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En septiembre de 1992, con la Expo de Sevilla aún en marcha, Maradona aguardaba en un hotel de la ciudad a que se arreglara su traspaso al conjunto hispalense. Le consumía la ansiedad de año y medio sin jugar, y un trato que se enredaba sin llegar a cerrarse. Hasta que el 22 por la mañana Joseph Blatter, aún sólo secretario general de la FIFA, montó una cumbre en el hotel Sonnenberg de Zúrich. Estaban el presidente del Nápoles, Corrado Ferlaino, con dos asesores; el del Sevilla, Luis Cuervas, asistido por José María del Nido; el presidente de la federación italiana, Antonio Matarrese; y el de la española, Ángel María Villar. Lo arreglaron.

Casi un cuarto de siglo después, con Del Nido en la cárcel, Blatter acorralado por el FBI y la Fiscalía suiza, y él mismo procesado por la FIFA, Villar se emplea en cultivar su papel de perfecto perplejo. Su mundo se desintegra mientras él mira por la ventana a ver si cae la noche. Lo resumió hace poco Tebas: «O es muy listo o muy tonto, ya que nunca se entera de nada».

O quizá se ha evaporado. No se le vio cuando mataron a Jimmy, ni con los cánticos racistas, ni con la denuncia anónima que ensombrece ahora el Clásico. Aunque con él hay que dudar ya entre la dejación y la coquetería, puro postureo. En 27 años tampoco ha visto necesario afinar la pronunciación del nombre del deporte que dirige.

Mientras calla incluso sobre su proceso, se ha convertido en la persona que más poder acumula en el fútbol. Cada vez más traslúcido, es como los paisajes aparentemente inocuos de Chernóbil que describe la Nobel Svetlana Alexievich: «La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles. (...) La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso».

La magnitud de la amenaza de la radiación está directamente relacionada con su invisibilidad, y con su longevidad cuasi infinita. Villar, que en su día sí encontró tiempo para visitar a Del Nido en la cárcel, tampoco se ha acabado. Hace pocos meses, con Blatter ya desactivado, emitió otra señal de su existencia latente en una junta directiva: «Si a alguien no le gusta, que se levante y se vaya». No se movió nadie.