Copa América de fútbol

Ni rastro de la selección uruguaya

Uruguay, sin Suárez, que calentó pero no jugó, vuelve a defraudar y cae eliminada en la primera fase ante Venezuela (0-1), confirmando un fracaso estrepitoso.

Alejandro Guerra roba un balón a Godín durante el partido.

Alejandro Guerra roba un balón a Godín durante el partido. Reuters

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Volvió a saltar a la cancha Uruguay sin Luis Suárez. En la hinchada todo el mundo empezó rezar lo que sabía y en el tunel de vestuarios se conjuraron para sacar sadelante el embrollo –tras la primera derrota ante México– por lo civil o por lo criminal.

Parecía el típico día que se te complica pero no, el problema viene de lejos. Al principio: clima de adaptación. Comenzó el choque con Peñaranda asustando desde el inicio y con Rosales cayendo lesionado en el minuto 5. Maxi Pereira, convertido en el jugador con más partidos disputados con la selección uruguaya, con 113 –supera a Diego Forlán–, celebraba la efeméride subiendo y bajando la banda, como ha hecho toda la vida, y metiendo el ritmo a un grupo necesitado y presionado. Nunca se le va a olvidar a Maxi este partido.

Nadie le tenía que explicar a Uruguay lo que se jugaba conra Venezuela. El Negro Sánchez ya había manchado la camiseta antes de cumplirse el primer cuarto de hora. Los empujones comenzaron antes del minuto 20. Estaban tan inmersos en la misión que, en una de estas, Godín le propinó un codazo a su propio portero. En cuanto a ideas y creación de juego, eso sí, Uruguay seguía con su nube negra. Es doloroso ver la incapacidad de la celeste –de su técnico, de sus jugadores– para inventar asociaciones, movimientos, ataques. Aprovechaban la crisis existencial charrúa Rondón y Peñaranda, que se iban encontrando poco a poco.

El balón parado, como no podía ser de otra manera, seguía siendo la Biblia de la selección uruguaya. En uno de los golpes francos escorados a la derecha, superada ya la media hora de partido, Gastón Ramírez sembró el pánico en el área, Cavani no llegó de milagro, y la pelota acabó besando el palo. Es decir, estuvieron a punto de volverlo a hacer.

A partir de ahí las cosas se torcieron. Tan solo unos minutos después, el futuro de Uruguay en la competición comenzó a tambalearse. El Lobo Guerra, que se estaba viniendo arriba, robó un balón en su propio campo, avanzó por la derecha y sobrecogió al todo el estadio y a Muslera, desde lejos, muy lejos, más allá del horizonte, con un zapatazo que rozó como pudo y a la desesperada el portero enviando la pelota al larguero. En el rechace, que botó unos centímetros fuera de la línea de gol, Rondón apareció mucho más hambriento que Giménez, abriendo el marcador para Venezuela.

No contento con eso, Guerra –que se ha plantado de manera brillante en semifinales de la Libertadores con Atlético Nacional­– se presentó tan solo un par de jugadas después delante de Muslera, tembloroso ya, con un autopase de época –también ante un Giménez que suplicaba el descanso–, pero esta vez ganó el guardameta. La defensa se desquiciaba y era muy raro: hasta entonces la vida sin Suárez había consistido en ser más fuerte que el rival, y más listo. Fallos como estos no se permitían.

Tras el descanso, y sin ningún cambio en sus filas a pesar de la urgencia de la situación, Uruguay volvió a vivir de la estrategia. Stuani, desaparecido en los grandes partidos en los que Suárez no ha participado, pudo empatar tras un saque de esquina. Extraña, y mucho, la incapacidad de mover el equipo por parte de un clásico como Tabárez. Los jugadores que has dejado en casa se supone que no te importan; pero los que sientas en tu banquillo se supone que cuentan con tu confianza cuando te están dejando fuera de la Copa América y estás presentando un rendimiento deplorable.

En el minuto 67 pudo cambiar todo. Un saque de banda que Maxi Pereira convirtió en ocasión de gol terminó con un malentendido en el que Cavani reclamó penalti –no lo fue–. Al contragolpe, Peñaranda desafió a Muslera en un mano a mano que no acababa nunca. Volvió a vencer el guardameta. El mejor jugador uruguayo, seguramente. Quien más quien menos ya visualizaba lo que solo alguno presagiaba antes del choque, Uruguay podía irse a casa esta misma noche.

En la banda comenzaron a calentar los suplentes de la selección uruguaya, entre ellos –a pesar de las negativas previas de Tabárez– Luis Suárez. Los que rezaban en la grada pensaron que era cosa de ellos. Sin embargo, fueron saltando al campo paulatinamente Rolan, Lodeiro y Corujo, todos vacíos, aburridos y planos; y Suárez terminó fuera de sí en el banquillo mientras veía a Cavani fallar impotente una y otra vez. Golpeó el banquillo, gritó al cuerpo técnico, se arrancó el peto de suplente con furia.

Es el séptimo partido en grandes competiciones sin Suárez –octavos de final Mundial de Brasil, cuatro encuentros de Copa América 2015 y dos de esta edición– sin goles uruguayos que no sean de estrategia a balón parado –los únicos 3 anotados en esos 7 partidos de este modo–. Uruguay, con un palmarés envidiable –la conquista de la Copa América 2011 es el hito más reciente–, no estaba preparada para ausencia de su estrella. Y lo cierto es que ha tenido tiempo de sobra para aclimatarse –la ausencia del nueve se alargó como un chicle–, pero no lo ha hecho. Porque no le ha interesado a Tabárez o porque no ha sabido. Piezas, desde luego, hay de sobra en fútbol uruguayo.

En los últimos segundos, para que el final fuera más tétrico, Muslera subió a rematar un córner y provocó una contra dramática que se perdió, a cámara lenta, a milímetros del poste derecho de una portería desierta. Eran los agónicos últimos fotogramas de Uruguay con vida en esta Copa América Centenario. Venezuela avanza a cuartos de final. México –que un rato después ganaría a Jamaica– también. No puede decirse que el fatal desenlace uruguayo no se veía venir.