Homenaje en Budapest

Sanz-Briz, el español que salvó a 5.300 judíos del nazismo

550.000 judíos húngaros fueron asesinados en la II Guerra Mundial. El diplomático usó una argucia para salvar a 5.300.

Sanz-Briz y la cantante Leeny Kuhr, en un acto en 1969.

Sanz-Briz y la cantante Leeny Kuhr, en un acto en 1969. Dutch National Archives

En las manos frágiles de un hombre de 72 años, una foto. En ella se le ve a sí mismo, con un año de edad, acompañado de su familia, pertenecientes a la comunidad judía de Budapest. Huían del holocausto perpetrado en Hungría a finales de 1944. El hombre, conmovido, estrechó ayer las manos de Juan Carlos Sanz-Briz y cerraba un círculo que se había abierto en los últimos compases de la Segunda Guerra Mundial, cuando el padre del segundo salvó la vida del primero y las de otros 5.300 judíos perseguidos por un régimen títere de Hitler.

“Ha sido impresionante”, comentaba Juan Carlos después de este encuentro, que tuvo lugar en la embajada española de Budapest. El episodio fue enmarcado dentro de los actos programados para este viernes, en la que en la capital húngara se rendía homenaje al diplomático Ángel Sanz-Briz. István Tarlós, alcalde de la ciudad, abanderó la inauguración de una avenida con el nombre del español y la presentación de un monolito que recordaba su labor. La familia Sanz-Briz, además, estuvo acompañada de varias autoridades húngaras, del Secretario de Estado para Asuntos Exteriores español, Ignacio Ybáñez, y del embajador, José Ángel López Jorrín.

“Este es un tema sensible en Hungría porque no es agradable recordar un año tan horroroso como 1944”, apuntaba José Luis Rodríguez de Colmerares, que ostenta la segunda jefatura de la embajada española en Budapest. Los acontecimientos a los que se refiere constituyen, precisamente, el año negro de la historia reciente del país.

Una cuerda y una bala bastaban para matar a dos judíos; a veces, incluso, a tres. Corrían los años cuarenta y los nyilas húngaros, miembros del Partido de la Cruz Flechada de ideología paralela a la nazi, presionaban para alcanzar la solución definitiva en su país. Frente al río Danubio, ataban a los miembros de esta comunidad religiosa por parejas o de tres en tres y mataban de un disparo a uno de ellos; los otros morían en el fondo del agua, arrastrados por los cadáveres de sus compañeros. En total, 550.000 personas murieron por estos crímenes o asfixiados en las cámaras de gas de Auschwitz, adonde eran deportados en trenes.

Con 31 años, Ángel Sanz-Briz se despedía de El Cairo, donde era el encargado de negocios de la legación española, para aterrizar en Budapest. El Gobierno de Franco lo había enviado allí para asumir el mismo cargo que había desempeñado en el país árabe. Era 1942 y Miklós Horthy, regente de Hungría, y Miklós Kállay, primer ministro moderado, habían manifestado su fidelidad al Eje encabezado por la Alemania de Hitler.

Pero el führer pronto se cansó de la moderación política con la que, bajo su criterio, actuaban Horthy y Kállay. El Eje atravesaba su momento de mayor fragilidad desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y Hungría negociaba una posible rendición ante los soviéticos. Para asegurar la permanencia del país centroeuropeo bajo su órbita, Hitler lanzó la operación Panzerfaust, que culminó con eficacia en octubre de 1944. Finalmente, pondría el país bajo el mando de Ferenc Szálasi, líder del Partido de la Cruz Flechada, que defendería los propósitos nazis aun cuando se aproximaba la derrota alemana.

Fue entonces cuando el exterminio judío comenzó a fraguarse en territorio húngaro. Primero llegó el hacinamiento de la comunidad; después, las ejecuciones extrajudiciales y los envíos a los campos de exterminio. A Ángel Sanz-Briz y a su mujer, Adela Quijano y Secades, les removían los hechos de los que eran testigos. El diplomático español manifestó en varias cartas su preocupación por el destino de las 500.000 personas deportadas, entre las que había “un gran número de mujeres, ancianos y niños”.

El periodista Arcadi Espada, en el libro En el nombre de Franco, refleja cómo Sanz-Briz se sintió interpelado ante el escenario de horror en el que se había convertido Hungría. La inquietud intelectual dio paso al remordimiento moral. Y es en ese momento cuando el diplomático decidió utilizar todos los instrumentos de los que dispone para ayudar a la comunidad perseguida.

Amparándose en una vieja ley española, opta por dar el pasaporte a aquellos judíos sefardíes que tuvieran ascendencia en la Península. Precisamente, los sefardíes mantienen un vocabulario próximo al que hablaba su comunidad en los tiempos de los Reyes Católicos. El Gobierno húngaro aceptó la concesión de 200 pasaportes bajo esta condición.

Buscando familias para salvarlas

Es fácil imaginarse a Sanz-Briz recorriendo las estaciones de tren de Hungría. Diego Carcedo, en el libro Un español frente al holocausto, retrata en numerosas ocasiones la angustia que perseguía al diplomático español.

Sanz-Briz, que dio con 70 familias sefardíes, decidió hacer una interpretación laxa de las leyes. Por un lado, hizo extensible la condición de español a todo judío que contase con algún familiar con ciudadanía en nuestro país y no sólo a los sefardíes; además, recondujo el permiso del Gobierno húngaro en la concesión de pasaportes: de 200 individuos, el diplomático pasó a 200 familias. En sus cartas, Sanz-Briz señala que le resultó “fácil” multiplicar estas familias “indefinidamente”.

El diplomático utilizó las propias instalaciones de la legación española, que amplió en varias ocasiones para albergar a miles de personas. Cuando Sanz-Briz abandonó Budapest con el Ejército soviético llamando a las puertas de la ciudad ya había salvado la vida de 5.300 personas.

Tras su estancia en Hungría, Sanz-Briz continuó con su carrera diplomática en una decena de destinos; entre ellos, Pekín, que constituyó la apertura de la primera embajada española en la ciudad en tiempos de Mao Tse Tung. El 11 de junio de 1980 falleció en Roma, después de ser el encargado de las relaciones con el Vaticano.

El embajador español, López Jorrín, y Juan Carlos Sanz-Briz, junto al monolito.

El embajador español, López Jorrín, y Juan Carlos Sanz-Briz, junto al monolito.

“Mi padre siempre fue un hombre vanguardista”, recuerda su hijo Juan Carlos. “Mi padre consideraba que no tenía que tener ningún reconocimiento -recuerda-. Si alguien le preguntaba sobre el tema, entraba en detalle. Pero guardó silencio a efectos públicos de su labor humanitaria porque hizo lo que pensaba que tenía que hacer, sin alarde u ostentación”.

El nombre de Ángel Sanz-Briz también ilustra el Monumento de los Justos, erigido en el parque Raoul Wallenberg, diplomático sueco que salvó la vida a miles de personas en el mismo escenario en el que lo hizo el español. Además, Sanz-Briz fue galardonado con numerosas distinciones internacionales, entre ellas, fue nombrado Justo entre las Naciones por Israel y recibió la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil española.