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Sané, el niño prodigio de los 55 millones de euros

Barcelona y City se pelean por la nueva perla alemana del Schalke. Es hijo de deportistas: su padre jugó al fútbol y su madre fue gimnasta. 

Leroy Sané, durante un partido con  el Schalke 04.

Leroy Sané, durante un partido con el Schalke 04. Getty Images

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Leroy Sané, en el último año, ha sido “niño prodigio”, “perla alemana”, “futura estrella mundial” y “revelación de la Bundesliga”. Ha escuchado, también, que el Manchester City quería pagar 55 millones de euros por él, que Wenger lo había pedido para su Arsenal y que el Barcelona, durante el presente mercado invernal, habría acordado su fichaje. Toda esta información, tal cual está contada, se ha publicado en la prensa alemana, francesa y española. Y, por tanto, ha tenido que ser procesada por un chico callado, tímido y que apenas gasta 20 primaveras. ¿Y qué dicen de él en el Schalke? Pues que no se mueve de Gelsenkirchen, por muy fea que sea la ciudad o por mucho dinero que pongan sobre la mesa.

En el club estaban en preaviso desde hace tiempo. El canterano mandó una señal al planeta fútbol el día que visitó el Bernabéu en la fase de grupos de la Champions League, el 10 de marzo de 2015, con un gol y una asistencia. Desde entonces, el Real Madrid lo ha estado vigilando –la sanción le impedirá pujar por él– y el Schalke ha intentado retenerlo. De hecho, el pasado verano, el club alemán renovó al jugador y le subió la cláusula de rescisión de 1’5 a 37 millones de euros –cifra por la que el Barcelona habría llegado a un acuerdo para incorporarlo en junio–, según el diario L’Equipe.

En su entorno, sin embargo, el interés de media Europa no ha sorprendido en demasía. Leroy Sané (Essen, 1996) siempre apuntó maneras. Al fin y al cabo, lleva el deporte en su ADN. Su padre, Soleyman, hijo de un diplomático senegalés, también fue futbolista: comenzó a jugar en Francia y desarrolló su carrera en Alemania, a donde había sido destinado para cumplir el servicio militar. Y su madre, Regina Weber, fue olímpica en gimnasia rítmica. Además, sus dos hermanos también son futbolistas: el más mayor juega en el Núremberg y el pequeño milita en la cantera del Schalke 04.

Leroy, desde bien pequeño, eligió el fútbol. Tenía condiciones para poder haber sido atleta –por su plasticidad y rapidez–, pero eligió seguir el camino de su padre. A los ocho años, entró en la cantera del Schalke 04, después probó en el Bayer Leverkusen y finalmente regresó a la prolífica academia del conjunto minero. Y desde entonces no ha parado de crecer: se hizo un hueco en el primer equipo y ha sido internacional absoluto con Alemania.

¿CÓMO JUEGA?

La academia del Schalke, de entre todas las escuelas de fútbol alemanas, es quizá la que más se parece a la del Barcelona. De allí han salido Neuer –quizá el portero con mejor toque de pelota de Europa–, Max Meyer, Draxler o el propio Özil. Es decir, en el conjunto minero acostumbran a enseñar a sus jugadores a mimar con esmero el balón. Y, en ese aspecto, Leroy Sané no es un rara avis: tiene buen manejo del cuero con ambos pies –es zurdo natural–, circula con la pelota muy pegada al pie y es ducho en el regate y la filigrana.

Esta temporada, Leroy ha marcado cinco goles y dado cinco asistencias –entre todas las competiciones–. Sus números no son para echar cohetes ni para proclamarlo como el próximo crack mundial, pero su influencia en el juego de su equipo ha sido total. En la selección acostumbra a jugar por la izquierda, bien como interior o extremo, y con André Breitenreiter lo hace por el flanco derecho a pierna cambiada. El objetivo en este último caso es darle libertad para aparecer por el medio, buscar el pase o el disparo desde la posición de mediapunta. O bien, apurar la banda y centrar.

En definitiva, como le decía Cus D’Amato a Mike Tyson: todos los buenos viven grandes momentos, pero un día reciben un KO y tienen que levantarse. Ahora, Leroy Sané, ese chaval que ama comer macarrones a la carbonara y que dejó la Coca-Cola porque no le hacía ningún bien –“no es normal que un chaval beba dos litros al día”, reconoció en una entrevista en el Süddeutsche Zeitung–, vive un buen momento. Pero también le llegarán los malos. Un día lo noquearán y tendrá que levantarse, y en ese preciso momento sabrá si está preparado para ser un crack mundial o, simplemente, un buen jugador. ¿Dónde? Eso es lo de menos.