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Tyson Fury y la corona de espinas del 'Gypsy King'

El campeón de los pesos pesados, tras dar positivo por cocaína, ha anunciado que renuncia a defender sus títulos para tratar su adicción. Muchos han sido los boxeadores que han caído tras tocar el cielo. 

Tyson Fury, antes del combate por el título de los pesos pesados.

Tyson Fury, antes del combate por el título de los pesos pesados. Reuters

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Fue el protagonista de una de las grandes sorpresas de la década al derrotar a Wladimir Klitschko y arrebatarle el campeonato mundial del peso pesado. Se acababa de convertir en rey, pero es realmente cuando comenzó su infierno. Su reinado, que no ha llegado al año, no lo ha sido del KO sino del caos. Su corona real se tornó en corona de espinas y ahora, sin títulos y con la licencia retirada, Tyson Fury afronta su calvario. Una bolsa multimillonaria para el combate de revancha, la más grande que jamás podría soñar, se le acaba de esfumar. Y, sin embargo, eso es casi lo de menos. Fue muchísimo más fácil vencer a Klitschko en Düsseldorf.

Fury acaba de anunciar que renuncia a sus título (el de la WBA y de la WBO) con lo que pone fin a su caótico reinado, en el que se ha visto incapaz de defenderlo. Todo esto tras una semana en la que se dio a conocer que dio positivo por cocaína en un control antidopaje y posteriormente reconocer sus problemas con la droga, el alcohol y su necesidad de tratamiento psiquiátrico.

"Creo que es lo justo y lo correcto y por el bien del boxeo el mantener los títulos activos y permitir que los otros contendientes para luchar por los cinturones vacantes que con orgullo he ganado y mantuve como el campeón invicto del peso pesado del mundo, cuando derroté a la campeón Wladimir Klitschko", reconocía hace poco. Y seguía: "He ganado los títulos en el cuadrilátero y yo creo que ellos deben perderse en el ring, pero soy incapaz de defenderlos en este momento y he tomado la decisión difícil y emocional de dejar vacantes ahora de manera oficial mis preciados títulos mundiales y desear a los principales contendientes todo lo mejor, ya que ahora entro otro gran reto en mi vida el cual sé, al igual que contra Klitschko, voy a vencer".

Tras hacerse público que había dado positivo por cocaína en un control antidopaje, el campeón mundial del peso pesado Tyson Fury anunció la pasada semana en su cuenta de twitter su retirada del boxeo. Lo hizo poco después de tuitear un fotomontaje del mítico narcotraficante cinematográfico Tony Montana, de “Scarface”, pero con el rostro del propio boxeador con una montaña de cocaína delante. Y fiel a su estilo, lejos de dejar un simple enunciado de su retirada, el mensaje iba cargado de provocación y lenguaje soez. 

Horas más tarde, de nuevo vía twitter, se ríe y se desdice: más desconcierto. Pero lo de ahora ya es oficial. Lo ha hecho a través de un comunicado enviado por su promotor, Mick Henessy. A Tyson Fury le espera a partir de hoy una larga y dura lucha para vencer sus demonios. Su futuro como boxeador de momento queda en un segundo plano.

Y todo esto después de provocar dos cancelaciones de su revancha con Klitschko. La primera, a escasas dos semanas del 9 de julio, fecha programada para el combate. La razón que se adujo fue una lesión de tobillo. Se reprogramó el campeonato para el 29 de octubre en Manchester. Las alarmas saltaron el 12 de septiembre cuando Fury no se presentó en la rueda de prensa final de presentación del campeonato. Nadie sabía dónde estaba el campeón. Su explicación fue sencilla: se le estropeó el coche y al mismo tiempo se le agotó la batería del móvil.

Once días más tarde se anunció la nueva cancelación del combate: Fury no se encontraba desde el punto de vista médico en condiciones para boxear. El 30 de septiembre se hizo público que había dado positivo por cocaína en un control antidopaje. Poco después, en una sobrecogedora entrevista en la revista Rolling Stone, Fury habló abiertamente de sus conflictos. Recurrió al alcohol y la cocaína para mitigar sus problemas psicológicos: “ No me entreno más. Estoy deprimido, estoy harto de la vida. Espero que alguien me mate, antes de que yo mismo lo haga".

SORPRENDENTE VICTORIA ANTE KLITSCHKO

El pasado 28 de noviembre Tyson Fury daba una de las grandes sorpresas de los últimos años al proclamarse campeón mundial (WBO, WBA e IBF) del peso pesado al derrotar por puntos en Düsseldorf a Wladimir Klitschko, el gigante ucraniano que realizaba su vigésimo cuarta defensa y que había sido, junto a su hermano Vitali, el gran dominador del peso completo desde la retirada de Lennox Lewis en 2003. Con este triunfo parecía que se ponía fin a una era y se abría un panorama incierto y apasionante tras el indiscutible pero gris período de dominio ucraniano. Pocos podían imaginar que lo que realmente se iniciaba era un año de inactividad, de escándalos y de caos.

Tyson Fury en su combate contra Klitschko.

Tyson Fury en su combate contra Klitschko. Reuters

Tras su victoria, se anunció la cláusula de revancha automática con Klitschko y la IBF decidió desposeerle por no hacer frente a su aspirante oficial, Vyacheslav Glazkov. Luego llegaron los episodios de las cancelaciones, aderezados entre medias por algunos escandalosos comentarios, tachados de homófobos, sexistas y antisemitas, por los que más adelante se intentó disculpar.

GYPSY KING

Fury procede de una familia de Irish travellers, irlandeses nómadas, también llamados gypsies, un grupo con su propia jerga y con sus propias costumbres y códigos. Es grupo étnico, el más discriminado en Irlanda según el Parlamento europeo, que tradicionalmente lleva una vida itinerante en caravanas y que se ha dedicado a la cría de perros y al comercio de caballos y de chatarra. Y también a las peleas bareknuckle o a puño desnudo, una forma primitiva de boxeo sin guantes con la que cruzan apuestas y con la que también dirimen cualquier conflicto. El padre de Tyson, conocido como Gypsy John Fury, fue boxeador profesional, pero donde destacó fue en los ilegales combates sin guantes. Ha pasado sus últimos cinco años en prisión por sacarle el ojo en una refriega a un antiguo amigo. El motivo de la disputa era una botella de cerveza por la que había discutido varios años antes en unas vacaciones en Chipre.

El controvertido púgil nació en Manchester en 1988. Lo hizo de forma prematura, tres meses antes de lo esperado. Los doctores no le daban muchas opciones de vida. La familia Fury ya había perdido a dos niñas recién nacidas por la misma causa. En ese momento el campeón mundial del peso pesado era Mike Tyson, al que Gypsy John idolatraba. “Llamemos al niño Tyson”, pensó el padre. Contra todo pronóstico, sobrevivió.

Su entrenador es su tío Peter, también exboxeador barecknucle. Su primo Hughie Fury es un peso pesado destacado. Otro primo, Andy Lee, es el actual campeón del mundo de la WBO del peso medio.

Tyson Fury con la careta de Batman.

Tyson Fury con la careta de Batman. Reuters

La vida de Tyson no ha sido nómada, pero siempre se ha mostrado orgulloso del legado y la idiosincrasia de su gente. Siempre ha destacado por el estrafalario comportamiento: declaraciones altisonantes, mucha actividad en twitter o su sorpresiva aparición en la rueda de prensa de presentación del combate ante Klitschko disfrazado de Batman. Lo que es evidente es que a raíz de hacerse con el título la espiral autodestructiva ha sido vertiginosa.

EL PESO DE LA CORONA

Hubo un tiempo, más de cien años de historia, en el que las tres persona más conocidas del planeta eran el Papa de Roma, el presidente de los Estados Unidos y campeón mundial del peso pesado. De John L. Sullivan a Mike Tyson, el título del peso completo se consideraba el trofeo más importante y preciado de todo el deporte mundial. Con el tiempo, el efecto acabó diluyéndose, en gran parte por el galimatías en forma de sopa de letras en el que acabó convirtiéndose el boxeo con la proliferación de los distintos organismos, que acabaron enturbiando y devaluando tan preciado título. Lo que en su día lucía como un imperio terminó convirtiéndose en reinos de taifas.

Tyson Fury celebra su victoria ante Klitschko en la final de los pesos pesados.

Tyson Fury celebra su victoria ante Klitschko en la final de los pesos pesados. Reuters

Figuras como Jack Johnson, Joe Louis o Muhammad Ali, no solo fueron grandes campeones, sino que trascendieron la esfera de lo meramente deportivo para convertirse en personajes con un impacto sociológico incomparable a ningún otro deportista. Los hubo amados e idolatrados por todos, como Marciano o el segundo Foreman; también odiados y temidos como Johnson, Liston o Tyson. Muhammad Ali, siempre diferente, fue capaz de viajar de un extremo a otro a lo largo de su carrera, de enemigo público a figura de culto.

En lo económico, las cifras que manejaba un campeón mundial del pesado tampoco tenían parangón. Simplemente como ejemplo, Babe Ruth, reconocido como el mejor jugador de beisbol de todos los tiempos, figura de culto, y uno de los grandes mitos del deporte americano tenía un contrato que rondaba los 85.000 dólares anuales, el más grande en su época en el considerado deporte nacional. En 1926, el campeón mundial del peso pesado, Gene Tunney se embolsó en un solo combate, su mítica revancha contra Jack Dempsey de 1926, un millón de dólares, es decir casi doce veces más que el salario anual de Ruth.

Tyson Fury será recordado como un campeón efímero que no fue capaz de soportar el peso de la corona mundial. Como le ocurrió en 1978 a Leon Spinks, que dio la campanada cuando en su octavo combate profesional derrotó por puntos a Muhammad Ali para despojarle del título. Según su propia mujer, a partir de ahí, la vida Leon fue un infierno. Tan solo seis meses más tarde, un decrépito Ali en clara decadencia se tomó revancha, se impuso a Spinks y recuperó el cinturón. Entre combate y combate, Spinks sufrió cinco detenciones, la más importante de ellas por tenencia y consumo de cocaína. Su carrera posterior fue un desastre. O como Buster Douglas, quien protagonizó la mayor sorpresa del siglo al noquear a Mike Tyson en 1990, en Tokio. Douglas hizo el combate de su vida, conquistó el título y se aseguró una bolsa de 24 millones de dólares para defender su título con Evander Holyfield. Tan solo habían pasado ocho meses y Douglas se presentó con un marcado sobrepeso, penosamente preparado y desmotivado. Evander lo noqueó en el tercer round. Spinks y Douglas, al menos, se aseguraron un dineral en su primera y única defensa. Tyson Fury ni siquiera eso.

Caso parecido fueron esos campeones efímeros de los ochenta, hasta la llegada de Tyson, que se pasaban el título de uno a otro con más pena que gloria. Boxeadores como Michael Dokes, Pinklon Thomas, Tony Tubbs o John Tate. Todos ellos tuvieron reinados parciales y breves, marcados por un problema común al de Fury: el consumo de cocaína, que tan tremendos estragos hizo en el mundo del deporte, no solo del boxeo en esa década.

Como boxeador, Fury habría dado juego en la época actual en la que aún estamos sin grandes pesos pesados, tan solo alguna promesa. Pero tampoco se le va a echar excesivamente de menos. Como persona, esperemos que sí sea capaz de superar a su más difícil rival: él mismo.

Tyson Fury con sus títulos en el ring.

Tyson Fury con sus títulos en el ring. Reuters