Masters 1000 de Montecarlo

Nadal, en busca de su látigo de tierra

El mallorquín, que se juega este viernes el pase a semifinales de Montecarlo contra Diego Schwartzman, persigue la mejor versión de su drive sobre arcilla. 

Nadal, golpeando un drive ante Edmund en Montecarlo.

Nadal, golpeando un drive ante Edmund en Montecarlo. Reuters

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En dos partidos en tierra batida, y tras identificar lo que necesita para hacerse fuerte y aspirar a todo en su superficie predilecta, Rafael Nadal ha pasado de tener una derecha sin mordiente (la del británico Edmund en su estreno) a otra bien afilada (la de Alexander Zverev, en el partido de octavos de final). El mallorquín, que se mide este viernes a Diego Schwartzman en los cuartos del Masters 1000 de Montecarlo, persigue la mejor versión de su drive, exactamente lo mismo que recuperó en pista dura a principios de temporada, un golpe que ahora debe terminar de adaptar a la superficie que pisará durante los próximos meses.

“Este año había recuperado una cosa muy importante para mí, lo dije antes de empezar la temporada: había recuperado mi drive, pero ahora tengo que recuperarlo de nuevo en tierra”, explicó Nadal a EL ESPAÑOL antes de buscar las semifinales. “La forma de golpear, la manera de entender los tiros… Tengo que pegar bien mi derecha para dominar los partidos y eso es lo que voy a intentar”, insistió el balear sobre la diferencia entre el drive de pista rápida y el de tierra batida.

“Es una forma muy diferente de golpear a la bola”, reconoció. “En tierra necesitas pegar una bola que dañe al rival, pero que a la vez te proporcione consistencia. En rápida anticipas mucho más, golpeas más pelotas directas hacia los lados buscando el ganador y aquí no es así”, añadió. “En esta superficie hay que buscar un punto intermedio: es decir, necesito dañar al rival, pero sin asumir muchos riesgos. Es fuerza y control, tener claros los márgenes de error”.

Nadal, durante su estreno en Montecarlo.

Nadal, durante su estreno en Montecarlo. Efe

Después de caer en la final de Miami contra Roger Federer, Nadal se tomó dos días de descanso e inmediatamente se puso a entrenar sobre arcilla. El mallorquín, que justificó su renuncia a la eliminatoria de Copa Davis entre España y Serbia apuntando al tiempo que necesitaba para hacer la transición del cemento a la tierra, realizó un proceso de adaptación gradual en el que desempolvó todos los movimientos que exige la superficie, pero sin perder algo de vista: tras trabajar mucho para ser agresivo, el español declinó la tentación de olvidarse de sus progresos ofensivos con la llegada de la tierra, donde no hace falta atacar a tumba abierta. 

“Tengo que ser agresivo porque sin ser agresivo no voy a ganar en tierra y esto lo tengo claro”, aseguró el número siete del mundo. “Lo que pasa es que tengo que ser agresivo de una manera distinta. Ser agresivo en pista rápida es una cosa y serlo en tierra es no perder mi juego base, que es la consistencia, cometer pocos errores y jugar a una intensidad alta”, continuó, desgranando el esqueleto de su tenis en albero. ”Mi juego de tierra se basa en jugar a una velocidad de crucero muy alta para que el rival no tenga la opción de golpear desde posiciones favorables. Si consigo hacerlo durante mucho tiempo seguido tengo buenas opciones de que el contrario termine cansado o buscando golpes en los que el éxito es más difícil”, recalcó.

“La tierra permite ser menos agresivo, pero es una línea que hay que seguir”, le continuó Carlos Moyà, uno de los entrenadores del campeón de 14 grandes. “Con Rafa lo que se intenta es ver el medio y largo plazo. Independientemente de que ahora venga una época de tierra batida, donde no hace falta que haga cosas que sean tan extremas o radicales, creemos que es una línea que debe seguir sin separarse mucho de ella”, cerró el ex número uno mundial, que vio desde la grada cómo Nadal superaba la barrera de los 400 partidos en tierra, otra huella más de su longevidad.

Nadal, golpeando con el drive ante Zverev.

Nadal, golpeando con el drive ante Zverev. Efe

“Supongo que uno siempre va evolucionando”, argumentó el balear, sobrevolando rápidamente todos esos encuentros que ha jugado en arcilla. “Al final, no tengo la energía que tenía en las piernas hace 12 años, estoy seguro, y tengo que suplirlo con otras cosas. El revés, por ejemplo, lo he mejorado bastante”, detalló. “Seguro que mi patrón de juego ha cambiado, pero sigo teniendo algo claro: sé que si soy capaz de ganar unos cuantos encuentros seguidos en tierra los automatismos llegan y con esos automatismos soy un jugador un poco diferente”.

Ser un jugador diferente tiene un significado claro: ser el Nadal de tierra batida, el jugador inabordable e imbatible que ha levantado una leyenda de arcilla como nunca ha existido otra igual.