Río Ciudad Olímpica

La batalla de la favela Vila Autódromo

Veinte familias han logrado permanecer con dignidad en la humilde comunidad colindante al Parque Olímpico de Río de Janeiro, tras una ardua y larga disputa con las autoridades.

El Parque Olímpico colindante a las favelas.

El Parque Olímpico colindante a las favelas. Aministía Internacional

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Las máquinas acabarán tumbando las antiguas paredes, pero las frases permanecen. “Se irá el que quiera, el que no quiera se queda”, dice uno de los versos sueltos, rimando en asonante entre las excavadoras. Los vecinos de Vila Autódromo son poetas a tiempo parcial y, como todos los poetas, escriben mejor cuanto más tristes están.

La llegada de los Juegos Olímpicos provocó que el ayuntamiento de Río de Janeiro entrara en las vidas, de improviso, tras años y años de indiferencia, de 824 familias. Resulta que su comunidad, una de las favelas más tranquilas de la ciudad, estaba en la esquina del futuro Parque Olímpico, y molestaba. Les iban a desalojar por su propio bien, en beneficio de todos.

Vila Autódromo lleva desde los años sesenta junto a la laguna de Jacarepaguá, en un rincón de lo que una vez fue el circuito por el que rugieron los fórmula 1 y las motos de gran cilindrada. Por aquel entonces no molestaban tanto, pero eso era antes del boom de Barra da Tijuca y los megaeventos. El barrio se fue convirtiendo en coto privado de promotores visionarios, que fueron salpicando cada esquina con urbanizaciones cerradas, totalmente seguras y de alta gama. Un barrio con preciadas playas donde vivir tranquilo, de casa al trabajo y de shopping en shopping. Los vecinos de Vila Autódromo aguantaban la avalancha de las promociones pero con la mudanza del circuito y la llegada de los Juegos ya no había escapatoria. El Parque Olímpico, con algunas de las más importantes instalaciones para las competiciones y el Centro Internacional de Prensa, sería levantado allí.

Para sacarles de su hábitat, el consistorio les prometió una vida digna –en lugar de dignificársela allí mismo–. Les enseñó planos de urbanizaciones con piscina y un talón con buenas indemnizaciones. Del 31 de octubre de 2013 es la hoja de firmas, a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL, con nombre, número de identificación, teléfono y rúbrica de todos los vecinos que decidieron abandonar Vila Autódromo. El ayuntamiento les hizo corroborar con esa firma, a la que se apuntaron incluso los vecinos que no estaban en el trazado original de las obras pero que querían agarrarse a una vida mejor, que nunca habían dado derecho a nadie para representarles: ni a una ONG, ni a organizaciones universitarias ni, ojo, a la BBC de Londres –que había dado la voz de alarma–. Los habitantes de la favela fueron saliendo en oleadas, al ritmo marcado por los cada vez más apetecibles ofrecimientos.

Mensaje en los alrededores del Parque Olímpico.

Mensaje en los alrededores del Parque Olímpico. Amnistía Internacional.

Minha Casa, Minha Vida

No contaba el alcalde, Eduardo Paes, con que veinte familias se negaran a salir. Resistieron como la aldea gala ante las promesas, los chantajes y las artimañas, con ese cada vez más olvidado sentimiento de amor a la tierra, ese sentimiento de pertenencia. Su convicción les hizo no renunciar a ese rincón, a esa tierra donde plantaban sus frutales, faenaban con las barcas y malvivían del comercio local. Minha Casa, Minha Vida (Mi Casa, Mi Vida) es el nombre del programa de vivienda social del Gobierno brasileño que el ayuntamiento utilizó para los realojos. “Minha casa, minha briga” (Mi casa, mi lucha) fue la nueva invención de los poetas de la favela. Siempre un paso por delante en cuestiones literarias.

Respecto a la salida de la inmensa mayoría de los vecinos, Nathalia Silva, otra de las residentes que han luchado hasta el final, explica su punto de vista a este periódico: “Hasta entonces, el ayuntamiento nunca dio la posibilidad de permanecer en la Vila. Los vecinos, como es lógico, optaban por salir, era mucha presión, acabaron cediendo y negociando. Algunos se arrepintieron y otros no. Entendemos a los que salieron: no era fácil quedarse entre escombros, polvo, con las máquinas derribando casas y expuestos a enfermedades”.

Ángel Gonzalo, de Amnistía Internacional, denunciaba sobre el terreno antes del acuerdo final que “la comunidad ha sufrido desalojo sin avisos previos; las sucesivas ofertas que han recibido para su realojo no reúnen las condiciones mínimas.” La organización ha estado sugiriendo al ayuntamiento de Río, durante muchos meses, detener los desalojos hasta que se alcanzara un acuerdo que respetara las condiciones mínimas según los estándares internacionales. “En este caso en particular no tiene nada que ver con el Comité Olímpico Internacional; es cosa del Ayuntamiento de Río de Janeiro”, aseguraban desde la organización.

Pintadas en los alrededores del Parque Olímpico.

Pintadas en los alrededores del Parque Olímpico. Amnistía Internacional

Los vecinos de Vila Autódromo fueron llenando los muros de proclamas durante los meses más duros, cuando las cargas policiales eran la única manera de frenar su fuerza ante la demolición de su pasado y presente. “Cuando no tengan más áreas públicas para vender, van a vender las favelas; ¿quién va a reclamar?”, decía una de ellas. “Mi casa fue construida para vivir y no para negociar; no todos tenemos precio”, se puede leer en otra esquina. Fueron dejando su decálogo en las paredes de hormigón, por si alguien tenía dudas, o por si algún editor quería hacer algún día una antología.

Más quejas de los lugareños.

Más quejas de los lugareños. Amnistía Internacional

Delmo de Oliveira se adentra en los entresijos de las negociaciones previas. “Los primeros vecinos que fueron realojados salieron con peor acuerdo, y ahora amenazan con demandar al ayuntamiento por engaño. Las prisas y las amenazas hicieron que muchos tomaran la decisión muy rápidamente, pensando que aquí no iba a quedar nadie y se iban a acabar los apartamentos que ofrecía el ayuntamiento. Luego empezaron a ofrecer indemnizaciones. La media fue de 500.000-700.000 reales (120.000-170.000 euros), pero alguno llegó a llevarse un millón de reales o dos (240.000-480.000 euros). Más tarde empezaron a ofrecer apartamentos y además la indemnización. Algunas familias se llevaron incluso varios apartamentos”.

Prosigue Delmo, y esto va unido a la pintada de que no todos tenían un precio, que “el problema no es el fondo del acuerdo, sino la forma en que somos tratados. Si yo hubiera aceptado lo que me daban por mi tienda para abandonar la comunidad –178.000 euros y un apartamento– habría sido como vender mi derecho a estar y vivir allí.”

"Las Olimpiadas pasan, la justicia se queda, sucia"

Uno de los mensajes de los lugareños.

Uno de los mensajes de los lugareños. Amnistía Internacional

Cuando el ayuntamiento no aguantó más y cedió ante la lucha de los vecinos que no han querido huir de la favela, se proyectaron 20 viviendas exprés unifamiliares y el saneamiento de la parcela. Los vecinos, tras ver cómo las máquinas habían ido echando abajo su vida con frialdad, se fiaban tan poco de la palabra del alcalde que anunciaron que ni durante las obras iban a salir de allí. Y solicitaron barracones para dormir, allá por el mes de abril, mientras se resguardaban en la iglesia.

La lírica de las proclamas también quedó reflejada en el acuerdo. “Se comprometieron a que las casas fueran de 180 metros cuadrados en total. Empezaron ofreciendo 125 metros. Nos preguntaron para qué queríamos tanta superficie. Les dijimos que era lo mínimo teniendo en cuenta que habían talado nuestros 300 árboles frutales y acabado con todo nuestro pequeño comercio. Además reclamamos un local para la asociación y un centro cultural”, relata Delmo.

A día de hoy, se respira satisfacción en la Vila. No importa que el ayuntamiento pasee las fotos de los vecinos que se fueron, disfrutando de su nueva piscina, o muestre todavía hoy aquella lista de firmas reafirmándose en que no obligaron a nadie a salir; en la Vila están orgullosos. “Después de una ardua lucha y alcanzar el acuerdo, el plazo de entrega era el 22 de julio. La verdad es que se han dado prisa”, comenta Nathalia Silva. “Las casas están quedando listas, la próxima semana dicen que pueden quedar adjudicadas. Lo único malo es que han quedado a un nivel más bajo que el Parque Olímpico, y puede haber riesgo de inundaciones. Estamos luchando también para que no corten los pocos árboles que quedan”, asegura Delmo de Oliveira.

Las nuevas casa modulares han sustituido ya prácticamente todos los muros originales que quedaban en pie en la comunidad. Una favela por la que nunca nadie antes se había preocupado desde la administración pública, y que era suya, de los vecinos. “Las Olimpiadas pasan, la justicia se queda, sucia”, decía uno de los últimos versos de los poetas. “Solo saldremos para entrar en una casa nueva”, gritaba otra pared. Y lo han logrado. Allí siguen. Los últimos vecinos han ganado la batalla.