Tour de Francia

Y Froome volvió loco el Tour

La Grande Boucle vive una insólita e histórica escalada al Mont Ventoux, con el maillot amarillo rompiendo su bicicleta, perdiendo los papeles y echando a correr montaña arriba.

Chris Froome corre tras sufrir una caída en el Tour de Francia.

Chris Froome corre tras sufrir una caída en el Tour de Francia. Reuters

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“El ciclismo es un deporte profundamente jerárquico”, dice un entendido cuando faltan 30 kilómetros para la meta de la undécima etapa del Tour de Francia 2016, llegada hasta el Chalet Reynard, punto intermedio de la escalada al mítico Mont Ventoux, cuya cima estaba impracticable por el viento.

Lo dice porque el pelotón ha frenado en seco tras estar hora y media encabritado por unos abanicos insospechados lanzados por Etixx-Quick Step y secundados por Trek-Segafredo y Orica-GreenEdge. Todos ellos actores de reparto de la clasificación general aspirando eliminar a otros de su calaña.

Cayó Simon Gerrans (Orica) arrastrando a tres gregarios de Sky. Viendo a sus compañeros en el suelo, el líder Chris Froome decidió que el reducido pelotón no debía continuar su ofensiva. Lo detuvo utilizando las normas no escritas del ciclismo, o más bien estirándolas hasta el límite: se paró a orinar.

No se puede atacar cuando el líder está parado por avería o por llamada de la naturaleza. El comisario Fabian Cancellara (Trek), cuya autoridad moral enerva a un pelotón que sin embargo la respeta, consintió y respaldó su movimiento. En cabeza del pelotón, Alejandro Valverde (Movistar Team), se cabreó.

Pero el ciclismo es tan jerárquico que Froome se salió con la suya. El pelotón se reagrupó. La etapa partió desde cero al pie del Mont Ventoux, y con una escapada por delante que aseguraba que las bonificaciones no se las repartirían los hombres de la general. De ella emergió el ganador, Thomas de Gendt (Lotto-Soudal); también el tercero, un Dani Navarro (Cofidis) que renunció a ser gregario de Contador para escribir su propia historia y se quedó a un paso de la victoria de su vida.

Los diez kilómetros de Mont Ventoux que se subieron con normalidad fueron reveladores. Valverde atacó en una ocasión; su líder Nairo Quintana en tres, aunque con escaso denuedo. Sky fue capaz de controlar con firmeza mediante Mikel Landa y Wout Poels.

A 3 kilómetros de meta arrancó Froome con su cadencia demencial; le pudo seguir su gran amigo Richie Porte (BMC), pero no Nairo. Ya sabemos por qué no atacaba. Al dúo anglosajón se unió un neerlandés, Bauke Mollema (Trek), uno que este año ha acabado 16 carreras World Tour entre los 20 primeros y ninguna entre los cinco. Y entonces el ciclismo se volvió loco.

Fueron sólo unos segundos y un montón de factores. Era 14 de julio, fiesta nacional francesa, y todos los aficionados se habían echado a las cunetas. La subida final había sido acortada varios kilómetros, con lo cual el público estaba más concentrado. “No se daban las condiciones necesarias para competir”, bramó en meta el intelectual Romain Bardet (Ag2r). “Teníamos que ir frenando porque, con tanto público, no sabíamos el trazado de la carretera”.

Y también estaban las motos, tan numerosas como necesarias, tan demonizadas como útiles. Fue una de esas motos la que frenó en seco por culpa de un espectador. Richie Porte se estrelló de cabeza contra ella; luego Froome, y después Mollema. Cuando los demás favoritos llegaron se encontraron el amasijo de hierros y vehículos detenidos. No estaba Mollema, cuya bici había salido intacta del accidente. Tampoco Froome. El cuadro de su máquina había sido roto por otra moto. Y él, que nació en Nairobi, salió corriendo montaña arriba.

“Me dije: ‘No tengo bicicleta’. Y sabía que el coche de mi equipo, con la de repuesto, estaba lejos. Así que tenía que correr”. A 200 pulsaciones se toman decisiones absurdas. Que se lo digan al argentino Eduardo Sepúlveda, que en el Tour del año pasado vivió una tesitura similar y se montó en el coche de un equipo rival para que le llevara hasta el coche del suyo, que no le había visto parado en la cuneta con la bici rota y había pasado de largo.

A ‘Sepu’ le expulsaron de carrera en virtud del supuesto 14 del código disciplinario de la UCI, que establece pena de descalificación para quien “se desvíe conscientemente del recorrido [para atajar], intente ser clasificado sin haber cubierto el recorrido completo en bicicleta, retomando la competición después de haber hecho parte del mismo en algún vehículo o motocicleta”.

A Froome y compañía, en cambio, no les aplicaron este artículo, ni ninguno. En una tensa reunión con representantes de varios equipos, el jurado de la carrera tomó una decisión salomónica sin citar el reglamento: otorgar a Froome y Porte, que llegaron a meta retrasados después de usar bicicletas de los coches de asistencia neutra, el mismo tiempo que a Mollema; y a Nairo, Valverde y Van Garderen, que habrían sido perjudicados por el barullo generado por el incidente que taponó la carretera, el mismo tiempo del grupo de Adam Yates (Orica-GreenEdge) y el resto de favoritos descolgados de cabeza. El argumento: “Una situación muy excepcional que podía falsear el desarrollo de la carrera”.

Así Froome mantuvo el maillot amarillo. “Estoy contento con la decisión de los comisarios, muchas gracias a ellos”. Yates se lo cedió gustoso. “No me hubiera gustado conseguirlo así”. Mollema y su equipo se indignaron por las “bonificaciones” que los rivales habían recibido en meta.

“¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sido el único que se hubiera caído?”, se preguntó el neerlandés. Probablemente hubiera perdido un tiempo valiosísimo, y basta. Al fin y al cabo, el ciclismo es un deporte profundamente jerárquico. Y encima hoy estaba loco.