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Phelps, la discriminación del medallero

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Si hubiera medido un palmo y medio más Simon Biles hubiera sido una extraordinaria atleta. Rápida y potente, sus cualidades innatas son las propias de las velocistas y saltadoras. Pero encapsulado su talento en un cuerpo de 1,45 cm su destino solo podía ser la gimnasia. Un hallazgo para uno de los deportes más emblemáticos del programa olímpico que ha encontrado una figura capaz de algo que parecía imposible: una gimnasta susceptible de ser comparada con Nadia Comaneci.

Michael Phelps celebra su victoria en la última prueba de equipos.

Michael Phelps celebra su victoria en la última prueba de equipos. Reuters

Muy diferente de la elástica elegancia de la rumana, Biles se ha convertido en el prototipo de la gimnasta del futuro: musculada, arrolladora y sorprendente. Se eleva más que ninguna y gira con una rapidez nunca vista y una seguridad pasmosa. Si no fuera porque a veces nos preguntamos si lo que estamos viendo es realidad o ficción, parecería que lo hace por pura rutina.

También cuestión de físico y rutina parece ser lo de Michael Phelps. El cuerpo ideal a disposición de una mente ambiciosa que no detecta el cansancio. Como si tal cosa, el baltimoreño ha vuelto a unos JJOO a hacer lo que suele: ganar casi todo por lo que compite. Una gesta que pone de relieve la impresionante figura de un deportista a la altura de los más grandes de la historia, pero también la desmedida cantidad de medallas que reparte la natación.

No pretendo minusvalorar la dimensión de una leyenda casi inabarcable, sino poner encima de la mesa una proliferación de distancias y estilos que no se producen en ningún otro deporte. Por comparar, Bolt, el emblema del atletismo moderno, sale a tres medallas por juegos. El nadador, a más del doble. Y otro detalle anecdótico del que se habla poco. Con frecuencia se escucha o se lee que si Phelps fuera un país ocuparía el puesto X en el medallero. Pues depende, porque doce de sus veintiocho medallas las ha obtenido como miembro del equipo estadounidense de relevos, entre ellas diez de oro. Si fuera español, como Mireia, calculen...

Cambiando de deporte, unas estrellas que cotizan ligeramente a la baja son las del equipo de baloncesto norteamericano. Por supuesto que nadie discute su condición de favoritos, pero sus encuentros frente a Australia y Serbia han revelado puntos débiles que no se habían manifestado en su fase de preparación. Sobre todo en su defensa. Y alguno de sus jugadores, significativamente Klay Thompson y Draymond Green por lo que representan en la NBA, parecen estar ausentes. O se espabilan o terminarán con algún susto. Lo dice la historia...

Por su parte, España consiguió un resultado (109-59) para el recuerdo frente a una apática Lituania que parecía estar en una competición de baloncesto playa más que en unos JJOO. Me gustaría saber lituano para entender a sus medios, aunque imagino que las críticas en el país báltico, donde el de la canasta es el deporte nacional, estarán siendo todavía más duras que el propio resultado.

La España de Pau Gasol nunca termina de sorprendernos. Parecen tener tan bien aprendido el guión de estos campeonatos que bordan el papel. En cada cita comienzan jugando peor y terminan saludando al respetable que les reparte ovaciones a lo Plácido Domingo. Es curioso el cambio de registro de unos jugadores que parecen estar calentando en los partidos intrascendentes como si les gustase abrir el debate de su ocaso o despistar a los rivales. En cuanto llegan los momentos difíciles afilan el colmillo mientras afinan el juego, o viceversa, para alcanzar su máximo rendimiento. La España de Pau, la historia interminable.