias?” pregunta a gritos un luchador con calzón rosa desde el centro del ring. La multitud está desatada y responde al unísono: “¡¡¡Sí!!!”. Por supuesto que quieren. Para eso han venido. Para ver a héroes enmascarados destrozando a esbirros malencarados. Para ver patadas voladoras, súplex dorsales y vuelos desde las esquinas del ring.

En ese instante aparecen dos rivales por el pasillo luciendo sendos cinturones de campeones. Desde lejos retan al del calzón rosa. Los espectadores chillan y se descontrolan. Los que se encuentran a pie de ring golpean el suelo del cuadrilátero con sus manos provocando un ruido ensordecedor.

No es el Caesar Palace de Las Vegas ni el Madison Square Garden de Nueva York. Es una nave con goteras y sin vestuarios en el barrio de Lavapiés y el ritual es parte de la catarsis colectiva que se alcanza cada tarde que hay combate de lucha libre. Es la hora del mítico “Pressing Catch”: aquella mezcla de deporte, coreografía, acrobacia, guión y sainete que Telecinco importó de Estados Unidos en 1990 y que hizo las delicias de una generación.

Una simple lona separa el vestuario del público./ Moeh Atitar

Una simple lona separa el vestuario del público./ Moeh Atitar

Desde hace seis años, la lucha libre se practica en el edificio Tabacalera. Hulk Hogan y El Último Guerrero tienen a sus herederos cañís en la glorieta de Embajadores. Se trata de la Triple W, la asociación deportiva que organiza estas veladas con aficionados.

La entidad arrancó el sábado su sexta temporada y está formada por una treintena de luchadores aficionados. La mayoría nacieron en los años 80 y vieron en la pequeña pantalla a luchadores como Macho King, El Poli Loco, Los Sacamantecas o El Enterrador.

El acceso al espectáculo es libre y congrega casi a medio millar de personas. “No se paga entrada, los luchadores no cobramos un duro y el dinero que sacamos de la venta de bebidas y camisetas lo invertimos en comprar material”, explica Marco Correas, un luchador que forma parte de la organización.

Correas no es uno de los fundadores. Lleva sólo dos años, pero ya ejerce como uno de los líderes. Cuando sale a pelear, su nombre de guerra es “Caretaker”. Algunos de sus amigos, no obstante, lo llaman “El Ingeniero” porque diseñó el ring artesanal sobre el que se disputan las peleas.

“En realidad no soy ingeniero; trabajo como encargado de un almacén. Lo que pasa es que los planos de un ring eran carísimos y como no tenemos dinero yo aprendí a diseñarlos mirando tutoriales de YouTube. Y mira, mira cómo aguanta: caídas, vuelos, tortazos… No hay dios que lo rompa”, declara orgulloso.

Además del cuadrilátero, Marco tiene muchas otras competencias dentro de la entidad. “Hoy me ha tocado hacer el guión”, explica. “Les damos una pautas a los luchadores explicando qué queremos que pase, pero se les concede bastante libertad para preparar la pelea”, cuenta, desvelando así uno de los grandes secretos a voces de la lucha libre americana: son los guionistas quienes deciden quién gana y quién pierde cada combate: “A veces los contendientes se enteran durante el transcurso del combate. Están peleando y el árbitro ordena por lo bajo quién tiene que caer. Para los luchadores es otro aliciente, no tener ni idea de qué va a pasar hasta el mismo final del combate”.

La lucha libre hace daño

El luchador de la “Triple W” debe tener un perfil multitarea. El que no combate está detrás de la barra sirviendo cerveza, vendiendo camisetas o incluso arbitrando. Así lo hace Morju, un luchador gaditano al que hoy le toca dirimir conflictos. “Sólo un luchador puede arbitrar porque siempre te llevas algún tortazo o alguna patada”, asegura. Rompe así otro de los mitos de este espectáculo: que en la lucha libre no se lastiman.

“El que piense que no nos hacemos daño que se venga a echar un combate un día, que va a flipar. Aquí nos hemos roto brazos, dedos, tabiques nasales y costillas. Nos hemos abierto brechas y nos hemos cascado muchísimo. Hoy, sin ir más lejos, me han pegado en la espalda con palos, sillas y mesas. Me la han dejado bien marcada. Después de mi última pelea estuve tres días sin poder respirar bien. Pensé que era ansiedad pero resulta que me había hecho un esguince en la caja torácica. Lo que ocurre es que cuando subes ahí arriba la adrenalina impide que te duela nada”, explica Luís García-Pelayo, uno de los auténticos ídolos de la afición.

En su vida real Luis es informático, ha dado clases en un máster y ha recibido varios premios por su trabajo. Pero periódicamente se enfunda unas pieles y se convierte en Gortrak El Vikingo.

El recinto se viene abajo cuando emerge por el túnel. Pocos luchadores levantan tantas pasiones como este carismático bárbaro. “Es un personaje muy fuerte pero muy tonto que se distrae con cualquier cosa” advierte. Durante su pelea le lanzan un pollo crudo que el luchador persigue fuera del ring. O se entretiene con una revista erótica mientras su rival le propina una paliza. También aprovecha que su adversario le pega fuego a una mesa encima del cuadrilátero para poner un par de chorizos a asar.

Un deporte de risa

“El wrestling en España tiene que ser de broma y dar mucha risa porque en el fondo refleja nuestra forma de ser como país. Es lo que nos gusta. En Estados Unidos es show business y mueve millones de dólares. Allí el humor es secundario. Pero aquí la gente viene a entretenerse y no puedes pegarte media hora haciendo llaves. Tienes que meter teatro y gracias constantes porque no tenemos cultura de lucha libre”, dice Guille García desde detrás de la barra. Hoy sirve cervezas porque no le toca pelear. Su alias como luchador es PM. “Viene de Pablo Mezquitas, una parodia de Pablo Iglesias”, explica. A sus 23 años es uno de los más jóvenes del elenco.

En el otro extremo se encuentra Rod Zayastiles, el más veterano y uno de los más queridos. Es un hombre de 45 años, canoso y pasado de kilos que entra al ring con una canción de Julio Iglesias y envuelto en una bandera de la Comunidad de Madrid. Sus calzones también son rojos y en el culo lleva impresas las siete estrellas blancas. Hoy le toca pelear contra Edu el Valuro, un cabrero con boina y bastón que se hace llamar así porque procede de Val de San Lorenzo, un pequeño pueblo de la provincia de León.

Este tipo de personajes de corte humorístico son los favoritos de la afición, que también desempeña un papel fundamental en este deporte teatralizado.

Un luchador se recupera de un lance con un buen trago de cerveza

Un luchador se recupera de un lance con un buen trago de cerveza

“Es el mejor publico del mundo porque saben que no están asistiendo a un deporte competitivo y que la mayor parte de lo que pasa es una broma sujeta a un guión. Pero lo viven con una intensidad inusitada, mucho más que un partido de fútbol. Se encaran con los luchadores, se inventan cánticos…”, dice Marco tras un combate,. En ese instante sube al escenario Coajim. Es la única persona de la plantilla que no pelea. Hace el papel administrador de la Triple W.

Se trata de un señor trajeado y con gafas, absolutamente corrupto, que parodia a los grandes magnates que dominan la lucha libre en Estados Unidos. Cuando entra en escena, el público corea “Florentino, Florentino” por su parecido físico con el presidente del Real Madrid.

Chicas guerreras

También hay lugar para las peleas femeninas. Hoy debuta Sara. Tiene 23 años y es educadora infantil. “Mis amigas creen que estoy loca porque la actividad habitual de una tía de mi edad no es meterse en la lucha libre. Pero yo ya llevo tiempo viendo a un par de amigos pelear en esto y me entusiasma. He dejado el boxeo para dedicarme al wrestling” dice Sara, cuyo nombre de guerra es Kaira.

Keira y Banshee posan en los vestuarios antes del combate./ Moeh Atitar

Keira y Banshee posan en los vestuarios antes del combate./ Moeh Atitar

Sara va a pelear contra Banshee, que con 29 años es la luchadora femenina más veterana de la federación. Es su mentora y durante los prolegómenos de la pelea la protege como si fuera su hija. “No me la pongáis nerviosa”, nos pide mientras la abraza y la besa. Nadie diría que unos minutos más tarde la va a ajusticiar dándole una golpiza de bienvenida.

“En realidad los luchadores somos una gran familia”, explica Banshee, cuyo nombre real es Yolanda. “Mi pareja sentimental es Byron Savage, que pelea en un ratito. A menudo acabamos a palos en casa”, dice a carcajadas.

El vínculo familiar no es habitual, pero los luchadores se comportan como si lo tuviesen. Antes de salir a pelear, todos se reúnen en los vestuarios improvisados. No es más que un pasillo cubierto con una tela negra porque el recinto de Tabacalera carece de vestuarios. Allí se cambian, se caracterizan, ensayan los últimos movimientos y se dan ánimos. Unos segundos antes de comenzar la velada, se abrazan conformando una gran melé. Es una especie de comunión colectiva en la que Marco lanza una arenga que acaba con todos los luchadores gritando al unísono y chorreando adrenalina.

Banshee sube al cuadrilatero entre gritos del público./ Moeh Atitar

Banshee sube al cuadrilatero entre gritos del público./ Moeh Atitar

“La Triple W es como una droga de la que no se sale”. Lo explica Felipe, uno de los fundadores que dejó el karate para dedicarse a la lucha libre. “Pasé de un deporte competitivo a un deporte colaborativo. Cuando tu vida está en manos de una persona que te tiene subido en volandas y te podría matar dejándote caer mal, fomentas la confianza”, explica.

Felipe recuerda que la federación se llama White Wolf Wrestling en honor al 'ringname' de su compañero Raúl: “Sufrió una lesión muy grave y nunca pudo volver a pelear. Es nuestro homenaje y otra forma de demostrar la importancia de las relaciones humanas en este grupo”. El luchador concluye recordando: “No cobramos nada, nos exponemos a lesionarnos y sacrificamos los fines de semana entrenando seis horas cada sábado. Pero llevamos ya seis temporadas y esto no hace más que crecer”.