Conflicto en Siria

"Si un niño sirio sale de casa sabe que quizá no vuelve"

Alejandro Mendoza vive el conflicto desde su inicio. Sobre la guerra: “Que EEUU y Rusia la paren”. Sobre el Daesh: “Lo crearon ustedes”. 

Alejandro José Mendoza aterrizó este martes en Madrid tras cuatro años en Siria.

Alejandro José Mendoza aterrizó este martes en Madrid tras cuatro años en Siria.

  1. Crisis refugiados
  2. Guerra en Siria
  3. Siria
  4. Conflictos armados
  5. Europa
  6. Guerra
  7. Refugiados
  8. Estado Islámico
  9. Terrorismo
  10. Terrorismo islamista
  11. Política

Alejandro José Mendoza acaba de aterrizar en España después de pasar cuatro años en Siria. Llegó a Damasco como misionero salesiano en el mismo momento en el que se desató el conflicto. La historia de la guerra es también la suya. “La muerte está presente en el día a día: no hay nadie que no haya perdido a un ser querido”, relata en uno de los pocos momentos en los que muestra algo de tristeza. Porque para Alejandro, a pesar de la desolación que cubre el país, hay esperanza. “Eso sí -añade-, siempre y cuando Estados Unidos y Rusia decidan poner fin a la guerra”. Nacido en Mérida (Venezuela) hace 36 años, ahora se marcha a Líbano para desempeñar allí su labor. “Lloré cuando tuve que marcharme de Damasco”.

Es difícil explicar que siente pena de marcharse de un conflicto del que tantos pretenden huir.

Llegué a Aleppo en verano de 2007. No pasé nada más que unos meses porque todavía estaba en el seminario y me enviaron para conocer el terreno. En 2008 repetí la misma experiencia, pero en Damasco. Me enamoré de los proyectos que se podían llevar a cabo con los jóvenes y me duele despedirme de ellos. Cuando me ordené sacerdote hace cuatro años me concedieron la suerte de elegir dónde quería ir. No lo dudé, quería ir a Damasco. El conflicto se notaba en las fronteras de Siria, pero todavía no había llegado a la capital. Sería falso decir que me fui a la guerra, porque no lo sentíamos así.

Pero ahora la guerra se siente muy intensamente en algunos barrios de Damasco.

Sí. Todo comenzó con los coches bomba: uno en diciembre de 2011 y dos en la primera mitad de 2012. En ese momento era fácil sentir que uno podía morir en cualquier momento. Todo cambió en la vida ordinaria: comenzó a faltar electricidad, pan, combustible, agua… Después cesaron los coches bomba, pero llegó algo peor: los bombardeos. Nosotros vivimos en el centro de Damasco, una zona relativamente protegida. En 2013 cayeron cinco misiles muy cerca, pero en otros barrios caían veinte por día. Ahora se ve que los rebeldes tienen posibilidades económicas mucho más fuertes y, por tanto, misiles de mucha más potencia. Este año he perdido la cuenta de cuántos han podido caer cerca nuestro.

¿Hay vida bajo los bombardeos? Vida entendida en el sentido pleno de la palabra…

Depende. Si me lo pregunta a mí le diré que sí, obviamente. A veces sentimos que tenemos una vida más plena que la que podríamos tener en países en calma. Pero si te metes en los zapatos de un padre o una madre, la pregunta cambia mucho.

En ese contexto, las decisiones cotidianas tendrán un peso mucho mayor.

Nuestros autobuses viajan a diario a las zonas más populares a recoger a los chicos que vienen a nuestro centro. Cada día decido si mando o no los autobuses donde caen las bombas. No puedo decir con ligereza que no, porque es la única oportunidad que los chicos tienen de hacer una vida humana y digna; pero tampoco puedo decir que sí tan fácilmente porque supone arriesgar vidas. Es difícil de soportar.

Pero alguien tiene que tomar esas decisiones…

Cuando Europa cerró todas las embajadas también lo hicieron casi todas las del mundo. Entre las pocas que quedaron estaba la de Venezuela y, además, era de las pocas que recibían a la gente. Muchos asumieron Venezuela como la vía de escape. Había colas larguísimas para pedir la visa. La gente me decía: “Nosotros, los sirios, que nos morimos por ir allí y tú que tienes el pasaporte, ¿por qué sigues aquí?”. Pero si me fuese sería una persona falsa: ganaría en seguridad física, pero perdería en seguridad interna. Me quedo por respeto a Dios, a los sirios y a mí mismo. Quiero dormir, y si me fuese no lo haría.

"Al lado de la guerra de los misiles hay una guerra de información".

"Al lado de la guerra de los misiles hay una guerra de información".

Es inevitable preguntarle por el miedo.

Con 36 años puedo decir que he tenido una vida muy plena. Claro que no deseo la muerte, pero, si llega, yo ya viví lo que tenía que vivir. Estando en Siria puedo decidir si quedarme o irme y esta es mi opción. Si mi presencia puede ayudar para que tengan alguna oportunidad -espiritual o material- creo que el riesgo vale la pena. Si Dios quiere que viva, muy bien; si pasara que me tocase morir… estoy muy sereno en ese punto. Tengo miedo con los míos. Internamente me destruye cuando lloran la muerte de sus seres queridos. Hay muchos jóvenes que han entrado en el Ejército o que han decidido marcharse en barcos de la muerte. Es ahí cuando siento miedo.

Son jóvenes que han vivido experiencias muy difíciles de asumir.

Muchos de ellos, cuando se despiden de sus padres, les recuerdan la ropa que llevan puesta. Así, si les cae una bomba, podrán reconocer el cuerpo. Son conscientes de que quizá es la última vez que se saludan, que quizá no vuelven. Nos preparamos como si mañana fuésemos a morir para quedarnos en paz. Los jóvenes son adultos pequeños. Llaman a sus padres cuando cae una bomba para preocuparse por ellos.

¿Es posible asumir esas situaciones?

Todos han perdido a un compañero de escuela, un vecino, un primo, un padre, un hermano… todos tienen alguien a quien llorar. La muerte es el día a día de Siria. Dentro de su cultura, una forma de honrar a un ser querido es vengarlo, es la forma de manifestar el amor que se tenía por esa persona. Pero todos tienen un muerto y ahora todos quieren vengarlo. Si algún día termina la guerra, habrá que reconstruir primero a la persona y después a la sociedad.

Si le preguntan qué es lo que necesita Siria, ¿qué diría?Muy fácil: que pare la guerra. Pero eso depende Estados Unidos y de Moscú, principalmente. Los sirios no entendemos cuál es el interés estratégico que hay Siria. Tiene algo de petróleo, pero apenas da para el abastecimiento interno. Si hay intereses son políticos.

¿Cómo cree que ve el mundo a Siria?

Cuando comenzó el conflicto en las fronteras, los medios se llenaron de lo que ocurría allí. Cuando el conflicto se recrudeció y llegó a Damasco, la moda ya había pasado y no se contaba nada. Se siente mucha… ¿Cuál es la palabra? Impotencia. Al lado de la guerra de los misiles hay una guerra de información entre los que tienen el poder de transmitir. Siempre hay un interés detrás. A veces, el mismo título dice mucho: Guerra civil en Siria. No es una guerra civil, porque hay muchos países extranjeros que intervienen. ¿Por qué insisten en llamarlo así?

Y sobre el Estado Islámico…

Hace dos años, en una entrevista, me preguntaron cómo es que el Daesh había venido de la nada. Perdónenme, ¡pero vino de la nada para ustedes! Nosotros les advertíamos desde hace cuatro años que están dando armas y apoyando a gente equivocada. Disculpen, pero el Daesh lo crearon ustedes. Si hay que buscar un culpable de lo que está pasando habría que mirar a los que venden armas. Es curioso que las crisis económicas comienzan en 2010 y, con el inicio de las guerras, se comienzan a superar las crisis.

Terrorismo, guerra, tensión… ¿se puede encontrar algo de luz en mitad de todo eso?

Claro que sí. Un día me encontré con tres chicos. El mayor tenía seis años y se paró en un montón de basura a buscar comida. Me lo llevé a un restaurante y pedimos tres kebabs. Mientras los preparaban, traté de charlar con él. Cuando nos dieron la bolsa, se la di al chico. El creía que había pedido dos para mí y uno para él. Cuando le di los tres, me preguntó: “¿Tú no vas a comer?”. Cuando le dije que no, cogió su kebab, lo partió en dos y me dio una mitad. ¡Un chico que no tenía ni para comer! Eso refleja el carácter sirio. Claro que se puede encontrar luz.