PERFIL

Siete margallos en un solo ministro

El canciller de mente brillante y carácter insoportable declara que es "de los jesuitas" y que tiene "voto de obediencia" al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

JAVIER MUÑOZ

JAVIER MUÑOZ

  1. José Manuel García-Margallo
  2. Política
  3. Ministerio de Asuntos Exteriores
  4. Partidos políticos

Hay dos margallos en el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación. El primero incluye a ese niño itinerante por España según los destinos del padre inspector de timbre del Estado; al colegial que en San Sebastián coincide con el joven príncipe Juan Carlos; al brillante opositor que recala en Harvard para completar sus estudios de derecho fiscal; al diputado nacional que después de probar la Transición se aburre en España, donde no gana lo suficiente para subvencionar un divorcio y, finalmente, al eurodiputado que rehace sus finanzas y su vida en Bruselas.

El segundo, el más reciente, el que todos creemos conocer, nace el lunes 19 de diciembre de 2011, bien cumplidos ya los 67 años. Ese día recibe la llamada de la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que lo pone en la senda para convertirse en canciller, un trabajo que todos, incluido el rey Juan Carlos, creían entonces que correspondería a Miguel Arias Cañete. Al día siguiente lo llamó Mariano Rajoy.

Margallo, en la balaustrada del Palacio de Viana./ Moeh Atitar

Margallo, en la balaustrada del Palacio de Viana./ Moeh Atitar

“Yo iba a ser ministro en 2004. Cuando perdemos las elecciones, me dice Rajoy: habrá gente que se muera sin saber que iba a haber estado en este gabinete. Uno de ellos eras tú. Yo sabía que iba a ser ministro pero no sabía dónde”, dice con indisimulada satisfacción José Manuel García-Margallo, de 71 años, que hoy respira con más dificultad de lo normal porque está resfriado y “quiere volver a la cama”.

Siete años después, tras la victoria electoral del PP, llegó por fin su hora: “Yo, cuando todos empiezan a mover el rabo en Génova, a mí eso me parece obsceno y yo digo que me voy a Bruselas y que si me quieren llamar ya me llamarán”, continúa el ministro que en 2011 era un perfecto desconocido huérfano de apoyos en el partido pero con un as escondido en la manga: el cordón umbilical que le une a Mariano Rajoy desde que en junio de 1990, recién separado, se preguntó “qué demonios” hacer ese verano. “Me voy al Congreso [de los Diputados] y veo a Mariano, que era soltero y registrador, y le digo: ¿oye tú que vas a hacer este verano? No tengo ni idea. Yo le dije: ´Tengo un barco de 10 metros en Ibiza, ¿te apetece venirte conmigo? Fuimos y estuvimos 10 días juntos”, recuerda unas cuantas vacaciones y una boda más tarde. ¿Cómo lo pasaron? “Rajoy es un extraordinariamente divertido”.

EL ABUELO PERIODISTA

Viene precedido el ministro por otros dos ilustres margallos, que en realidad son tres: su bisabuelo, el general Margallo, el gobernador de Melilla que murió batiéndose con los rifeños en 1893; su tío abuelo, el capitán Juan García-Margallo, del regimiento Alcántara, acribillado también en el norte de Marruecos en 1921, y Mariano Marfil, su abuelo materno, periodista y último subsecretario de Alfonso XIII. “Mi padre no quiso ser militar, y se dedicó a ganar dinero, que es lo que voy a hacer yo ahora”, explica el canciller, que no oculta su admiración por el abuelo Marfil, el “funcionario ejemplar” al que Miguel Maura describe en las últimas horas de Alfonso XIII en Madrid intentando ocultarle que en la Puerta del Sol están gritando “muera el rey”.

Finalmente, hay otros dos margallos retratados en todo su esplendor esta semana por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro: el inteligente y el arrogante. La andanada del colega de gabinete facilita la labor: si un compañero de gabinete ya lo ha acusado en público de “arrogancia intelectual”, ¿por qué no decírselo a bocajarro al día siguiente?

Él se lo toma con espléndido sentido del humor: entre otros motivos, porque es tan engreído que pocas cosas parecen importarle en demasía: “¡Tiene toda la razón! [Montoro] Sí, claro que sí. Hay un señor que le dice a Churchill: es que a veces tengo complejo de inferioridad y Churchill le dice tiene usted toda la razón para sentir ese complejo. Yo cuando he estudiado una cosa y la he estudiado a fondo la defiendo con cierta arrogancia”. Margallo ríe a carcajadas. Tanto, que en la corta distancia uno tiene la impresión de oir los estragos que el resfriado ha hecho en sus pulmones. “No me pareció tan llamativo: me pareció que no se hizo un favor a sí mismo”, sentencia, mientras recuerda que en EEUU, los miembros de un mismo partido se enfrentan unos a otros brutalmente en las primarias.

Igual deportividad exhibe con la acción emprendida por la Hacienda española por sus declaraciones de la renta durante sus años de eurodiputado, aunque hay ironía respecto al modus operandi “Nadie me avisó de la paralela, la recibí en mi casa, lo cual está muy bien porque quiere decir que somos un Gobierno neutral y transparente”.

UN PROBLEMA DE CARÁCTER

“Margallo es muy inteligente pero es insoportable”, afirma un español que ha trabajado cerca de él gran parte de las casi dos décadas que ha pasado en Bruselas como eurodiputado. En el ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, al que llegó con fama de conciliador democristiano, son al menos cuatro los que han sufrido arrebatos de ira que han concluido en ceses. El más conocido, Juan Pablo Iglesias, que fue secretario de Estado y embajador en Naciones Unidas con el PSOE y al que castigó durante dos años sin dejarle concursar a un puesto. Su pecado: ironizar en el telegrama de despedida con su preferencia por “la ventanilla” en vez de “los pasillos”. Estas historias de horror que circulan por el ministerio se equilibran con otras sobre un supuesto y bondadoso paternalismo según las cuales el ministro “cuida” a las personas que quiere.

“La clave para entender a Margallo es que un oscuro backbencher, tanto en Madrid como en Bruselas, es catapultado a la gloria con casi 70 años y quiere demostrar lo que vale y lo equivocados que estuvieron todo este tiempo por no descubrir antes su valía”, explica un diplomático que ha observado de cerca la labor de su jefe máximo a lo largo de estos cuatro años. “Después de tanto tiempo en la oscuridad, a él lo que le gusta es estar en la pomada, en la pomada nacional, no en el intríngulis de la política exterior, que la mayoría de las veces te obliga a estar lejos de lo que pasa en Madrid”.

Margallo niega la mayor, e insiste en que “nunca” ha querido ser vicepresidente económico, que es la sospecha que le ha perseguido durante toda la legislatura. “Lo que me hubiese gustado hacer y no he podido es tener un ministerio de Asuntos Exteriores con comercio exterior, un gran ministerio de Exteriores, lo que tiene Laurent Fabius [el canciller francés]. No era la mejor opción en el momento en el que estábamos. A mi lo que me gusta es lo que hago. Ser la voz de tu país es lo más bonito que se puede ser. No hay comparación con ser ministro de Economía o Hacienda”.

¿Cómo explicar sus contínuas incursiones fuera de Santa Cruz? “He hecho lo que he tenido que hacer en cada momento”. Con el visto bueno del presidente Rajoy. siempre: “Soy de los jesuitas y tenemos un cuarto voto de obediencia al pontífice. Es un presidente del Gobierno con el que yo me siento especialmente compenetrado”.

La cuestión catalana, que él ubica tan cerca del corazón como de la cabeza, le ha valido las mayores críticas, en especial por su debate con Oriol Junqueras. El defiende así su decisión: “En un clima de expansión del pensamiento único en el que colocar el mensaje contrario a eso es muy difícil tienes que aprovechar cualquier rendija. Yo ya sabía que la rendija no era fácil: irse a una televisión con un set en el que está el mapa de Cataluña. Sabía que no iba a ser sencillo pero tenía que hacerlo. Y yo no tenía nada que ganar personalmente y sí mucho que perder. Yo estoy en esto para hacer lo que tengo que hacer. Gracias a Dios puedo vivir por mi cuenta durante muchos años”.

¿El futuro de la cuestión? “¿Por qué se sublevaron en 1640 contra el duque de Olivares, por qué en 1711, por qué en 1931..? Los que han leído algo de esto concluyeron con Ortega: el tema catalán se conlleva. Para un tango hacen falta dos”.

Brillantez intelectual, problema de carácter. No hay un margallo sin otro. Esta semana, los españoles han tenido la ocasión de ver su lado más vitriólico. Fue en el Congreso, cuando envió al diputado Jordi Xuclá “al psiquiatra”. ¿Cómo pudo hacerlo? “Era mucha tela: decir que los catalanes habían votado contra el Estado..Yo con Xuclá me llevo bien. Le llamaré”. La leyenda de sus malvadas ocurrencias incluye apodos a alguna compañera de gabinete: “Te doy mi palabra de honor que no he sido yo”. También son legión los comentarios políticamente incorrectos o simplemente inapropiados. El se ríe y añade un ejemplo de su propia cosecha a esa interminable lista de anécdotas y de margalladas que uno atesora después de casi cuatro años de encuentros, desencuentros y viajes: “Yo solamente lo he sentido dos veces. Una cuando [Carlos] Solchaga [ministro de Economía con Felipe González, apodado el enano de Tafalla, el pobre. Landelino [Lavilla] me plantó en tribuna. Yo permencí en silencio y al rato dije: Perdóneme señor presidente pero yo lo primero que tengo que hacer es poner los micrófonos a mi altura”.

MARCA ESPAÑA

¿Todo esto es espontáneo? “Sí, pero soy mucho más reflexivo de lo que se piensa”. Según otra persona que ha trabajado con él durante muchos años, fue ese “desparpajo”, unido a “los idiomas y su conocimiento de Europa” lo que motivó que Rajoy lo nombrara canciller. “Margallo tiene todo lo que a Rajoy le falta. Se complementan”.

Lo que él considera su gran obra- Marca España- es visto como “una entelequia” por gran parte del ministerio. El no recibe bien las críticas. “Aquí no cabe un tonto más. En el momento en el que España tiene su nombre por los suelos pretender que no hay que hacer una campaña para cambiar eso es no entender nada. Marca España nació en el momento más difícil y cuando era más necesaria”. Hay otra joya de la corona: la entrada de España en el Consejo de Seguridad de la ONU. Lo que le ha faltado por hacer- apertura de más embajadas y consulados, consolidación del Cervantes y cooperación- ha sido, dice, por falta de dinero.

Margallo habla, opina y sentencia de todos y de todo: “Yo, como Unamuno, solo hablo pa´listos”. Su única línea roja: la Casa Real.

A dos meses para las elecciones, ¿está llegando a su fin esa carrera político que inició en 1977 como diputado por Melilla? Atribuye los problemas del PP a la “desafección a las fórmulas tradicionales que se dan en toda Europa como consecuencia de la crisis económica”, pero desliza que su “participación en la comunicación oficial del Gobierno ha sido muy escasa: he salido dos veces en dos ruedas de prensa en todos los viernes en toda la legislatura”.

En el ministerio están convencidos de que quiere repetir como ministro. “Nunca he hablado con el presidente de este tema”, señala. “Yo ya estoy en la reserva, y sólo si me lo pide estaré”. Recuerda que “venir del Parlamento Europeo a Madrid no fue una operación barata” pero al volver la vista atrás concluye: “Me lo he pasado muy bien”.

Y concluye: “Yo soy muy orteguiano: el esfuerzo inútil conduce a la melancolía. A mi qué más me da lo que digan las encuestas. Tendré que hacer lo mismo hasta el último segundo digan lo que digan las encuestas. Yo no pierdo un minuto en eso. entré con un BOE y saldré con un BOE. Va a ganar el PP y luego veremos los números”.

Margallo hojea el ejemplar de su libro recién salido de la imprenta./ Moeh Atitar

Margallo hojea el ejemplar de su libro recién salido de la imprenta./ Moeh Atitar