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El Deportivo Español resiste en Buenos Aires

Un puñado de emigrantes españoles fundó el Deportivo Español en un bar de Buenos Aires en 1956. Medio siglo después, sus hijos han logrado salvar al equipo de la quiebra.

Estadio del Club Deportivo Español de Buenos Aires.

Estadio del Club Deportivo Español de Buenos Aires.

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La selección española juega cada dos semanas en Buenos Aires. Al menos, era el sueño de los inmigrantes gallegos que fundaron el Deportivo Español.

El equipo viste de rojo, en su estadio hay más banderas rojigualdas que en cualquier campo de España y el escudo representa la península ibérica. La letra de su himno lo dice todo: “Con casacas rojas sobre el corazón como en España las llevan los hombres de la selección”.

La historia del club es el testimonio de los valientes que cruzaron el Atlántico con las manos vacías y lograron salir adelante. Ellos dejaron en Argentina el sacrificio de su trabajo, su carácter, sus costumbres gastronómicas y también un club de fútbol.

El hogar deportivo que construyeron con tanto esfuerzo está en la ruina. El equipo voló tan alto como Argentina y se hundió a la misma velocidad. Los anhelos de gloria que arrastraron el país a la bancarrota también condenaron al Deportivo Español al olvido. Un terreno donde el cosquilleo del recuerdo, por más bello que sea, no paga la supervivencia.

El estadio donde juega el club.

El estadio donde juega el club.

Héroes de barrio

El club milita en la B Metropolitana (tercera división) bajo la amenaza de un descenso que sería casi una sentencia de muerte. El equipo rompió esta semana una racha de 15 partidos sin ganar derrotando por 2-1 al Sportivo Italiano en el llamado clásico de las colectividades. Un River-Boca de barrio con la capacidad de trascender el fútbol.

La victoria deja al equipo a un solo punto de la salvación a falta de tres jornadas. Pero el respiro deportivo es una tregua parcial. Los problemas económicos amenazan la supervivencia del club, que intenta ahora recomponer las piezas de un jarrón de coleccionista. La entidad ha pedido a los hijos y primos de españoles allá donde estén que aporten el dinero que puedan.

“La inmigración directamente ya no es (necesariamente la base del club)”, dice Luis Tarrio, vicepresidente del Deportivo Español. “Cuando a los españoles les hablas de bolsillo, te responden con el corazón”.

Tarrio, hijo de un matrimonio gallego, creció en el Estadio España. Pero la vida le fue alejando de su pequeño lugar en el mundo. Cuando un día su hijo le pidió volver después de casi 10 años sin pisarlo, se sintió otra vez en casa. No había tanto público como en los buenos tiempos en Primera División pero la comunión de la gente era la misma que recordaba de su infancia.

Al acabar el partido, su hijo se acercó emocionado y le devolvió el carné de socio de Boca Juniors. “Papá”, le dijo. “Si no voy a Boca nadie se entera, pero si no vengo al Español falta uno. No dejes que se muera”.

Tarrio tenía una promesa que cumplir.

Asientos del estadio.

Asientos del estadio.

El nacimiento

El 12 de octubre de 1956, un grupo de gallegos fundó el Deportivo Español en el bar La Mezquita de Buenos Aires. Era un equipo de fútbol pensado para aglutinar a los numerosos españoles en Argentina. También la respuesta a iniciativas como de la de los italianos que habían creado el Sportivo Italiano con el mismo propósito años antes.

“Los clubes vinieron con la inmigración y se multiplicaron”, explica el periodista argentino Ezequiel Fernández Moores. “Son lugares en los que los inmigrantes encontraban un lugar de identidad”.

Los fundadores reprodujeron su país a una escala de 15 hectáreas en el Bajo Flores, un barrio de clase trabajadora de la zona sur de Buenos Aires que poblaron muchos inmigrantes en aquella época.

El club llegó a tener uno de los mejores restaurantes de comida española de la ciudad, una sala de fiestas para 2.500 personas, cinco piscinas, 12 canchas de fútbol y dos gimnasios. La importancia de aquellos espacios de integración fue inmortalizada en la inolvidable película Luna de Avellaneda, de Juan José Campanella.

“Íbamos con los amigos del barrio o solos a la pileta [la piscina], jugábamos al fútbol, al tenis y cuando jugaba Español de local, entrábamos a verlo”, recuerda Sergio Pérez, uno de sus aficionados. “Había música y comida gallega, se hablaba de España”.

Una especie de Jesús Gil

En su época de esplendor, el Español alcanzó los 25.000 socios. El éxito social empujó el primer equipo a Primera División en apenas 10 años. Pero apenas se mantuvo una temporada. Después apareció Francisco Ríos Seoane. El punto y aparte en la historia del club.

Ríos Seoane murió desmemoriado por la enfermedad hace menos de un mes a los 80 años. Sólo los diarios gallegos publicaron su obituario. En Argentina, sin embargo, toda la prensa desplegó sus mejores plumas para recordar la figura de este empresario excesivo, al que muchos compararon por su carácter y por gestión al límite con Jesús Gil.

Ríos Seoane salió de la localidad coruñesa de Ordes a los 18 años y creó un imperio de pastelerías de la nada. Era el Corleone del circuito gallego de bares y restaurantes de Buenos Aires. 

Lo primero que hizo al llegar a la presidencia en 1978 fue manifestar en público su intención de fichar a Diego Armando Maradona. A pesar de que muchos lo tomaron a broma, el anuncio y su conocida fortuna le dieron la notoriedad que no tenía. El Pelusa todavía jugaba en Argentinos Juniors y los grandes se peleaban por un futbolista que empezaba a escribir su leyenda.

“Ríos Seoane era un vivo potenciado, un hombre difícil de tratar”, dice Fernández Moores. “Tenía ínfulas y el fútbol le daba un amplio lugar para expresarse”.

Maradona nunca vistió la camiseta roja del Español pero el presidente no se resignó. Bajo su mandato, se construyó el actual Estadio España con capacidad primero para 18.000 y después para 35.000 personas. Se inauguró con un partido contra el Deportivo de La Coruña en 1981. El club regresó a Primera en 1984 y se mantuvo en la élite durante 14 temporadas consecutivas. En el Torneo Clausura de 1992 fue subcampeón.

Ríos Seoane salió del Español en 1996. Los problemas no habían hecho más que empezar. El empresario fue acusado de instigar el asesinato de un opositor a su gestión que murió quemado en su negocio a pocas manzanas del club. Estuvo 90 días en prisión, pero al final el caso se archivó. El equipo perdió la categoría y el corralito sacó a la luz una caja B llena de pagos informales y facturas con telarañas. El agujero económico de la entidad, que ya nadie sabía si era en dólares o pesos, superaba los 12 millones.

El coliseo bonaerense.

El coliseo bonaerense.

Una solución a tres bandas

El problema más español se resolvió a la argentina. Tarrio le había prometido a su hijo que no dejaría morir el club.

Los niños que se habían criado en el Bajo Flores (la segunda y tercera generación de la inmigración española) se conjuraron para salvar el club y lo lograron. Tarrio conoció al abogado y periodista Cesar Francis, hoy directivo del San Lorenzo de Almagro. Francis es uno de los mayores defensores de los clubes de barrio de Argentina. La jugada a tres bandas que idearon salvó al Deportivo Español.

A pocos días de la subasta de quiebra, consiguieron que el ayuntamiento de la ciudad expropiara los terrenos del Deportivo Español para ceder su explotación a un tercero. El beneficiario era el mismo club con otro nombre. La carambola que hizo posible la operación la propició el todopoderoso Julio Grondona, presidente de la federación de fútbol argentina. La institución mantuvo la licencia a esta nueva asociación que en realidad era la misma que estaba en quiebra. Así el equipo pudo seguir compitiendo. Las impugnaciones judiciales de los acreedores no se hicieron esperar. Pero el Español ganó el tiempo que necesitaba.

Ya con Mauricio Macri en la alcaldía de Buenos Aires, el acuerdo se hizo carne. La ciudad se quedó con la mitad de las instalaciones del club, unas siete hectáreas que ahora pertenecen a la Policía Metropolitana. El Deportivo Español conservó el estadio y terreno suficiente para darse una segunda oportunidad.

“Cada vez que paso por el estadio me genera una emoción singular”, reconoce Francis. “Salvar el Deportivo Español es uno de los máximos orgullos que he vivido”.

Tarrio y la actual directiva luchan por devolver al club todo lo que recibieron en su infancia. El Español tiene 1.500 socios “que paguen”, como dice Tarrio. ¿Y en la península ibérica? Nadie llora al Deportivo Español. Nadie se ha preocupado de defender a un club que por su historia es parte de nuestro patrimonio.

“Como somos de todos, no somos de nadie”, asegura Tarrio, que conoce España y sus politiqueos. “Si nos llamáramos Deportivo Galicia o Cataluña, la Xunta y la Generalitat ya nos habrían dado ayudas”.

Un jugador en el estadio.

Un jugador en el estadio.