OPEN DE AUSTRALIA

Kerber niega el infinito a Serena

Con un juego brillante, la alemana vence a la número uno en la final del Abierto de Australia, suma su primer Grand Slam e impide que la estadounidense iguale los 22 grandes de Steffi Graf.

Kerber con el trofeo de campeona del Open de Australia.

Kerber con el trofeo de campeona del Open de Australia. Reuters

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El último suspiro acaba en lágrimas, que lo llenan todo de alegría dejando paso a un momento mágico: es imposible que exista una persona más feliz en el mundo que Angelique Kerber. A los 28 años, y tirada sobre el suelo de la Rod Laver Arena, la alemana acaba de ganar 6-4, 3-6 y 6-4 a Serena Williams en la final del Abierto de Australia, impidiendo que la estadounidense pueda tutear a Steffi Graf, que mantiene su marca de 22 grandes.

Lo que sucede en Melbourne es maravilloso: Kerber, que en primera ronda salvó un punto de partido (contra la japonesa Doi), celebra el día más importante de su vida tras jugar un partido como las grandes, sin importar que su rival sea una de las jugadoras más temibles de siempre. Da igual: desde hoy es campeona de Grand Slam.

La final empieza a jugarse fuera de la pista. Kerber, aconsejada durante parte de su carrera por Graf, recibe un mensaje en su teléfono móvil de la legendaria jugador alemana tras vencer en semifinales a la británica Konta. “Me siento muy orgullosa de ti”, le dice desde Las Vegas la campeona de 22 grandes, dándole motivos para creer en la victoria.

Es un impulso incomparable a cualquier otro que la número seis usa para buscar la copa desde el convencimiento. Así, Kerber intenta olvidar la terrorífica estadística con la que llega Serena al pulso (victoria en 21 de las 25 finales de Grand Slam anteriores, sin caer desde el Abierto de los Estados Unidos en 2011 ante la australiana Stosur) y el cara a cara con su rival (un triunfo en seis partidos).

Los problemas de una zurda

Con el adiós de la tarde, el nacimiento de una final espectacular. Kerber juega con descaro, intentando aprovechar las ventajas de su incómodo juego de zurda y el poderío de sus pulmones. La alemana, una competidora como pocas, exprime esos dos factores de maravilla al principio, cuando gana la primera manga después de arrebatar el saque a la número uno (2-1), perder el suyo (3-3) y abrir de nuevo la brecha (4-3) hasta pegar primero en el encuentro. Es la aspirante quien roba los aplausos del graderío, que se pone de su parte por todos los méritos que hace. Es la favorita quien cierra los ojos mientras maldice, vomitando palabras que su banquillo recibe con preocupación.

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Serena se entrega a la desesperación, perdida en un mar de gritos. Pese a que está avisada, la estadounidense se encuentra atrapada en los efectos de zurda de su contraria, algo que tarda más de 40 minutos en interpretar para intentar resolver. A diferencia de la mayoría, Kerber obliga a la número uno a cambiar su patrón de juego y eso no es ninguna tontería.

Adaptada a un estilo concreto (la gran parte de las jugadoras son diestras), Serena pena para defenderse porque la pelota de su contraria se aleja del cuerpo más de lo habitual. Las consecuencias son terribles. Serena comete un puñado de errores impropios intentando calcular las distancias (acaba con 46, por los 13 de la alemana). Sufre en el tú a tú porque su derecha natural (la cruzada) se encuentra con el mejor golpe de Kerber, que es el revés, y se atranca al variar las direcciones, huyendo de ese ala de la pista. Termina desquiciada por el saque abierto de su oponente, un recurso habitual en tenistas que no empuñan la raqueta con la mano derecha. Está al límite.

Un juego, 11 minutos

Kerber, además, tiene otra cualidad fantástica: su capacidad para defenderse es extraordinaria. Con todo empatado, después de la reacción de Williams (ganadora de la segunda manga, de golpazo en golpazo), la alemana vuelve al principio. El peaje es simple: si quieres arrebatarme el título, vas a tener que ganarme cada punto mil veces porque te voy a devolver todas las pelotas posibles.

La número seis corre como un demonio y eso queda reflejado con 3-2, en un juego que supera los 11 minutos de duración. Varias veces tiene Serena la pista abierta para rematar el juego y varias veces aparece Kerber para decirle que no, que va a necesitar un golpe extra, que ella tiene oxígeno ilimitado. La rotura de la alemana (4-2) no evita lo previsible: sacando por el título con 5-3, sufre un ataque de pánico que acaba en break. El destino, a veces, es justo: a continuación, la alemana rompe el saque de Serena y grita al mundo su victoria, que es gigante.

Este es el premio a la perseverancia. Kerber, a un punto de caer eliminada del torneo en primera ronda, llora porque es campeona de Grand Slam. Esas lágrimas explican muchas cosas. Cuando Serena deje de jugar, algo que ocurrirá el día que se le termine el apetito (y todavía parece que tiene mucho), su carrera merecerá ser estudiada con detenimiento. Sólo entonces adquirirá el valor real, que es equivalente al de una joya preciosa, como esa obra de arte que provoca miradas embelesadas en el mejor lugar del museo. Por eso, la victoria de Kerber es de otra dimensión.

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Es sencillo de explicar y difícil de asimilar. Serena ha ganado grandes en tres décadas diferentes (sumó el primero en el Abierto de los Estados Unidos de 1999), dominando por el camino a varias generaciones de jugadoras (Martina Hingis, Justine Henin, Arantxa Sánchez-Vicario, Kim Clijsters, Venus Williams, Lindsey Davenport, Maria Sharapova o Victoria Azarenka, entre otras). A los 34 años, se lanzó con pasión a por su Grand Slam número 22 para igualar a Graf, algo que tenía desde hace tiempo entre ceja y ceja. Se encontró, sin embargo, con algo que no esperaba: Kerber y un partido para enmarcar. Por ahora, la eternidad deberá esperar.