Wimbledon

Raonic, al fin una realidad

A los 25 años, el canadiense bate 6-3, 6-7, 4-6, 7-5 y 6-3 a Roger Federer y jugará su primera final de Grand Slam en Wimbledon ante Murray, vencedor 6-3, 6-3 y 6-3 de Tomas Berdych.

Fedrerer, desolado tras caer en semifinales ante Raonic.

Fedrerer, desolado tras caer en semifinales ante Raonic. EFE

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Prometida para mucho antes, la fotografía termina llegando en 2016. A los 25 años, y después de escuchar cómo durante tiempo le incluían dentro de una generación demasiado débil en la pelea por conquistar los escenarios más importantes del circuito, Milos Raonic sonríe porque acaba de clasificarse para su primera final de Grand Slam en Wimbledon. En un encuentro fantástico, gobernado con la raqueta y también con la cabeza, el canadiense anula 6-3, 6-7, 3-6, 7-5 y 6-3 a Roger Federer, que deja escapar una oportunidad única para pelear por sumar 18 grandes, y llega al partido decisivo en Londres, donde se encontrará el domingo con Andy Murray (6-3, 6-3 y 6-3 a Tomas Berdych). El anunciado cambio de guardia se produce en partidos así.

Fiel a su estilo de juego, Raonic deja los experimentos para los laboratorios y se dedica a competir como sabe: con el saque como columna vertebral (rozando constantemente los 230 kilómetros por hora), el canadiense ataca la victoria a garrotazos (termina con 75 golpes ganadores), acribillando con su imponente derecha a Federer desde la primera pelota. El asedio es un espectáculo, mejor que cualquier asalto del Viejo Oeste. El número tres, que con su revés cortado envía bolas bajas para intentar que su rival se agache, doble el corpachón y con suerte se trastabille, se queda de piedra cuando ve al aspirante tomando una zona de la pista que tradicionalmente le pertenece.

Pese a que levanta casi dos metros del suelo (1,96m), Raonic se mueve con sorprendente soltura cuando sube a volear, cubriendo con tres pasos el camino que separa la línea de fondo de la red y desenvolviéndose allí con sentido común y firmeza. Aconsejado durante todo el torneo por el legendario John McEnroe (uno de sus entrenadores junto a Riccardo Piatti y Carlos Moyà), el número siete se anima a terminar los puntos en la cinta una y otra vez durante todo el encuentro (en 56 ocasiones se atreve a ir hacia delante). Ese es el resultado al trabajo del estadounidense, emperrado desde el primer día en hacerle ver al canadiense cómo ser eficiente sobre hierba, una superficie donde todavía se puede jugar al abordaje.

Perdida la pelea por la red, al igual que la primera manga, Federer necesita que el canadiense baje su altísimo porcentaje de primeros saques (72% hasta ese momento, 68% al final), y ni así tiene nada garantizado. Si Raonic juega con su primer servicio, el número tres solo puede cruzar los dedos y esperar sentado a ver si ocurre un milagro, como el resto que se inventa en mitad del primer set, un magistral bote pronto que podría destruir la reputación de cualquier mago en un santiamén. Si el número siete pone la bola en juego con segundo saque, el suizo tiene más opciones de entrar a pelotear y probar las defensas del gigante, que salva cuatro pelotas de set en el segundo parcial (con 4-5) y cita a su contrario en el tie-break.

PRESIÓN, CABEZA Y ZARPAZOS

Se juega el desempate del segundo set y ahí está medio partido. Parece difícil que Federer pueda remontar otros dos sets de desventaja y menos ante un sacador como el canadiense. A Raonic, no obstante, le pesa la presión, que Federer recibe como habría hecho con una vieja amiga. Hola, encantada de saludarte, pasa y ponte cómoda. En un parpadeo, el suizo gana el segundo set y los fantasmas se echan encima del número siete, que pasa de verlo todo despejado a tener un horizonte negro porque un partido en la pista central de Wimbledon ante Federer pesa mucho.

En la grada, Moyà le pide cabeza a Raonic, que piense y no tire por la borda todo lo bueno que ha hecho hasta ahora en la semifinal. Sabe el mallorquín que el tenis es como una balanza sin nivelar, que cuando uno sube lo normal es que el otro baje. Intuye que un mal arranque de Raonic en la tercera manga es suficiente para que Federer le arrebate el pase a la final porque el suizo es perro viejo y se maneja como nadie en situaciones de presión. No imagina, sin embargo, lo que acaba sucediendo. El zarpazo del número tres al marcador llega desde una estadística ridícula: tras romperle el saque, Federer le gana el tercer parcial a Raonic cometiendo un error no forzado. Para un tenista que ha hecho carrera desde la agresividad, eso es tan improbable como bañarse entre tiburones y salir del agua con las dos piernas intactas.

“ES INEXPLICABLE PARA MÍ”

Con el partido de cara, todo controlado, Federer ya juega eligiendo el cómo y el por qué, casi flotando. Hasta ese instante, su gestión de los momentos clave es impecable, sin fisuras. Para sorpresa del gentío, el número tres se enreda sacando para jugar otra muerte súbita (comete dos dobles faltas seguidas) y abre una puerta que estaba cerrada con tres cerrojos. Raonic, por supuesto, se cuela, gana el set y empata la semifinal. Entonces, ocurre algo increíble: el suizo pide que venga el fisioterapeuta a atenderle (se pueden contar con los dedos de una mano las veces que ha hecho eso durante sus años como jugador) porque tiene problemas en el muslo derecho, demasiado peaje jugar dos encuentros seguidos a cinco mangas con 35 años.

“Algo salió mal”, explicará luego el suizo ante los periodistas, encogiéndose de hombros al recordar ese juego horrible del cuarto set. “No puedo creer que cometiese una doble falta dos veces seguidas. Es realmente inexplicable para mí. Estoy muy triste y enfadado conmigo mismo porque nunca debí permitir que él lograse el break tan fácilmente. Se lo merecía y se lo ganó al final, pero le he ayudado mucho en ese juego”.

Entonces, nace el quinto set y el campeón de 17 grandes acaba por los suelos persiguiendo una bola en la media pista, se hace daño en la pierna izquierda e inmediatamente después pierde el saque. El suizo, que desde la caída camina con preocupación, no es el mismo, ha perdido chispa, alma y posiblemente convencimiento, y todo eso en un momento. Raonic rebosa lo primero, cuenta con lo segundo y le sobra lo tercero. No hace falta que Moyà le vuelva a pedir que piense cuando el canadiense consigue el break: el pase a la final de Wimbledon ha dejado de peligrar.

MURRAY, 11 FINALES GRANDES

Andy Murray celebra su victoria ante Tomas Berdych.

Andy Murray celebra su victoria ante Tomas Berdych.

El domingo, Raonic tiene por delante un desafío tan grande como el que encaró contra Federer en semifinales. Levantar su primer título grande le obligará a batir a Murray, clasificado por tercera vez para la final de Wimbledon (antes lo logró en 2012 y 2013) después de atropellar al checo Berdych, que pasó por el cruce sin hacer ruido, enterrado por los vítores de la multitud (“Come on Andy!”, cantaban) y apagado por la decisión de su rival, impecable de principio a fin como demostraron sus nueve errores no forzados.

El número dos, que suma 11 finales de Grand Slam (tres consecutivas en 2016), juega ahora sin cadenas en Londres. Después de ganar el título en 2013, rompiendo 77 años de sequía británica (desde que Fred Perry ganó la copa en 1936), Murray tiene la tranquilidad de haber cerrado su cuenta con la historia. Ahora, la motivación es bien distinta para un jugador asfixiado desde pequeño por las expectativas de todo Reino Unido.