Argentina - Chile

Necesidad y exorcismo en la final de la Copa América Centenario

La selección argentina, más afectada por las bajas y con más urgencias, busca revancha un año después ante los chilenos. MetLife Stadium (New Jersey), madrugada del domingo al lunes. 

Un aficionado le besa las botas a Messi.

Un aficionado le besa las botas a Messi. EFE

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Una Copa América solo se entiende desde el estudio del origen de las galaxias o de las energías que pueblan las casas abandonadas. Fue tan heroico y milagroso, por ejemplo, el éxito de la Chile de Sampaoli el año pasado en la Copa América 2015, también ante Argentina en la final –desde la tanda de penaltis–, que, un año después, el favorito para todos vuelve a ser Argentina. Nunca se colocó a ningún otro a su nivel de favoritismo. Fue como un extraño accidente interespacial. Difícil repetir milagros, eso es cierto.

No menos cierto es que la selección argentina viene jugando de manera fiable, a ratos atractiva, tanto sin Messi como con él, pasando por los partidos en los que el diez se dejó ver algunos minutos sueltos. Con Messi, desde luego, se acabó lo que se daba para la gran mayoría de los rivales. Eso no se puede asegurar del rival que se vuelve a tropezar con ellos en la última gran noche.

Para competir en esta final, Chile, la nueva Chile de Juan Antonio Pizzi, debe retomar la mencionada senda de lo paranormal. Y en ello está. Tras la inaugural derrota 2-1 ante aquella lejana Argentina pre-Messi y con Di María, llega tras victorias más o menos sufridas y, sobre todo, ha llegado la posesión. Esta posesión nada tiene que ver con el porcentaje de minutos que La Roja tiene la pelota en su poder, eso no les importa; nos referimos a la facultad de estar poseído. Argentina ha de encontrar exorcistas de nivel para no sufrir las consecuencias como el año pasado; o las consecuencias que han sufrido México y Colombia en cuartos y en semifinales, en partidos lejos de toda comprensión.

Esa presión arriba chilena, esa manera de robar la pelota, ese dominio global del centro del campo y de todas las artimañas inventadas y por inventar que en el fútbol han existido, son las características fundamentales de su estado inhumano. Por no hablar de la eficacia arriba en determinados momentos, que ha roto moldes y récords.

Los once exorcistas que prepara el Tata Martino para la misión son: Romero; Rojo, Otamendi, Funes Mori, Mercado; Mascherano, Biglia, Banega, Lamela, Messi e Higuaín. Biglia sustituye a Augusto, lesionado; y Lamela entrará en la plaza en la que se han alternado Di María, Lavezzi y Nico Gaitán. Más fundamental que nunca será el liderazgo de Mascherano, y la adaptación de Biglia, porque la locura diabólica chilena se cuece precisamente en esa zona del campo.

Por su parte, Pizzi confía, para su partido más importante como entrenador, en un más que probable once inicial con: Bravo; Beausejour, Jara, Medel, Isla; Díaz, Aránguiz, Vidal, Puch o Fuenzalida, Alexis y Vargas. Esencial será el trabajo de Marcelo Díaz, como siempre, y puede que hagan daño por las bandas tanto Beausejour, que está llegando fácil a la línea de fondo rival, o Puch si fuera el caso.

Es notorio que en Argentina, a pesar de que a Messi aún le quedan algunos años de nivel sobrenatural, se toma este torneo como una de las últimas oportunidades. El próximo Mundial, dentro de dos años, será en Rusia, y nadie se imagina a Argentina dominando por aquellos lares. La próxima Copa América, en 2019, será en Brasil. “No sé si es mi última oportunidad, pero hay que agarrar la copa como sea. Es nuestra cuarta final”, comentaba Messi en rueda de prensa, con 29 años recién cumplidos.

29 años es una edad perfecta. Con 29 años Di Stéfano estaba apunto de empezar a ganar Copas de Europa y Maradona ganaba Scudettos y perdía esta misma Copa América. Cortázar movía sus primeros poemas y se adentraba en el teatro. Con 29, Borges publicaba “El idioma de los argentinos” y ultimaba “Cuaderno de San Martín”. Messi, si exortiza lo que tiene que exortizar, está en ese mismo altar socioliterario.